sábado, 17 de noviembre de 2018

Los abandonados

Hace treinta años que apareció por primera vez un cadáver en nuestras costas fruto del naufragio de una patera. Desde entonces, unas 6.700 personas han perdido la vida en el Estrecho. Duele incluso el hecho de no poder afinar el dato, pero son muertes anónimas que por no tener, a veces no tienen ni cadáver. Otras sí, dejan rastro como la de estos últimos días, frente a Caños de Meca. Un chorreo de cadáveres, como si se tratara de una efeméride de aquella primera de 1988. Los números que arroja son escalofriantes y van deshojando los niveles de crueldad: 1500 euros la cifra que pagaron por una embarcación precaria, 150 los metros que distaban de la costa cuando chocó contra una roca y se produjo la tragedia, 25 las horas que pasaron en el mar… Pero curiosamente, al mismo tiempo que estos naufragios despiertan la solidaridad de parte de la población, producen también un sentimiento de rechazo del que brota la necesidad de protegerse, no de los muertos, claro, sino de los posibles vivos que podrían instalarse y amenazar nuestro estatus de privilegio. Así, mientras crece un movimiento de indignación, crece también otro que se radicaliza gracias al miedo y que está ganando tantos seguidores que ya tiene presencia en los parlamentos europeos. Sería más lógico culpar a las mafias que se aprovechan de esta necesidad de huida, o exigir mejoras en las condiciones de vida de los países de origen, sin embargo, como matamos al mensajero, culpamos al desgraciado que consigue sobrevivir y se atreve a pedir un hueco en el paraíso. Yo me descubro ante aquellos que adoptan la postura más incómoda poniéndose a disposición de los que no tienen voz. La semana pasada vi también esa entrega en las Jornadas que tuvieron lugar en Cádiz buscando apoyo y soluciones al problema del Sahara Occidental, otros abandonados. Hoy mismo estos hombres y mujeres humanitarios celebran en la Peña El Chumi una comida solidaria para recaudar fondos, para mostrar apoyo, para intentar que no se olvide a este pueblo que fue español. Lo tienen difícil, hasta nuestras costas no asoma su tragedia, eso les priva incluso de encontrar un hueco en nuestros medios de comunicación.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Miscelánea


Son días raros. El calor veraniego nos ha abandonado de pronto en mitad de un invierno frío, lluvioso, cargado de viento cortante. Chaquetones, mantas y calcetines han reclamado protagonismo cuando solo teníamos a mano la ropa ligera de playa. La lluvia cae con dureza, con rabia. Dura poco. Tras la grisura, una preciosa y luminosa mañana para el día de Todos los Santos. Será que este otoño se llevan los contrastes. Durante la semana,  pequeñas buenas noticias de las que animan este andar se borran enseguida con el hecho terrible de la muerte de una amiga de la infancia, guapa y alegre en el recuerdo. Pero nada cambia en la distancia. “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando”, decía Juan Ramón Jiménez. La radio, camino del verde de la sierra, solo habla de la muerte, no de la muerte real y cercana de mi amiga, habla de una empresa valenciana que ofrece criogenización durante cien años, habla de los ritos, habla de la conveniencia de llevar a los niños a hospitales y cementerios... Lástima que los muertos no concedan entrevistas para completar las crónicas. Ryanair cobrará por llevar equipaje de mano. Los bancos tendrán que asumir los gastos de las hipotecas. Espera, parece que ya no. A ver qué dice el Supremo. No sabemos dónde enterrar a Franco. Apago la radio y me viene a la memoria el reclamo del lunes mientras atravesaba el mercadillo de Cádiz camino de una reunión: “Niña, tres paraguas, dos euros”. Es absurdo que tres paraguas puedan costar dos euros. Además, ¿para qué querría yo tres paraguas? Últimamente no llueve tanto, solo sobre los recuerdos, los encoge.

 Creo que se me ha ido de las manos. Quería hablar de los contrastes, del peso del miedo y del dolor, de aprender a disfrutar del verano antes de que llegue el frío, de qué pasará cuando las mantas no protejan de la soledad… Quería también hablar de la esperanza. De pronto se ha echado encima la noche. No voy a culpar al cambio de hora. Ya lo decía al principio, son días raros.

