sábado, 4 de abril de 2020

Desengaños


“Hay veces que con la esperanza/ no me alcanza” escribía Gloria Fuertes. Y, sin embargo, trato ahora de alargarla hasta el punto en que cualquier elemento pierde su elasticidad. Porque me tiene que alcanzar, nos tiene que alcanzar. He establecido unas rutinas básicas para conseguirlo y sobrellevar bien esta suspensión de casi todo y la primera ha sido la dosificación de información (veo las noticias desayunando, escucho un rato la radio y me conecto para ver la evolución de la pandemia a media mañana), he puesto límites muy estrechos a las redes sociales (no abro casi ningún vídeo, apenas leo explicaciones creativas sobre qué ha pasado, qué se pudo haber hecho, qué pasará), pongo en entredicho casi todo y he establecido barreras muy férreas frente al miedo.
Como todos, he sufrido una evolución. Ahora sé que pasar este encierro, teniendo en casa a mi familia más directa, es fácil. No hay tiempo para el tedio, siempre surge algo que hacer. Atender clases on line, cocinar, ordenar, hacer ejercicio, leer, coser, acabar manualidades olvidadas, charlar… Pero cometí un error: cuando reflexionaba al principio sobre la ralentización del país y sus graves consecuencias, no caí en que las redes sociales no cierran, no supe prever que la falta de solidaridad, el miedo, el oportunismo, el catastrofismo, la insensatez, la estupidez en sus diferentes manifestaciones encontrarían la rendija por la que filtrarse. Este ha sido mi triste descubrimiento, que frente a la solidaridad y creatividad de los primeros días, frente al reencuentro personal y la reflexión, la oportunidad ante un tiempo extra, se ha revelado esta otra forma de ocuparlo también creativa aunque mucho más perniciosa, que abarca desde la picaresca típicamente latina (fraudes, engaños, maneras de burlar la ley…) a la pasividad morbosa de no hacer otra cosa que asomarse a las redes sociales para perder el tiempo o malmeter. Y todo esto me ha hecho replegarme. Trato de no pensar, de quedarme en un plano suspendido desde el que intento seguir flotando. No me permito ser más feliz porque empatizo con los que sufren. No me dejo caer en la desesperanza porque temo perder del todo la escalera de subida.

sábado, 21 de marzo de 2020

Esperanza


Es muy difícil escribir una columna estos días cuando el mundo anda en suspenso más allá del monotema que nos ocupa y preocupa al mismo tiempo. Me parece que, en solo una semana de encierro, ya se ha dicho todo, nos hemos reído de todo, hemos probado todos los enfoques posibles. Poco más puedo aportar, más allá de compartir esta extraña situación que, sin embargo, cambia cada día.
Durante el fin de semana llegué a pensar que, si conseguíamos mantenernos a salvo, quizás era una oportunidad este tiempo detenido, en familia, devanando poco a poco, sin prisa, la madeja de cosas por hacer. Cierto que me siento una privilegiada, consciente de que no todo el mundo tiene un trocito de jardín al que asomarse ni una familia en paz y concordia con la que disfrutar el día a día, pero aún con todo eso, hay que poder equilibrar la entrada de noticias y, con ellas el miedo, con la calma y el retiro doméstico. Si no estuviéramos en los tiempos de internet sería otra cosa, pero ahora el aislamiento no lo es nunca del todo y, si bien no salimos a la calle, el mundo se cuela en nuestras casas hasta el punto de tener que ponerle freno antes de que las invada por completo.
Con el lunes llegó la necesidad de trabajar desde el hogar. Desde entonces estoy tratando de controlar el horario, ponerle coto para que organizar, enviar, corregir, motivar, contestar correos y dudas no se convierta en una tarea permanente. ¡Qué tiempos más raros! Ver la vida desde la ventana, la real y la virtual de las pantallas; pasar de explicar el encierro de los protagonistas del Decameron o La peste a protagonizar una de esas cuarentenas de las que hablará la historia…
Pero qué difícil la lucha contra un enemigo que no se ve, cuánto destrozo humano, económico, social, cuánto miedo también al leer y escuchar comentarios oportunistas, sesgados… en contraste con las muestras de solidaridad, entrega y valor de quienes nos cuidan.
Y en este silencio de motores y gentes en el que mandan ahora los sonidos de la primavera, el sueño de que el ser humano, por fin, aprenda de sus errores y construya después de la catástrofe un mundo más justo, más igual, más limpio, más sostenible… Mientras tanto, ¡cuídense!

