sábado, 23 de septiembre de 2017

El lado oscuro de la Luna


Se conoce como el lado oscuro de la Luna a la mitad que no vemos. De este modo hacemos como un niño pequeño que, temiendo un peligro, se tapa la cara como si al no ver, tampoco pudiera ser visto. Es la historia de la humanidad, que tiende a moverse ante certezas. Lo que no se ve, no existe. Por eso olvidamos el dolor ajeno, el sufrimiento, la soledad. Lo tapamos y desaparece. Los modos de información están cambiando, se están dejando de comprar periódicos impresos, no se ven las noticias en las principales cadenas televisivas o de radio. Ahora la  información está en las redes, se construye personalizada y nunca fue tan parcial. Ya no es solo el peligro de la brevedad del titular o tuit, sino de vivir inmersos en un mundo pequeño, una burbuja a la que solo nos llegan referencias similares a las nuestras. Leemos y sabemos apenas de lo que nos interesa, puesto que solo leemos y sabemos a partir de lo que publican y comparten nuestros amigos y seguidores. Así, vivimos alimentando nuestras creencias e ideologías y obviando la diferencia cuando no eliminándola. Es el lado oscuro de la Luna, lo imaginamos en sombra como imaginamos sombras  y temores en el pensamiento del otro. Parcelamos e inventamos la realidad  a nuestro antojo. Pero creerse en posesión de la verdad solo conduce a la intolerancia. Si uno solo se entera de lo que lo reafirma, acabará convencido de llevar razón, puesto que todo su entorno se volverá uniforme. La misma música, las mismas noticias, las  mismas preocupaciones… Cualquier atisbo de pensamiento diferente hará saltar la alarma. No hay más que mirar las redes. Lo vemos a diario. Qué razón tenía Einstein al afirmar que “hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”. Nunca antes estuvimos tan conectados al mundo y, sin embargo, nunca fue tan fácil desconectar, desinformarse, borrar lo que no interesa. Eliminando la diversidad, eliminamos también la capacidad empática de sentir y sufrir por otro. Ahora sabemos que no hay ninguna sección de la Luna que no reciba luz solar. Falta descubrir cómo aquí podemos encontrar luz al otro lado. Mientras, sigamos acusándonos. “Antidemócrata, tú”

domingo, 10 de septiembre de 2017

Uniformes

Me molesta, mucho, el dirigismo, las cosas demasiado masticadas, la uniformidad, la vía única. Me molesta en casi todas sus variantes, desde el detalle más tonto. Me resulta odioso, sin ir más lejos, el sistema de circulación y aparcamiento del Luz Shopping de Jerez, donde es imposible escoger a dónde quieres ir. Una vez que has entrado en un carril, tienes que seguirlo. O el corrector del Whatsapp que entiende que me equivoco y, sin preguntar, va cambiando cada palabra que escribo por otra que, por lo visto, sería más conveniente si yo fuera una máquina y me comunicara como se supone que me tengo que comunicar. Imposibles los dobles sentidos o las metáforas. Los mensajes, finalmente, me quedan ininteligibles. Y las colas con trampa que no van en línea recta sino en serpiente, delimitadas con cintas, de modo que no dejan calibrar el rato de espera para decidir si me interesa quedarme o no. “Afortunado aquel que tiene tiempo para esperar”, decía Calderón de la Barca. Me molesta que Google se dirija a mí como si fuera una persona y me diga “¿Quieres respuestas antes de que preguntes?” No, claro que no. Me gustaría encontrar respuestas, por supuesto, pero a mis propias preguntas. Quiero indagar, reflexionar, investigar, curiosear, equivocarme, plantearme opciones… Estoy harta del “¿quizás quiso decir…?”. Ya sé que somos masa, que es difícil sentirse original, pero me gustaría no vivir una vida completamente uniformada. No quiero entrar en Facebook y encontrarlo lleno de sugerencias del tipo “celebra tus siete años de amistad con…”, cuando además ese “con”…. resulta que a lo mejor es mi marido al que, desde luego, tengo la suerte de tener por amigo hace muchísimo más de 7 años. Y no quiero que me llamen a casa para ofrecerme nada, prefiero salir a buscarlo cuando me apetezca o lo necesite. Ni que me paren para hacerme encuestas. Tampoco me convence que la gente exija que uno esté constantemente conectado al móvil. Reclamo el derecho a la desconexión. Y a no sentirme rara por no usar ningún sistema de videoconferencia porque me gusta estar en casa en la intimidad, vestida de cualquier manera.  Y a que no me gusten los bestsellers, ni los musicales…


