Vaya por delante que me gusta la fiesta de los patios. Es un vibrante encuentro primaveral, una excusa perfecta para pasear por el centro, encontrar amigos y conocidos, tomar un vino… Suma encanto a la primavera. Pero asoma en estas últimas ediciones el polvo que se esconde bajo la alfombra. Es obvio que la fiesta ha cambiado, ya apenas queda rastro de aquellos primeros patios populares del Barrio Alto.
En este mismo periódico se daba cuenta, en el artículo “Antropólogos entre macetas”, de la recepción en el Palacio de Araníbar a un grupo de miembros de ASANA. En él se señalaba que los “patios no son únicamente arquitectura. Son una forma de organizar la convivencia. Un pequeño ecosistema humano. Allí se habla, se descansa, se discute de política, se comenta el calor, se intercambian recetas, se vigila discretamente la vida ajena y se construye esa red invisible que convierte a un grupo de vecinos en algo parecido a una colectividad.” Tras la recepción, tuvo lugar un recorrido por algunos de estos patios en los que supongo que comprobarían que ese espacio semiprivado de la vecindad, más íntimo que una plaza pública, ahora no cumple su función. Entre otras cosas porque quienes viven allí ya no son vecinos sino turistas esporádicos. Los patios que se muestran últimamente pertenecen a instituciones, negocios o apartamentos turísticos. Magníficos todos ellos, arreglados y restaurados con mucho gusto, pero despiertan el temor de qué pasará con el centro cuando El Puerto pase de moda y estos pequeños apartamentos turísticos acaben vacíos. Ya no quedará ni rastro de la vida vecinal sino que probablemente presente el aspecto desamparado que ya tiene el centro de otras ciudades. Porque si no se viven, si no las habitan vecinos que salen y entran al trabajo, a llevar a sus hijos al cole, a dar un paseo, a comprar el pan o la fruta en la tienda del barrio, las ciudades dejan de ser lugares vivos y se convierten en parques temáticos fantasmales de los que desaparece cualquier esencia. Así que, por mi parte, sí a la fiesta de los patios, pero ojo con no diseñar un plan viable para que la ciudad no muera, que es lo que pasará cuando los vecinos acaben por abandonar el centro.