sábado, 7 de marzo de 2020

Detrás de la cortina vírica


Qué pereza a veces cuando los medios de comunicación y las redes sociales entran en bucle y no se atisba el modo de escapar. Estos días todo es coronavirus. Coronavirus en la radio, las noticias de la tele, la prensa… coronavirus en los whatsapp, en los chistes en cualquier formato y plataforma. Coronavirus hasta en la sopa. En teoría, los mensajes tratan de ser tranquilizadores, pero las imágenes presentan ciudades sin ciudadanos, partidos a puerta cerrada, mascarillas, camas de hospital… Mientras, ha pasado el carnaval, los desplazamientos para aprovechar el puente... No pasa nada, todo normal. Pero se filtra un sentir apocalíptico, de fin de mundo que nos engulle, de cifras de afectados que se agrandan, de planes que se anulan, de economía que se contagia y amenaza con nuevas crisis. La pelota se hace cada vez más grande, la vomitan todas las pantallas, todas las voces, que se funden en un solo grito de pánico, el miedo se hace libre, vamos a morir todos…
Y, sin embargo, al mismo tiempo la primavera se adelanta con fuerza y los días rompen mucho más cálidos de lo esperado. Ya están aquí las alergias, las nubes de mosquitos, la procesionaria. No ha hecho frío, no lo bastante como para echar de menos estos días radiantes. No apetece disfrutarlos, hay cierto sentido de culpa, de preocupación. No es normal tanto calor para esta época. Pero también, ¡qué delicia las tardes que se alargan, la fuerza del sol tibiando el ambiente, los paseos de tardes sin chaquetas! Algo no cuadra, pienso, mientras inconscientemente me voy haciendo al rito de lavarme las manos cada vez con mayor frecuencia. ¿Qué se llevará esta vez el virus? Además de las víctimas directas, la esperanza en que un mundo tan globalizado sea un buen destino; la fe en el sentido común del ser humano; la caridad para con otras víctimas que no están de moda. Descorro la cortina del coronavirus y quedan detrás, apelotonándose, los demás temas: el cambio climático, la crisis de los migrantes, la educación pública, la igualdad, el paro juvenil, la burbuja del alquiler, los empleos basura, la dignidad del campo… Voy a parar, me falta espacio para tanto ahogo.

sábado, 22 de febrero de 2020

Estampas rurales



“Borregos” llamé a mi última columna y borregos es lo que he estado viendo el fin de semana pasado. Borregos, cabras, vacas, cerdos y gallinas disfrutando impasibles en una naturaleza bucólica y espléndida. Y esto ha sido así porque he pasado unos días en la sierra con unos amigos, en concreto, en Villaluenga del Rosario. El tiempo, más que primaveral, daba miedo. Imposible no hablar del cambio climático, pero imposible también quedarse en el miedo cuando este acogedor sol de invierno invita a pasear y adentrarse en las numerosas rutas naturales de estos privilegiados parajes. 


Supongo que los pocos habitantes de estos pueblos se sonreirán (o no) cuando nos oigan a los domingueros hablar de las bondades perdidas en estas tierras de interior, pero lo cierto es que conforta reencontrarse con un modo de vida tan auténtico. El coche se aparca el viernes y ya no hace falta cogerlo a no ser que se quiera ir a cenar a Benaocaz, otra población no mucho mayor que cuenta con varios restaurantes muy, muy interesantes: buen producto, buen servicio, cercanía… Y es que, inmersos en la Sierra, las rutas se cogen a pie, kilómetros y kilómetros de Parque Natural entre encinas, alcornoques y quejigos. Incluso el cementerio tiene su encanto hecho como está en el interior sin techo de una antigua iglesia quemada por las tropas napoleónicas y abierto a la sierra en una balconada de vistas imponentes.

 Una sorpresa: darnos cuenta de cuánto nos sorprendió escuchar el griterío feliz de niños pequeños que deambulaban solos por calles sin coches entre risas y carreras, mientras se invitaban unos a otros a ir a casa de su abuela, “que tiene palomitas”. Un desconcierto: ser saludados por un dron cuando saboreábamos la belleza pacífica de los Llanos de Líbar. El zumbido y descaro de tan impertinente aparato rompió la magia de un paisaje idílico.
Dejando de lado la extravagancia del dron, quiero retener estas estampas de color, generosas en verdes y amarillos durante el día,  abarrotadas de estrellas durante la noche, que todavía permiten gozar de lo que de verdad importa: caminar, respirar, comer, beber y charlar con los amigos. ¡Que dure!

sábado, 8 de febrero de 2020

Borregos

Si no viviéramos en un mundo tan desnaturalizado, pagaríamos por el valor de los productos y por el riesgo del trabajo que conllevan. Pero hace tiempo que cambiamos el estilo de vida y nos echamos en brazos de un modelo de comercio importado de otros países que ya influye demasiado en nuestra forma de vida. Ahora los agricultores no pueden más. En un mercado dependiente del poder de las grandes superficies, que ajustan precios y manipulan con ofertas-gancho de productos que venden por debajo del coste o, en la dirección contraria, hasta un 600% por encima de lo que se pagó en origen, el campo no puede más.
Pero en España hace buen tiempo y quedan todavía tiendas de barrio. No necesitamos ir en coche a un centro comercial donde comprar más de lo necesario para llenar la nevera sin cuestionarnos de dónde procede ni en qué condiciones se obtuvo. Cada cierto tiempo, los agricultores alzan su voz denunciando las condiciones abusivas impuestas por quienes dominan el mercado. Los precios estipulados son dañinos e insostenibles, apenas cubren gastos. Además de una negociación, se podría fomentar la venta más directa que permite precios más justos y el consumo de frutas y verduras frescas en lugar de las maduradas en cámaras de refrigeración.
Pero no nos movemos hacia un mundo más justo o más lógico. Se mira hacia otro lado cuando se cuelan las cifras de comida desperdiciada en casas y supermercados (los excedentes de producto fresco rondan el 59%, que acaba en la basura) o vuelven a aparecer las protestas de quienes prefieren no recoger la cosecha o regalarla, ya que es ínfimo el beneficio que obtienen de ella. Como consecuencia, el mundo rural sufre, los pueblos quedan abandonados y los urbanitas se acostumbran a consumir comida precocinada y plastificada.
Todo es una cadena y cada uno somos un eslabón. No movilizarse por considerar que la postura individual no influye es cobarde, una inconsciencia que nos convierte en culpables. Al final, comemos basura, desperdiciamos comida, arruinamos a nuestros productores y desnaturalizamos nuestro modo de vida. Y lo peor es que lo sabemos. Lo sabemos y lo consentimos. Nos aborregamos.

