sábado, 11 de agosto de 2018

Tiempo regalado



Viajar en tren es un regalo para aquellos que no podemos entretener los viajes en coche o autobús leyendo ni fijando la vista en una pantalla porque nos mareamos. Dejando de lado la aureola romántica que durante un tiempo tuvo, sigue siendo un medio que se presta a un encuentro personal y directo con uno mismo y el paisaje. Entrar a un vagón, sentarse al lado de la ventanilla y disponer de unas cuantas horas para uno mismo, ofrece unas posibilidades cada vez menos al alcance de la mano en nuestro mundo de prisas. Me encanta llevar lectura, un cuaderno, y dejarme balancear y seducir por el zumbido suave del tren que avanza. Somos bastantes los que compartimos esta sensación placentera de disponer de un tiempo extra, un paréntesis para dejar que las ideas vuelen con el paisaje o para enfrascarnos en un libro durante horas, como hacíamos en los veranos eternos de la niñez, cuando el tiempo se alargaba y aún estaba de nuestra parte, sin más horarios ni perspectiva de inquietud que la que marcaban los momentos de la comida. Los túneles, la orografía del terreno… se hacen cómplices y ofrecen la coartada de la falta de cobertura permitiendo que el móvil también se adormezca olvidado en el fondo del bolso o sea solo cómplice que aporta una banda sonora bien escogida a estos kilómetros de desconexión. Lástima que esta idea no la comparta todo el mundo y se padezca a veces la intromisión de un viajero sin botón de “pause” que, incapaz de desconectar, gestiona negocios desde su móvil o repasa su agenda yendo de una llamada vacía a otra, usando un tono de voz elevado y molesto como si estuviera solo en la oficina o el salón de su casa. Esta intromisión en mi tiempo regalado me choca y me molesta, pero no es de ellos de quien quería hablar hoy. Además, ya Elvira Lindo les dedicó un estupendo artículo, “El vagón de los raros”. Solo me apetecía reseñar la agradable sensación de dejarse llevar olvidados de direcciones, desvíos, caravanas… horas a salvo del apremio y la impaciencia, un regalo entre el antes y el después del destino del viaje. 

sábado, 28 de julio de 2018

Tiempo de ordenar

Excepto casos casi patológicos de apego al orden, es muy común la tendencia a acumular cosas. Yo confieso que la tengo. Sin llegar al fetichismo en que caen algunos de mis amigos, capaces de conservar un ticket de metro durante 35 años, se me amontonan alrededor papeles, libros, trastos, envoltorios… No importa el tamaño de la vivienda, las rinconeras son posibles incluso en 18 metros cuadrados. Lo comprobé hace años, cuando vivía en un estudio con cocina americana. Era difícil llevarme a final de curso los trastos que había acumulado en nueve meses. Esto me ha traído a la memoria una película emblemática, “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”, en la que el personaje de Graham (J. Spader) aseguraba que sus únicas pertenencias eran las que pudiera llevar en el coche para poder desplazarse por el mundo solo con unas llaves en el bolsillo. En la misma película, Ann (A. MacDowell) iba a su psiquiatra porque no podía tener relaciones sexuales con su marido. La descentraban problemas del mundo o la agobiaban cuestiones como qué se puede hacer con toda la basura que acumulamos los humanos. Esto que antes intuíamos y la película de Soderbergh planteaba, tiene también un nombre: ­Dan-sha-ri, una teoría que lleva años practicándose en territorio asiático. Se basa en tres principios básicos: el DAN, que supone cerrar el paso a las cosas innecesarias que tratan de entrar en nuestra vida, es decir, adquirir solo lo que de verdad sea necesario; el SHA, tirar todo aquello que es inservible y que inunda las casas, y por último el RI, convertirse en una persona despegada de las cosas, consiguiendo un entorno más relajado y por lo tanto un mejor humor. Para mí una práctica habitual del verano es ordenar, tirar a la basura, hacer hueco… y me libera, es cierto, pero recaigo continuamente en mi afición. Seguro que si busco en internet, también existe un nombre para esto, pero a mí me parece que esta manía acumulativa no es otra cosa que un apego al pasado. No somos capaces de tirar porque no somos capaces de deshacernos de la persona que fuimos. Habrá que superarlo o aceptarlo antes de que, como a Ann, nos afecte demasiado. O darle una oportunidad al Dan-sha-ri.