sábado, 26 de agosto de 2017

Miedo

Ha pasado más de una semana de los atentados en Cataluña y seguimos atónitos la marcha de las investigaciones, las reacciones de la ciudadanía, el intento de recuperación de la normalidad.  “No tinc por”, no tengo miedo, es el lema más repetido estos días, y hace falta armarse de valor, reafirmarse en la defensa de un estilo de vida en libertad para repetirlo con convicción. Porque sí tenemos miedo. Yo lo tengo. Miedo del fanatismo de jóvenes educados en España que se radicalizan hasta el extremo de considerar que cualquiera en cualquier momento es culpable y merecedor de sufrir un atentado; miedo de sabernos inmersos en una guerra de límites difusos de la que es difícil mantenerse a salvo; miedo de las redes sociales que permiten escupir impunemente comentarios violentos, islamófobos, inspirados y divulgados con raíces similares a las que han permitido fabricar terroristas; miedo al rechazo que provocan las diferencias y que hace que haya quien se escandalice de que estos días “también” se expresen en catalán los catalanes;  miedo al miedo a sabiendas de que la única reacción posible es continuar con nuestras vidas a pesar de todo.  Ahora ha sido Barcelona. Nos duelen más las víctimas cercanas, quizás porque nos hacen sentir más vulnerables. Hemos paseado por allí, descuidados como cualquier otro turista o ciudadano. Duelen también las noticias de otras muertes violentas, igualmente inocentes, a veces solo números, atentados igual de absurdos en lugares mucho más apartados aunque los medios de comunicación y las redes sociales actúen tapando el sufrimiento. Es difícil compaginar la solidaridad, el dolor y la preocupación con la recuperación de un agosto de vacaciones. Resulta frívolo cambiar de tema, alternar las noticias plagadas de crueldad con la frivolidad necesaria que requiere seguir con nuestras vidas. No tinc por, clama el ciudadano. “No en mi nombre”, tratan de hacerse oír quienes también son víctimas. Dejar que se alcen sus voces es la única manera de luchar contra quienes sacan partido de la xenofobia. Lo vivimos con ETA. Debería servirnos para algo. Y, por supuesto exigir a los gobernantes soluciones y unión ante la barbarie.

domingo, 13 de agosto de 2017

Abierto por vacaciones

Un paseo mañanero en bicicleta de punta a punta de El puerto deja una postal variopinta. Caminantes solitarios con sus auriculares; grupos ciclistas “maqueados” para carrera disfrutando de las vistas al mar; señor mayor montado en patinete con casco incluido; señoras de moño alto, sobrepeso y altisonante lenguaje popular; parejas de ancianos paseando de la mano; chicas de piel morena y rasgos orientales, de uniforme, que pasean niños rubios con bañadores floreados; pescadores bajo sombrillas, con caña plantada entre las rocas del espigón, indiferentes a los saludos de los pasajeros del catamarán; pijos hasta en los andares con atuendo playero que incluye camisa de manga larga y sombrero de paja con banderita española; turistas de bajo presupuesto y “desestilismo” que llevan, sin garbo y sin mangas, su camiseta de colores, (riñonera y bermudas obligadas); turistas extranjeros con cara de ilusión que disfrutan y fotografían cada detalle; turistas nacionales que buscan actividades culturales en los tablones del Alfonso X; turistas nacionales que buscan precios baratos en los establecimientos de la ciudad; jóvenes que arrastran en la cara las señales de la noche de juerga en la vuelta a casa; amas de casa camino del mercado… A mí me parece que, aunque apretados, cabemos todos. Total, son dos meses y luego solo un tercio de esta población veraniega tenemos el privilegio de seguir disfrutando de las playas paradisíacas y el pescaíto. Ojalá no se contagie la moda del “Turistas go home”. Echar a los turistas es un acto vandálico e irresponsable. Mejor exigir a nuestros gobiernos una planificación coherente, unas infraestructuras dignas, una oferta de actividades culturales que apuesten por la calidad, previsión ante las temporadas altas… Si cada uno cumple con lo suyo, si nos respetamos, cabemos todos.

