miércoles, 28 de enero de 2026

Máscara

 

Me he cruzado por la calle con un antiguo alumno, aún en secundaria, bajito para su edad, lejos todavía del estirón. Me sorprendió verlo entre sus familiares tomando un helado. Parecía mucho más infantil de lo que lo recuerdo en clase, chispeante, rápido, divertido, líder indiscutible, muy lejos de este chico que ajustaba el paso al de su padre. No era el mismo. Pero supongo que nos pasa a todos, seres adaptativos con múltiples facetas. A veces pensamos que solo los actores tienen la oportunidad de vivir múltiples vidas. Nos sorprende incluso descubrir que fuera de las tablas se desenvuelve con timidez quien es capaz de actuar de forma vociferante, agresiva e incluso grosera. Todos somos actores y actrices de nuestras vidas, aunque no siempre seamos conscientes. En clase, en el trabajo, somos otros. El calladito en clase para no llamar la atención puede saltar a los brazos de su profesora como un niño pequeño si se la cruza en vacaciones. Y está claro que la profesora dura, exigente y disciplinada puede ser muy divertida en la sala de profesores o cuando va de copas con sus amigos. Confieso haberme sorprendido cuando en alguna ocasión me he dado cuenta de que la jefa desagradable y antipática de la que me hablaban era la misma persona encantadora que conocía a través de otros amigos. Todos hacemos teatro de forma consciente o no. Es supervivencia. Nos adaptamos a diferentes situaciones usando diferentes herramientas. Los griegos lo sabían muy bien, recordemos que la propia palabra “persona” significaba “máscara del actor”. Trabajo, familia, amigos, extraescolares… son oportunidades para ofrecer facetas distintas de nuestro yo. No es falsedad o hipocresía, es más bien, inteligencia emocional o cintura. Es incluso un derecho, una puerta abierta a la libertad. La rigidez compacta de carácter y de pensamiento me asusta. Debe de resultar agotadora. Y bastante insoportable, por cierto. 

Cambiar

Esta mañana hablaba con una conocida de unos amigos comunes que son muy distintos política e ideológicamente pero que se llevan muy bien. Ella sintetizaba el tema diciendo: “Sí, pero se quieren y se respetan. Eso es lo importante, aceptar y respetar la diversidad”. ¡Qué simple y qué difícil! Cuántos de los problemas actuales se arreglarían con solo poner en práctica esta fórmula cargada de sentido común. Me gustó tanto que pensé que me lo pediría en el brindis de Año Nuevo, después de la salud y la paz, claro. No es que yo crea realmente que el cambio de año nos vaya a hacer mejores, pero estoy cansada de escuchar como un ritual los pronósticos, casi siempre agoreros, para el año que entra.

 A mí lo que me gustaría en realidad es que dejáramos de quejarnos de lo mal que va todo y empezáramos a ocuparnos de que las cosas funcionaran mejor. No nos sirve la previsión de cuánto va a subir la vivienda este año, por ejemplo, si no exigimos a nuestra clase política que se tome en serio la cuestión y se ponga a regularla. Ni los estudios que detectan que las nuevas generaciones son ya cada vez más inquietas y dispersas por tener desde la cuna un móvil en la mano. Lo que habrá que hacer es conciliar los trabajos y mentalizar a las familias para que ocupen el tiempo que ahora no tienen en prestar atención de calidad a sus hijos e hijas, que dialoguen y jueguen con ellos. Ni nos sirve quejarnos de las terribles consecuencias del cambio climático si no estamos dispuestos a modificar nada nuestra forma de vida para no seguir deteriorando el planeta. También estoy ya harta de escuchar lo difícil que es para la juventud hoy día conseguir un empleo con un sueldo digno mientras nos vanagloriamos de lo barato y rápido que nos ha llegado un pedido que hemos hecho a China o al restaurante de la esquina porque lo único que hacemos es fomentar así millones de desplazamientos individuales y de empleos basura. En definitiva, que creo que nos quejamos demasiado, pero nos comportamos como seres caprichosos que no quieren ser molestados, que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Que no nos damos cuenta de que para conseguir realmente un cambio hay que arrimar el hombro. 


 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Ingenuidad


 Ingenuidad

He tenido últimamente varios momentos de perplejidad al toparme con hombres que han sentido la necesidad imperiosa de evacuar y lo han hecho en la calle a plena luz del día, buscando apenas el parapeto de un cubo de basura o un matorral. Pero este martes me resultó más chocante de lo habitual que delante de un instituto, sobre las 2 de la tarde, un adulto con andares un poco extraños simplemente se parara, se bajara los pantalones hasta los tobillos de espaldas a la acera y se agachara sin más a hacer lo suyo. No estaría escribiendo esto si el hecho hubiera quedado ahí, pero apenas unos minutos más tarde este señor me adelantó mientras esperaba a que el semáforo cambiara para cruzar la calle y, sin mirar ni aguardar el momento adecuado, simplemente atravesó la carretera. Hubo suerte, inmediatamente el tráfico denso de la hora punta se detuvo sin que llegara a pasar nada, ni siquiera un roce. Nadie protestó, no hubo pitadas ni protestas por parte de los conductores, ni disculpas o gesto de agradecimiento por parte del peatón. Probablemente su chándal demasiado  ligero para un día tan frío y el barrio al que se dirigía fueron suficientes para que entendiéramos que no cabía esperar otra cosa. Nos hemos acostumbrado a esta convivencia tácita, tratamos la marginalidad como si formara parte irremediable de nuestro entorno.

