sábado, 23 de mayo de 2026

Patios vacíos

 


Vaya por delante que me gusta la fiesta de los patios. Es un vibrante encuentro primaveral, una excusa perfecta para pasear por el centro, encontrar amigos y conocidos, tomar un vino… Suma encanto a la primavera. Pero asoma en estas últimas ediciones el polvo que se esconde bajo la alfombra. Es obvio que la fiesta ha cambiado, ya apenas queda rastro de aquellos primeros patios populares del Barrio Alto.
En este mismo periódico se daba cuenta, en el artículo “Antropólogos entre macetas”, de la recepción en el Palacio de Araníbar a un grupo de miembros de ASANA. En él se señalaba que los “patios no son únicamente arquitectura. Son una forma de organizar la convivencia. Un pequeño ecosistema humano. Allí se habla, se descansa, se discute de política, se comenta el calor, se intercambian recetas, se vigila discretamente la vida ajena y se construye esa red invisible que convierte a un grupo de vecinos en algo parecido a una colectividad.” Tras la recepción, tuvo lugar un recorrido por algunos de estos patios en los que supongo que comprobarían que ese espacio semiprivado de la vecindad, más íntimo que una plaza pública, ahora no cumple su función. Entre otras cosas porque quienes viven allí ya no son vecinos sino turistas esporádicos. Los patios que se muestran últimamente pertenecen a instituciones, negocios o apartamentos turísticos. Magníficos todos ellos, arreglados y restaurados con mucho gusto, pero despiertan el temor de qué pasará con el centro cuando El Puerto pase de moda y estos pequeños apartamentos turísticos acaben vacíos. Ya no quedará ni rastro de la vida vecinal sino que probablemente presente el aspecto desamparado que ya tiene el centro de otras ciudades. Porque si no se viven, si no las habitan vecinos que salen y entran al trabajo, a llevar a sus hijos al cole, a dar un paseo, a comprar el pan o la fruta en la tienda del barrio, las ciudades dejan de ser lugares vivos y se convierten en parques temáticos fantasmales de los que desaparece cualquier esencia. Así que, por mi parte, sí a la fiesta de los patios, pero ojo con no diseñar un plan viable para que la ciudad no muera, que es lo que pasará cuando los vecinos acaben por abandonar el centro.

Paisaje en la retina

No sé vosotros, pero mi retina guarda un paisaje recurrente del que apenas soy consciente hasta que cada año vuelve la primavera y con ella otra vez la luz, los campos revestidos de fiesta y de promesa. En esta ocasión, después de tantas lluvias, la explosión fue aún más espectacular. Cualquier cuneta, cualquier rendija en la acera o la pared, despertaron hierbas de verdes amarillos y flores menudas, altivas y coquetas. Se llenó de vida el campo, recargó las pilas que los días cortos habían ido desgastando, ofrecieron una falsa promesa de eternidad y juventud que volverá a desmentir el calor del verano.

Paseo cerca de casa con nuestra Malta, entro en la duna, en los eucaliptales casi inaccesibles por la euforia de las retamas, margaritas, malvas…. Una competencia por el espacio que cierra el paso con un festival de perfumes. Los hinojos se crecen con una frescura altanera, elegante. No puedo evitar alargar la mano y arrancar su olor. Un perfume vivo que me lleva siempre a la infancia en Jaén, a la familia, los paseos de domingo por el campo, la Peña, el río. El hinojo siempre refrescante con su toque a anís que mi madre se llevaba a la boca para burlar la sed; la búsqueda de espárragos trigueros que entusiasmaba a mi padre; las ensoñaciones infantiles con las amigas deteniéndonos en cada flor; la competencia ilusionada por conseguir el ramillete más hermoso; la decepción al comprobar que hasta las flores encierran un engaño ¡Mira qué bonita! No, esa no la cojas que es un ajoporro, ya verás qué peste te echan las manos.

Periquitos, espigas silvestres que separábamos y volvíamos a montar para hacerlas saltar en la palma de la mano; conejitos de colores que se apretaban en la mandíbula de la flor para abrirles la boca; espiguillas en racimos que se lanzaban al jersey de quien estuviera delante para saber cuántos novios tenía… Nazarenos, amapolas y jaramagos. Pero eso lo aprendí más tarde, de pequeña siempre “jamargos”.

Ahora que el mundo silvestre empieza de nuevo a secarse, el paisaje de mi retina es una temprana primavera de hierbas altas entre amapolas y jamargos, juegos sin fin con mis hermanos, custodiados por la sólida sombra de los olivos centenarios.