viernes, 9 de febrero de 2018

De esas

Sé que puede resultar cansino leer a quien periódicamente parece fijarse en aspectos negativos de la existencia. Corre una el riesgo de convertirse en una “enfadada” de la vida y nada más lejos de la realidad. Me encanta sacarle partido a lo pequeño del día a día, que es lo que en definitiva puede construir algo cercano a la felicidad. Dicho esto, estoy ante la página en blanco y, aunque me gustaría escribir sobre algo más alegre, insustancial, no sé…, ligero, reconozco que desde primera hora de la mañana, mientras me vestía escuchando la radio, se me quedaron enganchados dos anuncios publicitarios que me pusieron de mal humor. El primero, de unos conocidos grandes almacenes, decía algo así como “que no te engañe, tu pareja también es de esas”.  Resulta que el anuncio era para incentivar las compras por el día de los enamorados y venía a decir que, por mucho que una mujer le quite importancia a esta fecha, ella también quiere recibir un regalo. El segundo anuncio resaltaba la dureza de ser padre y a continuación planteaba “¿te has preguntado si ser padre compensa?” La respuesta, claro, es el sorteo extra del día del padre porque, por lo visto, si te toca, compensa. Sé que los dos anuncios parecen ingenuos y a lo mejor podría dejarlos pasar, pero me enfada esa tendencia a la uniformidad lanzada una y otra vez desde los medios mayoritarios porque, por supuesto que uno puede ser disidente del pensamiento único, sobre todo cuando se alcanza cierta edad o si se crece en un  entorno especial que favorezca la crítica, pero para la mayoría de la población, sobre todo la gente joven que está en proceso de formación, el relanzamiento de estos tópicos va asentando como verdades, falacias de las que es difícil escapar. Ni ser padre es un rosario de sufrimientos, ni ser mujer implica tener arrebatos pseudorrománticos por San Valentín. Estamos ante burdos mensajes que repiten unos papeles casposos. Es la perversidad de la masa, que no surge de ella sino que es provocada y aireada por quien tiene el poder, es decir, el dinero. Así que, perdón, pero otra vez me ha salido un texto quisquilloso. Y, por cierto, no, ni yo ni muchas de las mujeres que conozco, somos “de esas”.

sábado, 27 de enero de 2018

La excelencia

Estoy descorazonada. En uno de esos ratos en los que los alumnos están saturados y necesitan cambiar de actividad, estuve jugando con ellos a pensar en un personaje histórico para que el resto tratara de averiguarlo con preguntas. Empecé yo y pensé en Isabel la Católica. Como el concepto “histórico” les rechinaba por los resabios académicos, pactamos cambiarlo por “famoso” lo que, hasta cierto punto, podía tener sentido, ya que ambos términos pueden funcionar en ciertos contextos como sinónimos. Me iban preguntando primero el sexo ¿es mujer?, después la ocupación, lo que supuestamente había hecho famoso al personaje ¿Canta? No ¿Baila? No ¿Es actriz? No. En seguida la desesperación, entonces ¿cómo va a ser famosa si no canta ni baila ni actúa? Paciencia y explicación por mi parte de cómo podían abrir el abanico de posibilidades. Hasta que uno vio la luz ¿es guapa? Estupor. ¿Por qué es necesario tener que aclarar en pleno siglo XXI a chicos y chicas de 15 y 16 años que una mujer puede no solo ser famosa, sino incluso, ser un personaje histórico fundamental para la historia de España sin necesidad de cantar, bailar, actuar o ser guapa? La otra cuestión también me preocupa: el concepto “histórico” resulta para ellos aburrido, pero el de “famoso” les reduce tanto las posibilidades que deja fuera de la definición a la mayoría de los personajes en los que están pensando. La RAE define “famoso” como “Muy conocido y admirado por su excelencia”. O la RAE se ha quedado atrás, que es muy posible, o algo no estamos transmitiendo bien a las nuevas generaciones si la excelencia se ha reducido a tener un número elevado de reproducciones o “likes” en las redes sociales. Estos famosos de medio pelo no alcanzan la “Superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo”. En el juego, nadie pensó en una deportista, escritora, pintora o dirigente político. ¿No son atractivas ya ocupaciones que exigen tanto esfuerzo y dedicación, o no se supone que puedan estar desempeñadas por mujeres? No sé cuál de las dos opciones me descorazona más. Solo me consuela que buscaron en el móvil a Isabel la Católica y la consideraron interesante, a pesar de encontrarla fea.

