sábado, 17 de octubre de 2026

Bucle

Septiembre coquetea con ser fin y principio de ciclo. La vuelta al cole, trabajos, gimnasios, planes pendientes, dietas… Nostalgia de horarios alargados, responsabilidades en suspenso, ropa informal, tareas relajadas… Me gusta su luz. Sombras más estiradas, mareas más bajas. Al descubierto, un fondo marino inaccesible el resto del año. Naturaleza que, aliviada con temperaturas más bajas durante la noche, exhibe unos verdes brillantes antes de los amarillos, ocres y rojos otoñales. Las calles se reordenan, marcan otros pasos, otros hábitos. Retomo mi trayecto en tren para acudir a clases de acuarela. También la estación se viste de septiembre. En el reencuentro, la escalera mecánica sigue destripada, muestra la desnudez de sus interiores entre cajitas de cartón que esperan contener el remedio definitivo. En los andenes, el ascensor que no funciona atiende a una señora que señala, pregunta, ordena al mecánico que la escucha con paciencia. Lo miran desde el exterior, quizás esperando de él una respuesta. El personal de limpieza ejecuta su tarea como siempre: vacía las papeleras; quita polvo a bancos, cartelería, tablones de avisos; raspa chicles del suelo. Pienso cómo será hacer lo mismo cada día de cada año y tengo la tentación de recordar a Sísifo condenado al sinsentido de subir una y otra vez la roca de su castigo. Hasta que me viene a la memoria “Perfect days”, la película de Win Wenders que muestra la entrega y dignidad de un limpiador de baños públicos en Tokyo. Llega el cercanías lleno de estudiantes que se aburrirán en pocas semanas. Se saludan con gusto, a veces con timidez, se vuelve a escuchar “en plan, en plan, en plan” en los retazos de conversaciones. Todavía se aventura algún turista blanquito y rezagado. Un señor se alivia sin pudor con el solo gesto de volverse hacia la otra vía en un andén abarrotado.

Me vienen unos versos de Ángel González: “El otoño se acerca con muy poco ruido:/ apagadas cigarras, unos grillos apenas,/ defienden el reducto/ de un verano obstinado en perpetuarse (…) Se diría que aquí no pasa nada, /pero un silencio súbito ilumina el prodigio:/ ha pasado/ un ángel/que se llamaba luz, o fuego, o vida./ Y lo perdimos para siempre”.

 

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