No sé vosotros, pero mi retina guarda un paisaje
recurrente del que apenas soy consciente hasta que cada año vuelve la primavera
y con ella otra vez la luz, los campos revestidos de fiesta y de promesa. En esta
ocasión, después de tantas lluvias, la explosión fue aún más espectacular.
Cualquier cuneta, cualquier rendija en la acera o la pared, despertaron hierbas
de verdes amarillos y flores menudas, altivas y coquetas. Se llenó de vida el
campo, recargó las pilas que los días cortos habían ido desgastando, ofrecieron
una falsa promesa de eternidad y juventud que volverá a desmentir el calor del
verano.
Paseo cerca de casa con nuestra Malta, entro en la
duna, en los eucaliptales casi inaccesibles por la euforia de las retamas,
margaritas, malvas…. Una competencia por el espacio que cierra el paso con un
festival de perfumes. Los hinojos se crecen con una frescura altanera,
elegante. No puedo evitar alargar la mano y arrancar su olor. Un perfume vivo
que me lleva siempre a la infancia en Jaén, a la familia, los paseos de domingo
por el campo, la Peña, el río. El hinojo siempre refrescante con su toque a
anís que mi madre se llevaba a la boca para burlar la sed; la búsqueda de
espárragos trigueros que entusiasmaba a mi padre; las ensoñaciones infantiles
con las amigas deteniéndonos en cada flor; la competencia ilusionada por
conseguir el ramillete más hermoso; la decepción al comprobar que hasta las
flores encierran un engaño ¡Mira qué bonita!
No, esa no la cojas que es un ajoporro, ya verás qué peste te echan las manos.
Periquitos, espigas silvestres que separábamos y
volvíamos a montar para hacerlas saltar en la palma de la mano; conejitos de
colores que se apretaban en la mandíbula de la flor para abrirles la boca;
espiguillas en racimos que se lanzaban al jersey de quien estuviera delante
para saber cuántos novios tenía… Nazarenos, amapolas y jaramagos. Pero eso lo
aprendí más tarde, de pequeña siempre “jamargos”.
Ahora que el mundo silvestre empieza de nuevo a
secarse, el paisaje de mi retina es una temprana primavera de hierbas altas
entre amapolas y jamargos, juegos sin
fin con mis hermanos, custodiados por la sólida sombra de los olivos
centenarios.

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