sábado, 13 de enero de 2018

Aire de enero

“Que se cumplan todos tus deseos”, dice una maldición china que me viene a la mente ahora que el frío invernal y las lluvias se han presentado por fin con las maletas llenas. Pierdo la cordura que me había llevado a desear este tiempo para dar por cumplido el ciclo de las estaciones, para echar de menos el sol y el calor y así, luego, poder disfrutar con más ganas del contraste...

Me equivoqué. Me equivoqué porque me olvidé de la sensación de humedad fría en las sábanas, de la humedad fría a la vuelta de la escalera, de la humedad fría en cada esquina. Me olvidé también de los catarros y las gripes; de las capas y capas de ropa que no protegen del escalofrío ni mucho menos de los virus. Del dolor de cabeza y articulaciones. De la fiebre que convierte las noches en pesadillas surrealistas. Del malestar de mocos, toses y afonías en la “postenfermedad”. De los saludos a amigos y familiares demacrados que se esconden bajo bufandas extemporáneas; del “vade retro” ante las toses contaminantes que convierten al otro en enemigo. No es tiempo de abrazos ahora que los noticiarios recuerdan las mínimas precauciones para no contaminarse. ¡Qué frío enero! ¡Qué inhóspito! Pero también ¡qué cura de humildad! Viene el año nuevo cargado de proyectos y buenas intenciones y una estúpida gripe nos pone en nuestro sitio. No somos nadie. Queda todo aparcado mientras tomo algo para el dolor de cabeza y me escondo bajo estratos de inútiles camisetas. Se acaba la racionalidad y la medicina y lo pruebo todo: la cebolla cortada sobre la mesilla de noche, el zumo de naranja, la infusión de jengibre con limón, el propóleo… Qué feos y frágiles somos todos con la cara abotargada, los ojos rojos, el pañuelo en la mano, el gesto tenso antes del estornudo… Aquí lo dejo, creo que aún puedo librarme, me han dicho que se puede hacer un jarabe de ajo casero que va genial para las defensas. Además de afectar al aliento ¿será compatible con la sobredosis de vitamina C?

sábado, 30 de diciembre de 2017

La "edad dulce"

Voy a hacer una confesión, tengo una herencia moral de la que ya no creo poder liberarme: la culpa. Ante cada decisión personal, me nacen como setas sentimientos de responsabilidad por los daños colaterales ocasionados. ¿Qué a qué viene esto? Al reparto familiar de las vacaciones. Al difícil equilibrio entre la familia de Jaén, que nos espera para inundarnos de afecto, y mis hijos portuenses, que tienen edad de solicitar unos días libres para disfrutar con los amigos. Intento guarecerme bajo el paraguas de la imposibilidad de contentar a todo el mundo y, aún así, no me desembarazo de la culpa. Entonces me toca escribir esta columna que saldrá el penúltimo día del año y no encuentro asiento suficiente para hacer balance, no me apetece, estoy desubicada en estos días de nadie. Un vistazo a las noticias no ayuda a encontrar el tono: no cesa la violencia machista ni el miedo a atentados yihadistas ni la llegada de inmigrantes y no mejora el nivel de nuestros políticos ni la tensión internacional que Trump provoca a golpe de twitter… Entonces me sale al paso una sorprendente afirmación del filósofo francés Michel Serres que sostiene que la humanidad progresa adecuadamente y eso me anima. Parece que “hay una gran contradicción entre el estado real de las cosas y la forma en que lo estamos percibiendo, porque vivimos como si estuviéramos inmersos en un estado de violencia perpetua, pero eso no es real en absoluto”. Apoyándose en datos de la OMS recuerda que “la causa menos frecuente de muerte en la actualidad es ‘guerras, violencia y terrorismo’. Muere infinitamente más gente a causa del tabaco y de accidentes de coche.” ¿No es esperanzador? Yo, por lo pronto, me propongo intentar afrontar el nuevo año con este enfoque optimista. Así que, mi irracional deseo para el 2018 es que la luz de la ciencia y el progreso filántropo nos ilumine para seguir confiando en un mundo más justo, más igualitario, más pacífico, más sano, más feliz… y que esa misma luz consiga brillar en todos nuestros hogares. Pues eso, que la esperanza en esta “edad dulce”, médica, pacífica y digital, no nos falle.