(Otro día hablamos de las obras, de los conductores prepotentes y maleducados, de los abusos en el trato que se permiten ciertos locales de moda, de las colas en Renfe porque solo abre una ventanilla de información/venta en pleno mes de agosto y la escalera mecánica está apagada y la otra en permanente revisión y la máquina expendedora no imprime…)

sábado, 29 de julio de 2017

Mis acentos


Estoy lejos de casa, en un pueblo de Holanda llamado Loenen aan de Vecht. Es un lugar muy cerca de Amsterdam, de dimensiones diminutas, cuidado y verde. La zona tiene algo de irreal. No hay ruido, la gente se mueve en bicicleta, los jardines se confunden con la naturaleza... Todo parece ordenado, hasta los patos, ovejas, cisnes y aves zancudas que hay por doquier. Las cunetas son verdes. Hay mucha agua, canales, enormes macizos de hortensias, estanques cubiertos de nenúfares por donde quiera que mires. En la casa dispongo de un Appel conectado, claro, a internet.  Me dispongo a escribir la columna quincenal y a sortear los problemas de un ordenador configurado en Nederlands y en un sistema que desconozco. Es un reto. El teclado carece de acentos como el paisaje carece de puntos secos, de matojos quemados por el verano, de jornadas estables. El sol sale con fuerza muy temprano para dar paso enseguida a las nubes, la lluvia y otra vez el sol. Estar de paso permite adaptarse bien. No da tiempo a echar de menos nada e invita a divagar. Mis pensamientos, ahora sin acentos, me llevan a imaginar una ciudad ideal en la que colocar lo mejor de cada uno de los lugares que he visitado. De esta zona me quedo con la cultura, con la educación que permite que un festival de música convoque a cientos de personas de todas las edades llegadas en bicicleta a pasar la jornada escuchando conciertos bajo árboles centenarios.  Me quedo con las calles limpias, impensables las cacas de perro o los restos de bocadillos por los suelos. La libertad para vestir como quieras y llevar de la mano a quien te apetezca. Los carriles bici presentes en todas las ciudades, en todos los caminos y respetados por todos los conductores. Las actividades culturales, los museos. No cuesta nada imaginar y, realmente, cualquier ciudad mejoraría mucho con un centro dinámico, verde, cuidado, sin apenas coches, repleto de actividades culturales y de gente bien formada que se mueve en bicicleta. 
Reto casi cumplido. Texto sin acentos. Se resisten nenúfar, música, árbol, educación, dinámico, mejoraría. Parece un buen ejercicio de autoconocimiento, lo dejo aunque al final haya aprendido a acentuar. 

