sábado, 17 de octubre de 2026

Anteojeras en el paraíso

 

Nunca he deseado tanto la lluvia como este verano cuando cruzamos la península en diagonal. Las carreteras entre Madrid y Girona atravesaban cientos de kilómetros de amarillo pajizo; los carteles luminosos advertían del peligro extremo de incendio; las noticias daban cuenta de los 55 incendios activos. Ya se había extinguido el más letal del verano, el de Los Gallardos en Almería. En el Pirineo, rodeada de verde y con tormentas vespertinas que mojaban el suelo cada tarde, conseguí tranquilizarme a pesar de que durante el día era difícil enfrentar una ruta que no tuviera cerca un río para refrescarse. La vuelta a Cádiz la hicimos por Levante, de nuevo un sol castigador y unas temperaturas extremas que en esta ocasión se confabulaban con un tráfico intenso de camiones para conseguir un ambiente casi irrespirable. En la radio se actualizaba la situación de los 38 incendios activos. La última semana de agosto las temperaturas han dado un respiro, los sistemas de monitorización registran “solo” 13 incendios forestales, pero los termómetros amenazan de nuevo con subidas implacables. Se estima que en Europa el calor extremo de este verano ha provocado unas 35.000 muertes. A esto se suma una grave sequía que hace que los ríos presenten niveles de agua históricamente muy bajos. Como aparente contraste, las tormentas de verano han arrojado trombas de agua, viento y granizo nunca vistas hasta ahora.

Estábamos advertidos. Los científicos llevaban años hablando del cambio climático y sus consecuencias pero, como en el cuento de Pedro y el lobo, nadie los oyó. Mucho mejor mirar hacia otro lado, comprar un aparato de aire acondicionado y seguir como si nada estuviera cambiando a nuestro alrededor. Total, ¿qué puedo hacer yo? Y así, sin exigencias a los gobernantes ni cambios en un estilo de vida que a cada paso contribuye al calentamiento global, vamos hacia delante con unas anteojeras de comodidad que nos impiden reaccionar para tratar de mitigar el problema. No solo es una estupidez sino también una irresponsabilidad con las generaciones que heredarán el planeta. Teníamos el paraíso y dejamos que se secara.

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