sábado, 2 de diciembre de 2017

De tradiciones y pausas

La columna de hoy va dedicada, como en los antuguos programas de radio: A mi amiga Luisa que me pidió "hablar de esto", al resto de amigos "menúos" y a mi familia, capaces todos de abrir siempre un paréntesis confortable por muy grande que sea el chaparrón que este cayendo en las vidas de cada uno.

"No tengo nada contra la tradición y las celebraciones organizadas, pero sí me molesta mucho que se conviertan en una obligación. Basta con echar un ojo a la filmografía americana para ver cuántas películas rondan en torno al famoso día de “Acción de gracias” y cuántas de ellas lo aprovechan para presentar el engorro de reunirse forzadamente en familia. Y, sin irnos tan lejos, son innumerables los chistes y anécdotas que se cuentan aquí alrededor de la figura del “cuñao” al que hay que aguantar en las celebraciones familiares. (No es mi caso. Adoro a mis cuñados, pero no todo el mundo tiene esa suerte). La policía sabe muy bien que la Nochebuena, por ejemplo, es una de esas fiestas en las que debe estar atenta para intervenir en altercados familiares que, a causa del vino, supongo, se van de las manos. O a las manos, debería decir. Por eso abogo por las tradiciones flexibles, sin obligaciones ni enfados ni reproches e, incluso, por inventar tradiciones nuevas y mantenerlas justo hasta el momento en que se corra el riesgo de convertirlas en obligación. Me parece la única forma segura, capaz de huir de culpas, de encuentros no deseados, de repeticiones carentes de sentido… 
Celebrar es realizar un acto festivo por algo que lo merece. Nada me gusta más que crear hábitos nuevos con familiares o amigos que duren lo que tengan que durar, solo mientras la fórmula funcione. Reunirse así, sin ceremonias, porque el cuerpo y el ánimo lo piden, en torno a unas migas, una berza, una paella dominguera… Sin ceremonias, pero con ritos, “para que un día no se parezca a otro día y una hora sea diferente a otra hora” (A. de Saint-Exupéry). Un rito preparar el sofrito de la paella con mi padre; un rito el mojito en olla grande con los amigos; un rito el postre casero la tarde del domingo. Y así, de quede en quede, el confort de los tuyos conforma un paréntesis, una burbuja efímera que deja en suspenso las penas y los miedos que la vida y los años se empeñan en acumular."