sábado, 25 de enero de 2020

Algoritmo


El mes de enero suele ser un mes extraño. La manida “cuesta de enero” asoma tras las vacaciones y obliga a retomar la dieta económica y emocional después del despilfarro de diciembre. Se suma a ella que últimamente los medios, a la búsqueda siempre de un anglicismo que entretenga el cotarro, han hecho suya una nueva etiqueta: el “Blue Monday”, al parecer el día más triste del año, que fue exactamente el lunes pasado. No lo viví como tal, pero tengo que confesar que, si no la semana más triste, sí me está pareciendo una de las más anodinas. Será que han vuelto las lluvias, que lo revuelven todo, o que por primera vez no tenía tema para esta columna, pero me he encontrado desconcertada. En este punto, necesitada de una idea sobre la que escribir, he recurrido a la prensa. Allí, he sorteado las referencias al carnaval, los vaivenes políticos, el tiempo y el pin parental y… me he visto sin nada. Luego he tratado de recordar qué temas de sociedad me habían impactado últimamente y me he dado de bruces con el algoritmo. Resulta que la Warner va a empezar a utilizar un sistema de inteligencia artificial para decidir qué proyectos apoyarán o descartarán. Se trata de un algoritmo capaz de predecir la recaudación en taquilla de una película antes de que se realice. Me ha sorprendido también la creación de los primeros robots vivos del mundo que, por cierto, se han hecho a partir de un algoritmo y reglas básicas de biofísica. Leo, además, que no hay nada que hacer para arreglar mi muro de Facebook, porque es un algoritmo el que selecciona las publicaciones y usuarios que aparecen en él. 

Nunca he creído demasiado en la libertad del ser humano, pero después de esta semana estoy empezando a pensar muy seriamente que la culpa de haber perdido la facultad de decidir la tienen los algoritmos. Qué quieren que les diga, no me resulta demasiado tranquilizador que estemos dejando tantos asuntos en sus manos porque podemos confiar en las matemáticas, pero me temo que no tanto en quien las maneja. 


sábado, 11 de enero de 2020

Auténtico



Una semana después de las fiestas navideñas, pasadas las celebraciones y los balances, sé, sabemos, que la mayor parte de lo vivido se desvanecerá como lo hacen los momentos repetidos y manoseados, especialmente aquellos a los que no se les pone un interés especial. Pero de igual manera ciertas instantáneas quedarán convertidas en recuerdos, momentos especiales que durante mucho tiempo se salvarán de la crueldad del olvido. Entre ellos, me quedo con los abrazos de la gente que quiero, las comidas y atardeceres al sol del invierno, la presencia cercana de los que ya no están, muchas risas, algunas lágrimas… momentos todos que ya atesoro porque tienen en común su autenticidad, lejos de las imposturas y los artificios de estos tiempos. Sumo a todo ello que he cocinado lento al calor de la leña en la chimenea de mi ya vacía casa familiar; que he comido en el único restaurante de la playa de La Carihuela que ha sobrevivido a la especulación, donde la misma señora que hace más de 20 años nos ofrecía unas conchas finas cogidas por su padre por la mañana, le ha regalado a mi hijo un plato de patatas a lo pobre para que no pase hambre en el avión de vuelta a Suecia; que he asistido a un exclusivo encuentro flamenco jerezano con un maestro de la guitarra y una virtuosa del cante donde la verdad y el saber hacer brillaban a años luz de las bullangueras zambombas; que no he regalado nada que no deseara para mí y que no haya comprado a conciencia en una tienda de barrio para apoyar el pequeño comercio; que no me han regalado nada que no haya sido comprado con amor...  ¿Hay mejor balance?
  Cierto, verdadero y consecuente son tres adjetivos que aparecen en la definición de la palabra auténtico, y así ha sido mi Navidad, he vivido en lo auténtico, algo difícil de encontrar en tiempos de artificio y sofisticación donde todo parece de plástico, falso y falsificado, corrompido. He empezado el año con buen pie, ojalá que el resto de los días decidan mantenerse a la altura.