sábado, 17 de octubre de 2026

Reliquias ajadas

Reliquias ajadas

Nos pasó con el Vaporcito. Le teníamos tanto cariño que, como ya no fue posible mantenerlo a flote, quisimos ofrecerle un lugar visible en tierra firme desde donde saludarlo al pasar. La complejidad administrativa del entramado de competencias en juego, la falta de financiación y la exposición a las inclemencias meteorológicas hicieron que los diferentes proyectos se fueran haciendo cada vez menos viables hasta acabar con el Vaporcito reducido a escombros y relegado a un polígono industrial. El Paseo fluvial del Guadalete ha quedado estupendo, quizás un poco escaso de arbolado, pero se hace visible la ausencia del símbolo colectivo que representaba el barco.

La réplica de la carabela La Niña tiene también una ubicación visible en la Glorieta de las Américas. No fue una réplica más, fue el trabajo de un equipo de artesanos y estudiantes de la Escuela de Náutica bajo la iniciativa del profesor Luis Miguel Coín siguiendo con exactitud las técnicas y características del siglo XV. Se construyó en Barbate basándose en dibujos de marineros de El Puerto, párrafos de documentos escritos y grabados de la época y la observación de las fórmulas tradicionales de construcción de embarcaciones. En 2015, esta nave fue completamente restaurada en su aspecto exterior, pero ahora, once años más tarde, luce un aspecto tan ajado que hasta el nombre de la Glorieta le viene grande.

Sé lo difícil que resulta el mantenimiento de una ciudad, pasa también en nuestras viviendas particulares, que no todo se puede tener siempre a punto. De vez en cuando hay que revisar un tejado, dar una mano de pintura, arreglar una cañería o la fachada. El Puerto de Santa María lleva el mar en su propio nombre, no estaría de más que lo mantuviera también en algunos de estos vestigios del pasado. Cuidar sus símbolos, tradición y cultura hace que el portuense pueda seguir presumiendo de la ciudad de los “cien palacios”, que ya sé que es exagerado y nunca los tuvo, es verdad, pero como mantra quizás ayude a mantener lo que es tan frágil que corre el peligro de venirse abajo. 

 

Descarte

 

Cualquier decisión implica un rechazo. Desde lo más tonto, elegir un pantalón o un modelo de gafas, a lo más trascendente. Cada elección conlleva dejar de lado lo que podríamos haber hecho nuestro. Ahora que ha acabado el verano (al menos el meteorológico) mucha gente aprovecha para elegir qué tipo de ejercicio hacer, qué extraescolar añadir a su tiempo libre o al de sus hijos. No es tan banal. Nos pasamos la vida eligiendo, construimos así nuestra identidad, con elecciones más o menos importantes que acabarán conformando quiénes somos y cómo nos va. En “La insoportable levedad del ser”, escribe Kundera que “No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las elecciones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo”. Pero la duda de lo que queda atrás, persiste a veces como una sombra. Pude no haber dejado tan pronto el instituto; quizás no debí escoger esta carrera universitaria solo pensando en las salidas; tal vez no elegí a la persona adecuada para compartir mi vida o no debí dar la razón a esta amiga frente a aquella otra cuando discutieron.

Esta semana he hablado con varias personas que tratan de reconducir sus días construidos hasta ahora en base a un descarte que no funcionó. Tienen en común que son bastante jóvenes y que han decidido no prolongar las consecuencias de una decisión que ahora creen equivocada. Una médico que dejó el ejercicio de la medicina para dar charlas formativas; un artista que ya no soporta ser administrativo; un atleta que renuncia a la estabilidad que le da su trabajo de vigilante de seguridad; un ingeniero que solo disfruta cuando toca la batería.

Entre los jubilados, conscientes de que queda menos, observo  con qué cuidado se elige a qué dedicar el recién estrenado tiempo libre. Es importante agarrarse a la última oportunidad de hacer lo que hasta ahora no se había considerado lo bastante importante como para dedicarle una vida. Pero quizás lo mío era cantar, bailar, escribir, pintar… Porque en nuestras vidas utilitarias, hay que tener mucha seguridad y valentía para tomar el arte como la primera opción.