sábado, 18 de noviembre de 2017

Cambio de perspectiva


Es fácil sentirse seguro cuando uno se acomoda a la seguridad. Sencillamente parece que los problemas no existen por el solo hecho de que no se ven. El refranero popular lo recoge muy claramente “ojos que no ven, corazón que no siente” o, como decía Gómez de la Serna en una de sus greguerías “Cartas que no llegan, corazón que descansa”. Es cierto que don Ramón se movía en un ambiente epistolar en el que las cartas que llegaban eran manuscritas y hablaban de sentimientos, mientras que su pensamiento es hoy más acertado que nunca en un entorno en el que las únicas cartas que se reciben, las mandan el banco, el ayuntamiento o hacienda. Y ninguna de ellas suele traer buenas noticias, por cierto. Pero estaba hablando de seguridad, de sentir que el estilo de vida es el adecuado, que el lugar en el que se vive es amable, que nos hemos recuperado de la crisis, que la violencia de género es una exageración, que las calles son seguras. No es una cuestión de alarmismo, pero basta salir del entorno confortable creado a nuestra doméstica manera, para darnos cuenta de que para mucha gente llegar a fin de mes es un auténtico calvario, hay muchísimas mujeres que sufren maltrato psíquico o físico a diario, existen demasiadas familias en las que los niños se crían sin guía, en la calle y a expensas de Telecinco, hay una parte de la población que se mueve entre violencia cada día... Hace unos meses, sin ir más lejos, lo presencié al pasar en coche por una calle no muy concurrida. Ante nosotros cruzó una chica y, detrás,  apareció otra que la agarró del pelo y la tiró al suelo. Las dos acabaron enzarzadas en una pelea de patadas, puñetazos y tirones de pelo. La contemplación de ese tipo de violencia, cuando no estás acostumbrado,  sobrecoge y sacude. Abre la ventana a otras vidas. Para dejar de ver el entorno como una postal fija, conviene de vez en cuando airearse, viajar, visitar otros barrios, conversar con gentes muy diferentes… en definitiva, ponerse en la piel del otro, cambiar  el enfoque. Cada uno observa la existencia desde su ventana. Pero podemos subir a una azotea y observar. El cambio de perspectiva estremece. También espabila y favorece la empatía. 

martes, 7 de noviembre de 2017

Fúnebres ramos

Sé muy bien que la mejor forma de vencer un temor es afrontarlo. Si un niño tiene miedo del monstruo que acecha bajo la cama, nos asomaremos con él a ese territorio oscuro para demostrarle que su miedo carece de fundamento. Pero cuando no basta con asomarse bajo la cama para comprobar que los monstruos no existen o no tienen jurisdicción en el dormitorio infantil, a veces optamos por dar la espalda y tratar de olvidar el problema. Todo esto viene a cuento de la pasada fiesta de los Santos. Reconozco que siempre me ha desagradado esta celebración, la cita en los cementerios para limpiar lápidas, poner flores, arreglar la casa de los muertos... Y, por supuesto, nunca me dejé convencer para acompañar a mis familiares en la tarea. La fiesta, aunque bastante sepultada por el éxito de Halloween, no ha caído del todo, pero me temo que últimamente no estamos gestionando bien la relación con la muerte. Del engorro de velar a los muertos en casa, se ha pasado a los asépticos tanatorios donde todo es frío, distante, correcto. La incineración es más barata y ahorra, además de dinero, la necesidad de atender un espacio en las necrópolis. No estoy segura de que estas nuevas costumbres ayuden a entender el proceso. No queremos saber nada de la muerte.  Hemos eliminado el espacio oscuro bajo la cama poniendo debajo del colchón un canapé, pero los monstruos infantiles se siguen escondiendo tras las puertas, en los armarios… porque el miedo a lo desconocido forma parte del ser humano. Nuestros mayores habían domesticado ese miedo a la muerte, los ritos ayudaban en la tarea.  No sé si eliminarlos es una buena opción. El domingo pasado acompañé a mi padre al cementerio. Respiré hondo y traté de no pensar mientras quitábamos el polvo a las lápidas de los que fueron mis seres más queridos. Nunca los pienso allí. Dejamos unas flores (naturales, claro, a mi madre nunca le gustaron los artificios).  Mi padre rezó ante ella, mis abuelos, mis tíos, algunos amigos. Tocar las lápidas no me trajo consuelo, pero tampoco pesadillas. Había familias con niños. Los educaban para la muerte que, después de todo, nos está “aguantando la vida”.