Pero no se me va de la cabeza. Estos días fríos y lluviosos previos a las fiestas navideñas con sus excesos, compras, lotería, luces y adornos, viajes... evidencian más que nunca lo desigual e injusto de nuestra sociedad, una forma de vida en estratos que se cruzan en un semáforo, en un andén. Apenas nos asombramos de que alguien se juegue la vida a cada paso, como si la drogadicción, la mala suerte, los errores… fueran suficientes para justificar la exclusión. Cada desgraciado culpable de su desgracia, cada enfermo de su enfermedad, cada loco de su locura, cada pobre de su pobreza. Como si fueran contingencias  que no estuvieran al alcance de cualquiera. Como si para salir premiado en esta lotería de circunstancias  adversas también fuera necesario comprar billete. ¡Qué ingenuidad!

Hacer y deshacer

 


Cuando termino un puzle, lo deshago. Antes me detengo a admirarlo completo unas horas, a veces unos días; paso la mano por la superficie lisa de piezas entrelazadas y luego busco bolsitas o cajas planas y pequeñas para ahorrarme, cuando decida montarlo de nuevo, el aburrido proceso de separación por colores. Ni me planteo pegarlo para exhibirlo más tarde como un trofeo. No me sirve mantenerlo unido, solo degusto el placer de la reconstrucción, de la búsqueda atenta de la pieza correcta. El proceso de guardar me resulta tedioso, desabrocho las piezas con cuidado para que no se rompan, pero no hay nada ilusionante en eso, como no lo hay en guardar la ropa tras una fiesta o los adornos de Navidad una vez pasados Reyes. Desmontar lo que se puso en pie con tanta ilusión deja un vacío feo, casi se palpa la desilusión del tempus fugit del arte barroco, que juntaba cuna y sepultura o pintaba una calavera al lado de los atributos del triunfo terrenal. Lo pienso ahora en este puente, normalmente antesala de las fiestas, cuando las familias montaban el Belén, empezaban a comprar los regalos y esperaban que, con suerte, se encendieran las luces en las calles. Ya no es así. Ahora la presión de las campañas publicitarias ha unido los Santos/Halloween con la Navidad y ha habido competencia en escaparates y tiendas entre los productos temáticos que se empujaban con prisa en las estanterías. Los Ayuntamientos se han sumado al adelanto compitiendo por quién tiene más luces y las enciende antes. Así que, llegadas estas fechas, ya hay un cierto empacho que le quita gracia al asunto. Bastante rápido pasa de por sí el tiempo como para acelerarlo en una vorágine por saltar a la siguiente casilla, juego de la oca en el que en realidad lo menos divertido es llegar a la casilla final.

En cualquier caso, monten o no el Belén, hagan o no un puzle y sufran o no al guardar la ropa tras una fiesta, permítanse el gusto de recoger despacio mientras impregnan lo que guardan con el gozo de haberlo vivido y la esperanza de repetirlo como si fuera nuevo. Gozar, como decía Góngora, antes de que se vuelva tierra, humo, sombra, nada.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Sueños

 Destila paz y buen rollo. Es un centro abierto, sin vallas que separen la vista de los pinares de la Sierra de San Cristóbal. Se oye a lo lejos el ruido de las gallinas, nada de tráfico molesto con pitadas y acelerones a destiempo. Entrar al CEIP Castillo de Doña Blanca entre macetas cuidadas con mimo es sentirse acogida aún antes de conocer a su dinámica y comprometida directora y a un profesorado y alumnado encantador. Este centro, Comunidad de Aprendizaje, integra visitas de familia y voluntariado que participan en sus tertulias. Lo vi en su preciosa revista Sueños, que ya gesta la 8ª edición, en la que aparecen mujeres científicas, profesoras universitarias, investigadoras, veterinarias, arqueólogas y voluntarias de todo tipo, además de trabajos y proyectos como cuarteto de carnaval, flamenco, huerto... Todas las oportunidades se cogen al vuelo para estimular. Pero no solo se trata de traer gente para charlar. Previamente se investiga sobre los personajes, se contextualiza, se trabajan las temáticas, se preparan las entrevistas. El curso pasado incluso recibieron a Helena Wehner y Bárbara Steiniger, las científicas que volaron miles de kms en dos ultraligeros para acompañar a los ibis eremitas camino de Cádiz. El acercamiento a los temas parte de un juego o acaba en un mural creativo, un precioso fondo marino, una mesa de experimentación activa y sensorial, árboles para la paz… Las aulas, amplias, están llenas de color, son espacios cómodos para charlar y trabajar. Por todos sitios aparecen los trabajos creativos del alumnado tras los que se adivinan unas profesoras inquietas y comprometidas que estimulan y guían, que interpretan el mundo para ellos, que tratan de crear un entorno seguro y que intentan levantarles la autoestima convenciéndolos de que son personas maravillosas en construcción, con distintas singularidades y fortalezas. Yo pasé una mañana deliciosa siendo la protagonista de uno de los encuentros. Cuánto sabía este grupo de 5º y 6º de Primaria, con qué cariño me acogieron para tratar de mis columnas. Quedé en hablar de ellos en la próxima y aquí está mi agradecimiento público por la preciosa mañana que viví en el CEIP Castillo de Doña Blanca.

