sábado, 26 de octubre de 2024

Brisa

 

Si la previsión se cumple, cuando lean esta columna el sábado, el viento de levante desmentirá mis palabras, pero mientras las escribo parece que el tiempo meteorológico y el calendario se hubieran puesto de acuerdo en estas últimas semanas. Agosto cumplió con el calor y nos hizo pasar por temperaturas cálidas aliñadas con una humedad asfixiante. Septiembre ha comenzado clemente y las brisas se han encargado de refrescar la sensación agobiante que habíamos sufrido día y noche. En paralelo, la menor afluencia de turismo devolvía calles transitables, mesas libres, tráfico relajado, ruido mucho más soportable.

El miércoles salimos por el centro. Fue una delicia. Los últimos coletazos de turismo, mucho menos numeroso, más tranquilo, dejaba calles ambientadas y agradables, posibilidad de tapeo y de paseo, una grata impresión de haber recuperado una ciudad inapresable en agosto. Tomamos unos vinos, charlamos sin prisa con los amigos, disfrutamos de música en directo sin agobios… Es como si durante unas semanas de agosto, se abandonara la localidad con resignación a quienes la reconquistan con periodicidad anual.

No creo que haya que demonizar el turismo. Está claro que es una fuente de ingresos necesaria para la zona, pero habría que estudiar detenidamente qué medidas tomar para no cargarse la gallina de los huevos de oro. No creo que la turismofobia tenga sentido y, entre otras cosas, es incoherente porque quienes la asumen se convierten en turistas cuando salen de viaje a otros destinos. Se trata más bien de establecer medidas que protejan la ciudad y a sus habitantes; de atraer un turismo sostenible, que no haga la vida imposible a los vecinos que la habitan los doce meses del año. Cuidar la convivencia, sin más.

sábado, 6 de julio de 2024

Manos que saben

 


Cuando paso de una etapa de trabajo a otra de descanso, necesito proyectos manuales que me mantengan muy activa. Ordenar un armario, pintar una habitación, coser una cortina, hacer un cabecero para una cama… todo vale, pero mi labor favorita es la jardinería. Cavar, plantar esquejes, retirar hojas secas… hay algo especial en trabajar la tierra. No sé si tiene que ver con la memoria, que me trae dulces recuerdos de los gestos cotidianos de mi madre en verano quitando malas hierbas del jardín, no por obligación sino por placer, para evadirse de la tensión del trabajo en la pequeña empresa familiar, o una manera de conectar con el destino que eludió mi padre, procedente de una familia de campo. Lo que sí sé es que resulta terapéutico. No solo lo he visto en mis tíos, que se han mantenido en forma mientras han podido cuidar la tierra, sino que lo veo en muchas personas mayores que no se resignan a dejar de realizar tareas agrícolas. Un huerto o unas macetas ayudan a mantener el cuerpo activo y la cabeza en su sitio.

He terminado una novela de Jesús Carrasco, Elogio de las manos, que reflexiona sobre esto. El escritor protagonista encuentra un placer inesperado en reparar una casa de campo decrépita que ni siquiera le pertenece. Más allá de esa pasión por arreglar y construir algo útil con los materiales de que se dispone, sin comprar apenas nada, que es algo que yo hago desde siempre (a menudo con resultados chapuceros, aunque apasionantes y sanadores para mí, lo confieso), me gustó leer cómo el cuerpo encuentra la manera de reproducir un trabajo corporal que parecía olvidado “eludiendo la razón y la memoria”. ¿Dónde reside ese conocimiento que permite realizar movimientos coordinados, inconscientes y eficaces de asombrosa belleza? Es hipnótico contemplar a un buen artesano amasando pan, trabajando la madera… Mucho más a un músico, la rapidez y eficacia de sus dedos sobre el instrumento va más allá “del pensamiento consciente capaz de dirigir el pulso en cada una de sus notas.” Me admira apreciarlo en Santiago Moreno, por ejemplo, es mágico el modo en que sus dedos recorren el traste de la guitarra. Manos que saben, que acallan y aplacan a la razón.