Bucle

Septiembre coquetea con ser fin y principio de ciclo. La vuelta al cole, trabajos, gimnasios, planes pendientes, dietas… Nostalgia de horarios alargados, responsabilidades en suspenso, ropa informal, tareas relajadas… Me gusta su luz. Sombras más estiradas, mareas más bajas. Al descubierto, un fondo marino inaccesible el resto del año. Naturaleza que, aliviada con temperaturas más bajas durante la noche, exhibe unos verdes brillantes antes de los amarillos, ocres y rojos otoñales. Las calles se reordenan, marcan otros pasos, otros hábitos. Retomo mi trayecto en tren para acudir a clases de acuarela. También la estación se viste de septiembre. En el reencuentro, la escalera mecánica sigue destripada, muestra la desnudez de sus interiores entre cajitas de cartón que esperan contener el remedio definitivo. En los andenes, el ascensor que no funciona atiende a una señora que señala, pregunta, ordena al mecánico que la escucha con paciencia. Lo miran desde el exterior, quizás esperando de él una respuesta. El personal de limpieza ejecuta su tarea como siempre: vacía las papeleras; quita polvo a bancos, cartelería, tablones de avisos; raspa chicles del suelo. Pienso cómo será hacer lo mismo cada día de cada año y tengo la tentación de recordar a Sísifo condenado al sinsentido de subir una y otra vez la roca de su castigo. Hasta que me viene a la memoria “Perfect days”, la película de Win Wenders que muestra la entrega y dignidad de un limpiador de baños públicos en Tokyo. Llega el cercanías lleno de estudiantes que se aburrirán en pocas semanas. Se saludan con gusto, a veces con timidez, se vuelve a escuchar “en plan, en plan, en plan” en los retazos de conversaciones. Todavía se aventura algún turista blanquito y rezagado. Un señor se alivia sin pudor con el solo gesto de volverse hacia la otra vía en un andén abarrotado.

Me vienen unos versos de Ángel González: “El otoño se acerca con muy poco ruido:/ apagadas cigarras, unos grillos apenas,/ defienden el reducto/ de un verano obstinado en perpetuarse (…) Se diría que aquí no pasa nada, /pero un silencio súbito ilumina el prodigio:/ ha pasado/ un ángel/que se llamaba luz, o fuego, o vida./ Y lo perdimos para siempre”.

 

Anteojeras en el paraíso

 

Nunca he deseado tanto la lluvia como este verano cuando cruzamos la península en diagonal. Las carreteras entre Madrid y Girona atravesaban cientos de kilómetros de amarillo pajizo; los carteles luminosos advertían del peligro extremo de incendio; las noticias daban cuenta de los 55 incendios activos. Ya se había extinguido el más letal del verano, el de Los Gallardos en Almería. En el Pirineo, rodeada de verde y con tormentas vespertinas que mojaban el suelo cada tarde, conseguí tranquilizarme a pesar de que durante el día era difícil enfrentar una ruta que no tuviera cerca un río para refrescarse. La vuelta a Cádiz la hicimos por Levante, de nuevo un sol castigador y unas temperaturas extremas que en esta ocasión se confabulaban con un tráfico intenso de camiones para conseguir un ambiente casi irrespirable. En la radio se actualizaba la situación de los 38 incendios activos. La última semana de agosto las temperaturas han dado un respiro, los sistemas de monitorización registran “solo” 13 incendios forestales, pero los termómetros amenazan de nuevo con subidas implacables. Se estima que en Europa el calor extremo de este verano ha provocado unas 35.000 muertes. A esto se suma una grave sequía que hace que los ríos presenten niveles de agua históricamente muy bajos. Como aparente contraste, las tormentas de verano han arrojado trombas de agua, viento y granizo nunca vistas hasta ahora.

Estábamos advertidos. Los científicos llevaban años hablando del cambio climático y sus consecuencias pero, como en el cuento de Pedro y el lobo, nadie los oyó. Mucho mejor mirar hacia otro lado, comprar un aparato de aire acondicionado y seguir como si nada estuviera cambiando a nuestro alrededor. Total, ¿qué puedo hacer yo? Y así, sin exigencias a los gobernantes ni cambios en un estilo de vida que a cada paso contribuye al calentamiento global, vamos hacia delante con unas anteojeras de comodidad que nos impiden reaccionar para tratar de mitigar el problema. No solo es una estupidez sino también una irresponsabilidad con las generaciones que heredarán el planeta. Teníamos el paraíso y dejamos que se secara.

Simpleza o simplicidad


¡Qué torpes resultan los medios de comunicación con esa manera tan unánime de cubrir la actualidad! No hablo de política. Obviamente ahí el sesgo de cada uno maquilla a su gusto los acontecimientos. Me refiero a esas modas informativas en las que nos castigan con olas de calor o Papa, o Mundial a todas horas hasta que llega la siguiente avalancha... El empacho es brutal y, encima, reafirma la sensación de temporalidad. Lo que digas, veas, escuches hoy, será olvidado mañana. Esta memoria de pez es la que tanto se aprovecha en política, por cierto, donde se juega a menudo con aquello de “donde dije digo, digo Diego”. Pero estaba ahora pensando más bien en el estreno de la selección española en este mundial. Un periódico deportivo apuntó que la IA daba a España como favorito. Los comentaristas del primer partido no dejaban de insistir en que había que tener paciencia y, sin embargo, tras el empate, se ha abierto como siempre la veda para las críticas: “pobres notas, decepcionante estreno, España se estrella…” En Argentina, el debate sobre si Messi debería o no ir a la selección por la edad se dio la vuelta en cuanto  el futbolista debutó con 3 goles (me niego a hablar de “histórico hat-trick” como dicen por ahí). No sé cómo harán los grandes deportistas para mantener la cabeza serena ante las críticas desaforadas y los insultos. Bueno, si lo sé, me consta que, aunque intenten abstraerse de ellos, cada vez más se reconoce la necesidad de asistencia profesional para salir de los baches que provoca la sobreexposición. Y es que es difícil mantener la calma cuando la grada grita enfervorecida ante la entrada al campo de Yamal con solo 18 años o cuando se le critica en las redes por considerar que está “demasiado crecido”. Me resulta excesiva, basta y simplista esta forma de enfocar la actualidad, los trazos son demasiado gruesos como para que se pueda comprender nada. Pero son facilonas, cómodas,  mueven masas. Los héroes de ahora lo son mientras las redes no les den la espalda por un malentendido, una ligereza… Hasta que se olvida, claro, y con suerte vuelven a resurgir en la próxima jugada. O no.