lunes, 16 de julio de 2018

Verano

Carlo Petrini en 1986 fundó el Movimiento Slow cuando en la plaza de España de Roma se topó con que McDonald’s  iba a abrir uno de sus establecimientos de comida rápida. Lo hizo porque entendió el daño que este tipo de locales podría ocasionar en los hábitos de los ciudadanos. Su idea era proteger los productos estacionales, defender los intereses de los productores locales y alertar del peligro de la explotación intensiva de la tierra. El cine por su parte, ha hecho que cierto paisaje soleado, asociado a una mesa tosca llena de productos de la tierra, buen vino y buena gente, quede en el imaginario colectivo como el reencuentro con la vida sencilla que rescata los valores de lo auténtico. Normalmente la película se desarrolla en Italia, en Grecia o incluso en el sur de Francia.  Belleza robada, Bajo el sol de la Toscana, Antes del anochecer, Mamma Mia!... recrean una atmósfera donde la charla alegre entre familia y amigos produce un efecto cercano a la felicidad. Confieso que en épocas de mucho trabajo, la idea de sentarme al sol con una copa de vino en la mano rodeada de mi gente, comiendo una sencilla ensalada con buen aceite y buen tomate o un queso de la zona me resulta el paraíso. Lo llamo el momento Toscana. Para que el cuadro esté completo no hace falta irse a Italia, basta un toque de verde, poner una mesa debajo de un olivo, un nogal, una parra, una falsa pimienta… quitarse el reloj y dejarse llevar. El vino, la conversación, el sol filtrado por las ramas, harán el trabajo. Se trata de saborear, de recrearse en el momento, de tomar conciencia del deleite, de la cura que esta costumbre tan mediterránea proporciona a cuerpo y espíritu. Es una pena que necesitemos fundar un movimiento para recordarnos qué estilo de vida nos hace más felices pero, puesto que es así, bienvenido sea si recupera lo que los franceses llaman “le joie de vivre”. ¡Buen verano y buen deleite!

sábado, 16 de junio de 2018

Alertas

De un tiempo a esta parte, me preocupan las relaciones de pareja de las nuevas generaciones. Aparece una peligrosa paradoja: cuanto más se habla en los medios de igualdad, cuanto más se aconseja cortar en seco el primer síntoma de abuso, cuantas más manifestaciones se hacen contra esta tara de la sociedad, más casos de relaciones tóxicas entre jóvenes de mi entorno me encuentro. ¿Qué es lo que no está funcionando? Está demostrado que el sexismo, el machismo empieza en las familias. Solo con una buena educación se puede erradicar la figura del abusador y dar seguridad a las chicas para que no se conviertan en futuras víctimas. ¿Es posible que la atención en los medios a los casos más terribles esté actuando como efecto contrario? ¿Por qué esta regresión? Leí un estudio preocupante que explicaba que muchos de estos adolescentes se “educan” en el  sexo a través del porno que encuentran libre en internet. Supongo que puede explicar parte del problema. Puesto que muchas familias permiten que sus hijos se aíslen en sus habitaciones con móviles y ordenadores, y olvidan que las comidas y sobremesas son propicias para hablar de todo y de nada, estos chicos acaban tomando como modelo de educación sexual estas películas creadas con un fin muy distinto. En un episodio de la serie “Friends”, Chandler y Joey se encuentran con un canal porno en abierto en su apartamento. Temiendo que al apagar la tele desaparezca, consumen horas y horas de cine X. Llega un momento en que, al recibir el pedido de una pizza, encuentran extraño que la repartidora se limite a entregarla sin que pase nada. Este episodio que en la serie resulta tan divertido, quizás explique tantos casos de chicas inteligentes, preparadas, buenas estudiantes, que acaban sufriendo abuso de chicos egoístas, maltratadores, abusones, manipuladores, celosos… No sé si es la reproducción de un modelo equivocado o si los jóvenes han normalizado unas relaciones autoritarias que creíamos en retroceso. Lo que me asusta no son los casos aislados, sino que cuando preguntas a las víctimas por qué no reaccionaron a tiempo cuentan que, como sus amigas estaban pasando por situaciones similares, entendieron que era “normal”.