Saber

 Veo en Instagram que un señor de 90 años se acaba de graduar en Bellas Artes en la Universidad de Barcelona. La motivación que lo impulsó la explica en un vídeo: con 82 años se compró una caja de pinturas, se puso a pintar y se hizo un lío muy grande, así que, dice con toda naturalidad, se matriculó en la facultad para que le enseñaran. Lo más fácil y agradable reconoce que han sido sus compañeros de clase, siempre dispuestos a ayudar. Una de ellos, jovencísima, reconoce que tenerlo al lado le ha aportado tranquilidad, referentes, una opinión razonada sobre lo que se traían entre manos. Miguel Ángel Gallo es doctor ingeniero industrial, profesor Emérito en la Universidad de Navarra y en la escuela de dirección IESE y tiene cargo en varios consejos de administración. Da gusto oírlo hablar. Lo hace desde la normalidad, con un saber estar contagioso y envidiable.

Encuentro tantas cosas estimulantes en esta noticia que me ha alegrado el día. Vivimos en una sociedad en la que reina el edadismo. Los mayores molestan; la palabra “viejo” se usa como insulto; la juventud se exalta hasta límites absurdos; la publicidad bombardea nuestras cuentas con recetas milagrosas para ocultar las señales de la edad ofreciendo productos contra las arrugas, las canas, la flacidez…

Por otra parte la cultura parece haber pasado de moda. Constato cada día que esa culturilla general a la que se aspiraba hasta hace no mucho y que no tenía nada que ver con títulos sino con la curiosidad y el respeto por el conocimiento está desapareciendo. Pintores, escritores, músicos… han dejado de ser referentes comunes; se rinde culto a la ignorancia, se presume de no saber nada; surgen “pseudopolíticos”que utilizan las plataformas de internet para aprovechar este desconocimiento en su favor y construir así discursos basados justamente en la desinformación, el odio, la apología de la violencia, los bulos…

. En un ambiente así, el afán por aprender más allá del título universitario, el reconocimiento de la riqueza que aporta el encuentro intergeneracional, la ovación de los jóvenes que compartían acto de graduación con este señor resultan tan inspiradores que le han cambiado el color al día. Gracias.


sábado, 8 de junio de 2024

La vida en pausa

Pepe Mendoza, nuestro reciente pregonero, a quien tuve el honor de hacer la presentación el lunes pasado en la caseta Helo-libo, decía, en una entrevista previa al pregón en este Diario, que “La Feria es un descanso de los afanes diarios en la que caben todas nuestras ganas de celebrar, nuestras alegrías, nuestros anhelos, nuestra necesidad de buscarnos y encontrarnos entre los otros. Esos días de fino y rosas devuelven siempre la confianza en la vida”. Reflexión que, como ya nos tiene acostumbrados, es un acierto.

El éxito de este encuentro anual no ha evolucionado como tantas otras cosas en función de las apps y las últimas tecnologías, sino que se alimenta de una dieta bastante tradicional: encuentros reales, cara a cara, música, baile, gastronomía y, lo fundamental, el consenso de hacer un paréntesis en nuestras vidas. Los problemas, que siempre los hay, se quedan fuera. No desaparecen, claro, seguirán acechando a la vuelta de la esquina, pero todos necesitamos (tanto que debería ser un derecho constitucional) olvidarnos de ellos durante un rato, de los que tienen solución y de los que no; jugar a que no existen; olvidar que “pasa la vida y no has notado que has vivido cuando pasa la vida”; que “nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir”.

Así que esta semana solo les deseo que puedan hacer una pausa en sus vidas; que tengan en casa una percha lo bastante fuerte como para poder colgar en ella la mochila de sus problemas y acercarse sin ellos un rato al recinto ferial para disfrutar de unas risas con los amigos armados de una copita de fino sostenida con elegancia y heroísmo en su mano. Después de todo, ya lo dijo Calderón, “¿Qué es la vida?: un frenesí. ¿Qué es la vida?: una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Pues soñemos, que para eso tenemos el lujo de disponer de esta cita anual.


 

sábado, 25 de mayo de 2024

Mirar el cielo

Estuve años ansiando un limonero. Mi entorno los lucía en sus jardines tan cargados que daban ganas de alargar la mano y coger algunos solo para que no se desperdiciaran. Mi padre en la casa familiar tenía uno, hermoso y generoso, capaz de madurar por los menos 200 limones a la vez. Yo quería el mío. Me encanta su olor, el verde perenne de sus hojas, la posibilidad de cogerlos yo misma. Planté varios y se estropeaban, no daban fruto aunque yo los trajera del vivero con algún limón colgando como prueba de que realmente los sabían hacer. Mi hermano me había regalado otros cítricos para intentarlo, probamos con un naranjo, un pomelo... Nada.