sábado, 6 de junio de 2026

Cosas que no sé a dónde van


Un señor en el tren dormita con la montura de las gafas hacia abajo. Pienso tontamente si es la forma correcta de desconectar, dar la vuelta a las gafas para que no entre la realidad ni con los ojos cerrados.

Ya lo decía Shakespeare en su soneto 43: “Cuando cierro mis ojos es cuando mejor veo./ Todo el día mirando cosas sin ningún mérito.” O puede ser un ejercicio viral, como sacar 40 segundos la lengua para bajar el cortisol, la hormona del estrés. Tampoco sé qué pensar de los trabajos en las estaciones de El Puerto de Santa María y Puerto Real. En 8 meses tomando el cercanías cada semana, no he dejado de ver las escaleras mecánicas destripadas, a veces con mecánicos trabajando en ellas. Ayer mismo, había uno con un enorme ¿tornillo? en la mano mientras consultaba instrucciones en papel, como si montara un mueble de Ikea. Igualmente confieso mi incapacidad para entender el vestuario de las camareras en una reciente boda en Jerez. Llevaban sayos a media perna, gris claro, sin formas, apenas ceñidos por un delantal blanco y con una felpa a modo de cofia. Las uniformaba en la fealdad, como si alguien hubiese decidido quitarles la feminidad para volverlas invisibles. Ellos no se quedaban muy atrás con sus amplias chaquetillas años 40 de cuello de tirilla en verde botella, botones dorados… Y, por si faltara algo, las omnipresentes  “wedding planners” vestían unos vestidos marrones que recordaban a los hábitos de la Virgen del Carmen usados como promesa.

En fin, que estoy desconcertada y, quizás, un poco conspiranoica, pero el atuendo del personal de la boda me recordaba, como una broma de mal gusto, la separación de clases y el ejercicio de poder de “El cuento de la criada”; las interminables reparaciones en las escaleras mecánicas me hacen pensar en la maniobra de Penélope en su telar, que tejía y destejía para no tener que elegir pretendiente… No sé si hay un plan para eternizar las reparaciones y así perpetuar la idea de que se trabaja para mejorar la vida del contribuyente… Tampoco sé si debo empezar a dormir con las gafas del revés y la lengua fuera.







sábado, 23 de mayo de 2026

Patios vacíos

 


Vaya por delante que me gusta la fiesta de los patios. Es un vibrante encuentro primaveral, una excusa perfecta para pasear por el centro, encontrar amigos y conocidos, tomar un vino… Suma encanto a la primavera. Pero asoma en estas últimas ediciones el polvo que se esconde bajo la alfombra. Es obvio que la fiesta ha cambiado, ya apenas queda rastro de aquellos primeros patios populares del Barrio Alto.
En este mismo periódico se daba cuenta, en el artículo “Antropólogos entre macetas”, de la recepción en el Palacio de Araníbar a un grupo de miembros de ASANA. En él se señalaba que los “patios no son únicamente arquitectura. Son una forma de organizar la convivencia. Un pequeño ecosistema humano. Allí se habla, se descansa, se discute de política, se comenta el calor, se intercambian recetas, se vigila discretamente la vida ajena y se construye esa red invisible que convierte a un grupo de vecinos en algo parecido a una colectividad.” Tras la recepción, tuvo lugar un recorrido por algunos de estos patios en los que supongo que comprobarían que ese espacio semiprivado de la vecindad, más íntimo que una plaza pública, ahora no cumple su función. Entre otras cosas porque quienes viven allí ya no son vecinos sino turistas esporádicos. Los patios que se muestran últimamente pertenecen a instituciones, negocios o apartamentos turísticos. Magníficos todos ellos, arreglados y restaurados con mucho gusto, pero despiertan el temor de qué pasará con el centro cuando El Puerto pase de moda y estos pequeños apartamentos turísticos acaben vacíos. Ya no quedará ni rastro de la vida vecinal sino que probablemente presente el aspecto desamparado que ya tiene el centro de otras ciudades. Porque si no se viven, si no las habitan vecinos que salen y entran al trabajo, a llevar a sus hijos al cole, a dar un paseo, a comprar el pan o la fruta en la tienda del barrio, las ciudades dejan de ser lugares vivos y se convierten en parques temáticos fantasmales de los que desaparece cualquier esencia. Así que, por mi parte, sí a la fiesta de los patios, pero ojo con no diseñar un plan viable para que la ciudad no muera, que es lo que pasará cuando los vecinos acaben por abandonar el centro.