sábado, 19 de mayo de 2018

Pérdidas

 Una generación comparte una educación similar, un influjo cultural y social semejante; adopta una actitud, un pensamiento más o menos común; tiene su banda sonora, canciones que se convierten en himno, que ponen el vello de punta aunque a veces solo se reconozca en privado. Una generación tiene sus mitos, sus héroes, sus miedos e incluso sus sonrojos. Para una generación, la mía, Antonio Mercero, recientemente fallecido, puso imágenes a todo eso. Coincide esta muerte de Mercero con la retirada de las cabinas de Madrid. En realidad, ya habían desaparecido de casi todos los espacios públicos y, con ellas, el miedo a quedarnos encerrados dentro, aunque me temo que no el miedo a la incomunicación y la soledad. Ahora cuesta recordar que hubo un momento en que contactar con los que estaban lejos dependía de tener monedas, de encontrar una cabina telefónica que funcionara, de superar la inquietud de ciertas zonas solitarias y, gracias a Mercero, de poder hablar por teléfono mientras se mantenía un pie en la rendija de la puerta impidiendo que se cerrara. Aun sabiendo que sonará a abuela Cebolleta, tengo que decir que, aunque me parece que fue ayer, cuando yo llegué con mi reciente destino a Cádiz, todavía tenía que salir de noche, azotada por el Levante, a un solitario Paseo Marítimo en la capital para llamar a casa. Mi generación ha surgido del costumbrismo en blanco y negro de Crónicas de un pueblo, ha pasado por la adolescencia idealista y algo ñoña de Verano azul y se ha chocado contra la claustrofobia y el terror de La cabina. Ahora ha muerto uno de los directores que mejor ha retratado nuestros cambios. Se ha ido perdido en la crueldad del Alzheimer, como tantos otros, pero nos ha dejado el testimonio de lo que fuimos, de lo que creímos y temimos, nos ha dejado imágenes que nos reconocen como generación, con nuestro terror a las cabinas. No solo la muerte de nuestros mayores nos deja huérfanos, también lo hace la muerte de quiénes pusieron música, imágenes y voz a nuestra infancia.

sábado, 5 de mayo de 2018

Después de feria

Todavía cansada tras la feria, se me apelotonan las luces y sombras de estos días. Anoto en el “haber” el disfrute de las fiestas, la oportunidad de saludar a tanta gente, de hacerlo entre risas y brindis, de repetir una vez más el rito del reencuentro en la plaza pública. He agradecido también el tiempo fresquito que invita a bailar y pasear sin agobio. Me ha gustado asimismo la decisión de encargar el pregón a la periodista Teresa Almendros, que salió más que airosa con su “Crónica de una periodista feriante”.
Pero me traigo también algunos sinsabores que no puedo dejar de comentar. En lo personal, me ha faltado el reencuentro con algunos amigos que no han podido estar este año. Me apena también que el sábado cayera un chaparrón que deslució y dejó el reciento tiritando, ¡pobres caseteros con el enorme esfuerzo que hacen para optimizar estos días! De igual manera, me desagradó enormemente que al día siguiente del pregón, un texto anónimo muy mal escrito lo criticara porque, según él, no era portuense. Dudo mucho de que el redactor de tan desastroso texto haya escuchado el pregón de verdad, de otro modo no se entiende su comentario. Su lectura me dejó un sinsabor que empeoró cuando el jueves por la noche, ya de retirada, no encontré mi coche. Estaba aparcado como muchos otros, no estorbaba el paso a nada ni a nadie, pero no solo se lo había llevado la grúa sino que, además, nos pusieron una multa sencillamente desorbitada. En el “debe” de la feria, anoto también la desfachatez de los porteros de las casetas para los más jóvenes, que se permiten jugar con ellos haciéndolos desfilar de cola en cola para finalmente dejarlos fuera sin más explicación. No entiendo tampoco  la decisión de cerrar el paso peatonal desde la carretera a la portada dejándola así desubicada y sin sentido, obligando a la gente a saltar los obstáculos que cerraban el acceso… Pegas, pegas, pegas, cuando el ciudadano de a pie lo único que busca en feria es un ratito de desconexión.

Con sus luces y sombras, echo el cierre una vez más a esta fiesta de la primavera y del vino fino con la esperanza de poder seguir disfrutándola muchos años más.