miércoles, 19 de julio de 2017

Contradicciones


Resultado de imagen de gaming ladiesEn Suecia se prepara un Festival de música para el verano de 2018 solo para mujeres.  No es la primera iniciativa, el año pasado Glastonbury (Reino Unido) contaba con escenarios solo para mujeres, The sisterhood. También se ha celebrado el primer “Gaming ladies”, solo para “gamers” femeninas. En París está siendo muy polémica la preparación de un festival, Nynsapo, que cuenta con talleres dirigidos exclusivamente a mujeres negras. Cada vez es más frecuente encontrar que, dentro de un Festival de música, exista un “safe-space” y ya es normal encontrar gimnasios donde no admiten hombres. Cuando leo y escucho estas iniciativas, me vienen tantas ideas contradictorias a la cabeza que me cuesta ordenarlas. Para empezar, me choca mucho que todos estos proyectos estén surgiendo en lugares del mundo donde se supone que la igualdad entre hombres y mujeres es un derecho reconocido por la ley. Hablamos de Reino Unido, Canadá, EEUU, Francia, Suecia, España… Además, surgen tras una larga batalla para conseguir que mujeres y hombres puedan estar codo con codo en las aulas de colegios y universidades, en espectáculos públicos, en las urnas… Hasta hace muy poco, el logro era haber conseguido precisamente lo contrario, espacios unisex. Y, sin embargo, parece que como medida reivindicativa tras las numerosas denuncias de agresiones sexuales y violaciones, se está volviendo a esta segregación. ¿Logro o retroceso? Entiendo que pueda tener su fuerza como llamada de atención, pero me cuesta aceptar que la única manera de mantener a las mujeres a salvo sea haciendo un corralito en el que poder protegerlas. Tiene algo de rendición, de paso atrás. Pero ahí siguen los datos de violaciones y agresiones en los Sanfermines, en los festivales de música o la suspensión de la segunda edición del “Gaming ladies” por el boicot de Forocoches. ¡Llegaron a amenazar con entrar disfrazados de mujeres para reventar las charlas al grito de “muerte al marichulo”! Se me cae el alma a los pies. Mi apuesta segura es, como siempre, la educación desde todos los ámbitos. Pero ¿y mientras tanto? No creo que los guetos sean una solución por mucho que también surgieran como medida de protección. La única aspiración posible es la diversidad basada en el respeto. Lástima que por ahora parezca una utopía.

sábado, 1 de julio de 2017

Felicidad espesa



“La felicidad es una decisión”, leo en facebook. Se ven a diario mensajes de este tipo con más o menos variaciones. La búsqueda de la felicidad a través de frases inteligentes a veces, sensibleras otras. La felicidad es una decisión, tal vez, que se pospone para cuando la realidad no ponga demasiados obstáculos para ser feliz. Pero “demasiados” es un determinante indefinido, es decir, no aclara cuántos obstáculos nos podemos permitir antes de exigir esa hipotética felicidad. Cuántos y de qué peso. Otra vez el relativismo. ¿Se puede ser  feliz a pesar de las dificultades económicas? ¿en un entorno de guerra? ¿a pesar de una grave enfermedad? ¿en soledad? ¿se puede no ser feliz a pesar de no padecer ninguno de los supuestos anteriores? El factor tiempo juega en contra. “La resignación es un suicidio cotidiano”, decía Balzac. Mientras aguardamos a que cambie el aire, los días, meses o años gastados son irrecuperables. No podemos esperar a que el tiempo lo cure todo. El tiempo pierde cosas, no las cura. Tampoco sé si es un mensaje trampa como los que circulaban durante lo peor de la crisis, frases de autoayuda que pretendían convencer al ciudadano de a pie de que la buena suerte estaba en sus manos. Encerraban un enorme engaño ya que poco se puede hacer por mejorar la suerte si el entorno se vuelve terriblemente desfavorable. El pensamiento positivo no es suficiente. De ahí a culpar a cada uno por su destino solo hay un paso: si la buena suerte es para el que la busca, se deduce que la mala también, ¿no? Entonces el parado es culpable de su despido, el desahuciado  de la usura de su banco, el enfermo de su enfermedad…  Así, al afectado se le despoja también del consuelo de sentirse comprendido, se le despoja de la solidaridad. Entre instalarse en “Los mundos de Yupi” y vivir con la conciencia alerta ante el sufrimiento propio o ajeno hay un abismo. Sin embargo, tengo la sospecha de que la clave de la felicidad está justo ahí, en construir un puente que, sin destruir el pensamiento crítico y lúcido, permita relativizar los problemas y saborear la vida a pesar de ellos. 

Un poco espeso para el primer sábado de julio. Será el calor.