sábado, 6 de octubre de 2018

Kafkiano



Cuando escribí mi última columna para este periódico, me desahogué por la retirada de la grúa y el pago de 200 € que me parecían abusivos. No pensaba volver sobre el asunto. Me limité a agradecer el apoyo de los que simpatizaron con nosotros y me resigné a pagar los otros 200 € de multa de la denuncia que no se podían pagar in situ. El proceso ha sido absurdo e irritante, así que no tengo más remedio que volver sobre el tema. El boletín de denuncia daba dos opciones: acudir a “cualquier banco, Caja de ahorros o Rural de entidades que tengan oficina en Sevilla (si se desea pagar en otro municipio podrá hacerlo en sucursales de dichas entidades)” o bien “con carta de pago expedida por cualquier oficina de Atención al contribuyente de la Agencia tributaria de Sevilla”. Como no vivimos en Sevilla optamos por pagar en una sucursal bancaria. Empezamos el intento en Bankinter, nuestra entidad. Imposible, es un modelo B3 y ellos solo pueden tramitar el B1 o B2. Nos aconsejan probar en un banco “grande”, Santander o la Caixa. Al pasar por el BBVA camino de un banco grande, lo intentamos de nuevo. Cola para acceder a ventanilla donde nos dicen que vayamos al cajero, allí únicamente atienden pagos determinados días del mes. El cajero no reconoce el código de barras. Vuelta a ventanilla para escuchar que no hay nada que hacer. Nos vamos al Santander. Se repite la historia. Cajero, ventanilla. Nada. Hacienda queda cerca, entramos por si fuera posible generar la carta de pago para la opción b. Nos atienden amablemente pero concluyen que es imposible porque la Agencia tributaria (como decía el boletín de denuncia) debe ser la de Sevilla. Cada vez más irritados, vamos a la Caixa. Preguntamos a un empleado que vemos libre. Lo intenta. Concluye que no se puede. Tal vez en caja. Guardamos cola, contenemos la respiración y conseguimos que se reconozca el código. Estoy atónita, no sé si esta situación kafkiana forma parte del castigo por los 15 minutos que nos pasamos de la hora de aparcamiento o solo se trata de cómo la administración se desentiende de los problemas que afectan al ciudadano. No solo es abusivo el montante, también lo es el uso de nuestro tiempo y paciencia. 

sábado, 22 de septiembre de 2018

Abusivo

Si tuviera que gastar un vale regalo de 200 euros en cosas que no necesito, me daría el capricho de comprar una cafetera semiprofesional y regalaría la nuestra porque, aunque el café sale bueno, gotea todo el rato. O iría a comer el menú degustación en  Aponiente de Ángel León para ver qué tal está eso de comer en un restaurante con estrellas Michelín. Otra posibilidad sería comprar billetes de tren para ir un fin de semana a Madrid y dar una sorpresa a los niños, o alquilar dos noches de apartamento en el centro de Málaga y pasar el finde entre copitas y museos. También podría renovar las sillas del jardín sin escatimar el precio y comprar unas fuertes, así podría quemar estas que al final no han resultado buenas y se rompen con mirarlas. Podría sacarme un bono de diez masajes en el fisio para descargarme la espalda una vez al mes durante todo el curso escolar. Si optara por comprar abonos para la temporada teatral de El puerto de Santa María, me sobraría dinero para tomar después unas cañas comentando las obras. Con doscientos euros caídos de sorpresa y quemándome en las manos por gastarlos, podría comprar mucho marisco en el espectacular mercado de Cádiz para demostrarle a mi amiga gallega que aquí también puede disfrutar de muy buen material cuando siente nostalgia. Pero no voy a hacer nada de esto porque no soy persona caprichosa y no lo necesito. Siempre hay otras prioridades en el día a día. Lo voy a enfocar de otra manera: si no tuviera que gastarlos necesariamente en un capricho, doscientos euros me darían para comer todo el mes o comprar ropa y calzado para la temporada, llenar varias veces el depósito de gasolina, pagar la factura de la luz… Lo que quiero decir con todo esto es que a lo mejor, está un poco dimensionado, digo yo, con toda modestia, tener que pagar doscientos eurazos para recuperar el coche que se ha llevado la grúa (multa aparte) en Sevilla por haber tenido un despiste de 15 minutos en un lugar donde ni pasaba nadie ni estorbaba. Una de dos, o alguien vive de espaldas a la realidad y se piensa que en este país la ciudadanía nada en la abundancia o nos están tomando el pelo. ¿Soy la única que ve la cantidad desproporcionada?

lunes, 10 de septiembre de 2018

De comienzos y despedidas

Mi personal manera de compensar los cambios vitales que necesitan un reajuste, que acarrean cierta inquietud, es aplacar la ansiedad con alguna actividad física. El final de las vacaciones, cuando la casa ha estado llena de gente a la que quiero, deja un rastro de sábanas usadas, toallas, cosas fuera de su sitio, bolsas sobrantes de las compras que hicieron, restos en el frigo de lo que compramos para ellos… Todo requiere una intervención urgente para retomar la normalidad. No se trata de limpiar el rastro del que se va, es volver a dejar preparada la habitación y la casa para su vuelta. Esta idea me rondaba por la cabeza cuando el domingo leí un artículo de Almudena Grandes en EL PAÍS, “El verano en mi nevera”, y me sorprendió porque también se detenía en el detalle de las sobras, “reorganizo la nevera, saco, meto, cambio, confino en envases propios los restos de comida desconocida que ya no sé quién ha traído.” Ella las usaba como pretexto para hablar de la generosidad de sus amigas, yo, que ando muy sensible estos días, veo en ellas un eco de las conversaciones y las risas que se van apagando casi al mismo ritmo que la casa se reordena y la nevera vuelve a quedar vacía. No me da pereza este reordenar, tratar los asuntos domésticos me ayuda en la transición. Al tiempo que el frigorífico se adapta a las idas y venidas, trato de amoldarme también a las bienvenidas y despedidas. Ayer fue domingo, último día de mis vacaciones, de las que normalmente me despido sin pereza, pero tuve que ir dos veces a la estación de tren a despedir a los míos y eso me desajustó. No me gusta decir adiós, ni a mi gente ni a las costumbres. Me está doliendo este septiembre de cambios cuando la salida de mis dos hijos camino de la universidad me obliga a enfrentarme a la inevitable idea del temido paso del tiempo, de tantos años ya gastados. Que es un reto, que sí. Que es ley de vida y que me voy a adaptar pronto, que lo sé. Pero que por ahora no paro de limpiar, ordenar y acabar con las sobras de la nevera. ¡Feliz vuelta al cole!