jueves, 13 de noviembre de 2025

En El Puerto solo las enredaderas juegan al otoño. La parra virgen con sus rojos y ocres, colores que me obsesionan. Es su rebeldía antes de claudicar al invierno, aunque la mía lleva unos años que pasa casi directamente de los verdes al marrón hoja seca. Será el calor, que cada vez se queda más tiempo. Por eso me gusta hacer alguna escapada a los castañales del Valle del Genal en Málaga o a Las Alpujarras granadinas. Este año hemos podido conocer la sierra madrileña, todo un descubrimiento de sendas, arroyuelos, verdes, amarillos… Resulta increíble tanta paz tan cerca de Madrid. Rutas sin nadie, niebla mágica de cuento entre árboles altos y esbeltos, pueblos con sorpresas como Buitrago con su museo Picasso, lagunas de origen glacial a 2000 metros de altura asequibles con poco esfuerzo, gastronomía gustosa… Como contrapunto, la gran ciudad con sus museos, conciertos, exposiciones, ofertas atractivas de ocio, pero también manifestaciones, protestas, aglomeraciones, atascos, ruido… No me acostumbro a la indiferencia con la que se pasa junto a los sin techo, cubiertos de mantas y cartones, dormitando a cualquier hora del día o de la noche; a tanta gente rebuscando en los cubos de basura para encontrar cualquier resto útil que comer o vender; a las constantes sirenas de policía y ambulancias; a solitarios con trastornos que vocean sus demonios a quien no los quiere oír. Nada nuevo, por cierto, ni ajeno. También por aquí enfrentamos los mismos males a menor escala. Reconozco el mal común en las calles y en los versos de Raúl Castañeda, un joven y prometedor poeta social madrileño, encantador, a quien acabo de descubrir con asombro: “Los chicos de mi barrio pasean por las calles/ buscando inspiración (que no es más/ que un sentido a este día a día), rumbo a una piedra digna de sus tropiezos./ Ambicionan la felicidad y se enganchan a todo/ lo que les escuece.” La lucidez con la que retrata nuestro tiempo es uno de los tesoros que me traigo de la escapada. Dice Raúl que “los jefes aprietan las tuercas/ porque las suyas sudan de ansiedad medicada./ Siempre hay alguien más arriba/ empujando prisas y exigiendo un resultado/ en menos tiempo”. Contrastes, poesía, esperanza.

 


Leo que Walmart (corporación internacional estadounidense de grandes almacenes e hipermercados) y Chat GPT han llegado a un acuerdo para que no tengamos que preocuparnos de la compra. El cliente entrega sus datos y deposita su confianza en la eficiencia de la IA que se encargará de los pedidos y transacciones. Amazon, Google y Alibaba ya trabajan en sistemas similares. Bastará con decir “hazme la compra de este mes” o “necesito lo necesario para tres desayunos”. Por ahora parece que los alimentos frescos y perecederos quedan fuera por problemas de logística, pero los supermercados tal y como se conocen desaparecerán. La IA analizará los hábitos de la clientela para hacer recomendaciones adaptadas a su historial, gastos, presupuesto y contexto. La posible ventaja de este sistema es conseguir una mayor eficiencia cognitiva porque simplifica la toma de decisiones. Y esto es lo que me preocupa. Ya no es que renunciemos a elegir qué comprar y comer esta semana, sino que esa “eficiencia cognitiva” que simplifica la toma de decisiones actuará por nosotros.
Sin querer, lo he relacionado con la noticia de que el aumento del coeficiente intelectual que tuvo lugar durante el siglo XX podría haber tocado fondo, es decir, que se constata una pérdida de capacidades clásicas como memoria, atención y razonamiento abstracto (que es justo lo que requiere la sociedad moderna). La Real Academia Nacional de Medicina de España afirma que “el uso excesivo de la inteligencia artificial debilita nuestra memoria y reduce la capacidad para pensar críticamente y resolver problemas de manera independiente”. Quiero aclarar que no es que yo piense que dejar de hacer la compra nos hará más tontos, sé que para mucha gente será una liberación. Lo que me alarma es la delegación en la toma de decisiones, la pérdida del pensamiento crítico, la resolución de problemas, el procesamiento de la información. En el mundo académico ya se notan las consecuencias.

Y luego está, claro, la interdependencia. Cae un grande tecnológico en Virginia y provoca un fallo mundial en servicios y aplicaciones en internet. A lo mejor poner todos los huevos en la misma cesta, no nos está beneficiando como creemos ¿no?