sábado, 25 de agosto de 2018

Notas de verano

Una de las cosas que más me gusta cuando viajo es observar. Calles, fachadas, vida en las plazas, en las aceras, en los mercados.  Pero sobre todo me gusta ver gente, rostros, arreglos, toda clase de ropa, de vidas distintas e imaginadas. Me gusta especialmente en las grandes ciudades, donde cada uno viste como quiere, lleva de la mano a quien quiere, muestra que en la vida real el concepto de “normal” no existe. Durante muchos viajes, siempre que visito Madrid o cualquier otra gran urbe, me sorprende el calzado de las mujeres, especialmente en verano, cuando el calor aprieta, el pie se ensancha y aún así, debe pasar horas sosteniendo el paso, aguantando las necesidades del trabajo, las ganas de turismo o simplemente el ocio. Siempre me ha espantado ver en los pies de otras, sandalias que no abarcan todos los dedos, tiras que se clavan en la carne, tacones demasiado altos para subirse a ellos, plataformas difíciles de arrastrar. Hay una imagen en la peli “Armas de mujer”, en la que el personaje de M. Griffith es una chica de barrio que sale de casa con unas deportivas que cambia por unos tacones de aguja al llegar a su oficina en el centro de N.Y. Creo que ese apego a la comodidad antes de incorporarse al ambiente laboral reglado y exigente es lo que me viene a la cabeza una y otra vez cuando veo por las calles o en el metro a tantas mujeres que inevitablemente deben de llevar dolor de pies. Por eso este verano me ha alegrado comprobar que los dictados de la moda están dando un respiro a las demandas femeninas. Las deportivas se han puesto de moda. Pantalón, minifalda o vestido corto, ahora todo combina con unas zapatillas cómodas. Puede parecer superfluo esto del calzado, pero es absurdo que las mujeres se sometan voluntariamente a modas que les impiden caminar con soltura para satisfacer un fetichismo masculino. Por una vez la moda nos favorece, es también una imposición, por supuesto, pero tal vez podamos agarrarla para que la verdadera revolución femenina llegue también a los pies. La liberación no puede llegar si se tienen grilletes que impiden salir corriendo. Una vez más tenemos en nuestras manos la llave de nuestro cambio.

sábado, 11 de agosto de 2018

Tiempo regalado



Viajar en tren es un regalo para aquellos que no podemos entretener los viajes en coche o autobús leyendo ni fijando la vista en una pantalla porque nos mareamos. Dejando de lado la aureola romántica que durante un tiempo tuvo, sigue siendo un medio que se presta a un encuentro personal y directo con uno mismo y el paisaje. Entrar a un vagón, sentarse al lado de la ventanilla y disponer de unas cuantas horas para uno mismo, ofrece unas posibilidades cada vez menos al alcance de la mano en nuestro mundo de prisas. Me encanta llevar lectura, un cuaderno, y dejarme balancear y seducir por el zumbido suave del tren que avanza. Somos bastantes los que compartimos esta sensación placentera de disponer de un tiempo extra, un paréntesis para dejar que las ideas vuelen con el paisaje o para enfrascarnos en un libro durante horas, como hacíamos en los veranos eternos de la niñez, cuando el tiempo se alargaba y aún estaba de nuestra parte, sin más horarios ni perspectiva de inquietud que la que marcaban los momentos de la comida. Los túneles, la orografía del terreno… se hacen cómplices y ofrecen la coartada de la falta de cobertura permitiendo que el móvil también se adormezca olvidado en el fondo del bolso o sea solo cómplice que aporta una banda sonora bien escogida a estos kilómetros de desconexión. Lástima que esta idea no la comparta todo el mundo y se padezca a veces la intromisión de un viajero sin botón de “pause” que, incapaz de desconectar, gestiona negocios desde su móvil o repasa su agenda yendo de una llamada vacía a otra, usando un tono de voz elevado y molesto como si estuviera solo en la oficina o el salón de su casa. Esta intromisión en mi tiempo regalado me choca y me molesta, pero no es de ellos de quien quería hablar hoy. Además, ya Elvira Lindo les dedicó un estupendo artículo, “El vagón de los raros”. Solo me apetecía reseñar la agradable sensación de dejarse llevar olvidados de direcciones, desvíos, caravanas… horas a salvo del apremio y la impaciencia, un regalo entre el antes y el después del destino del viaje.