Finalmente he conseguido uno. Se ha adaptado, es lunero, echa flores en cualquier época del año. Me gusta ver el milagro del fruto engordando y cambiando de color. A veces me desespera su lentitud. Pasan meses hasta que transmutan totalmente el verde por el amarillo y, cuando lo hacen, es como si se contagiaran, maduran casi todos a la vez.

Tengo una amiga que va este fin de semana a coger cerezas a Las Hurdes a la finca de su hermana. El año pasado se perdió toda la cosecha; este año hay poca también. Se les abren en el árbol. Cosas del tiempo, parece. La higuera de otra amiga, de higos riquísimos, no consiguió madurar sus brevas la pasada primavera y esta parece que tiene también problemas para endulzar sus semillas. Habrá que esperar a los higos. El huerto de una agricultora portuense donde nos surtimos de riquísimas y ecológicas frutas y verduras, va campeando el temporal de plagas, sequías, heladas y lo que toque. Solo tiene tomates de temporada, por lo que llegado el buen tiempo, vigila las tomateras, espera con los dedos cruzados a que alcancen el punto exacto para cogerlos.

El campo. Tiempo, saber hacer y paciencia, mucha paciencia para no desesperar cuando viene una plaga o cae una helada a destiempo o una granizada traicionera o deja de llover durante meses... Sin embargo, salgo a la calle y me topo con las ofertas ¿cinco kilos de tomate pera a 3,50? No puedo dejar de pensar en la frustración de quienes viven de la tierra ¿A cuánto sale su trabajo?¿Cómo no desesperar cuando no se atienden sus protestas?


viernes, 26 de abril de 2024

Horizonte y frontera

 

Teníamos que comprar unos zapatos para una señora mayor en silla de ruedas a la que se le han hinchado mucho los pies. Llevarla a ella de compras era inviable. Por suerte me acordé de una tienda de barrio conocida por su enorme variedad de zapatillas y alpargatas, Calzados Loli. Evidentemente tenían la solución: podíamos llevarnos 3 ejemplares de distintos modelos, probárselos in situ y otro día, cuando nos viniera bien, devolver los sobrantes y pagar los que más nos interesaran. No nos conocían, no nos pidieron nada a cuenta, solamente nos asesoraron y se fiaron de nosotros.

Esta forma de hacer las cosas era muy habitual cuando yo era pequeña. En mi familia, a mi padre le gustaba comprar y tenía buen gusto, sin embargo, a mi madre le daba mucha pereza hacerlo así que, si necesitaba un bañador, por ejemplo, él iba y le traía varios modelos para que ella se los probara en casa tranquilamente y decidiera.

Defender hoy día este modelo de venta sé que no tiene sentido, acabará siendo arrollado. Me doy cuenta de que resistirse es agarrase inútilmente a un estilo de vida que está por desaparecer. Pero sigo creyendo en las ventajas del pequeño comercio frente a los inconvenientes de las grandes superficies y las compras por internet.

No quiero, sin embargo, parecer uno de esos seres gruñones, que solo añoran el pasado mientras su entorno se da cuenta de que son ellos los que no saben adaptarse al futuro. No creo que cualquier tiempo pasado sea mejor, ni mucho menos, lo que pasa es que tampoco estoy dispuesta a dejar ir sin pelearla una forma de vida más humana en aras de la fría masificación.

Así las cosas, este fin de semana, gracias al estupendo curso de cine impartido por el crítico Javier Ocaña, he encontrado referentes en los que apoyarme, lo cual siempre viene bien. Han sido ni más ni menos que los personajes de John Ford, ese filmador de crepúsculos que tan bien retrató a los seres que se movían en la frontera. Todavía me sigo quejando de los mismos asuntos, pero ahora me encuentro menos sola, he aprendido a entrever qué buscaba John Wayne cada vez que se marchaba con sus insólitos pasos de nuevo hacia el horizonte...



sábado, 13 de abril de 2024

Sin boquerones

 

Sin boquerones


El otro día salí con prisas a comprar pescado. En el camino de ida, alguien me llamó desde un coche. Al volverme, salió un señor calvo y con gafas de sol oscuras que me dio un abrazo muy efusivo. Me costó reconocerlo. Era un antiguo alumno al que di clase mi primer o segundo curso escolar aquí en El Puerto cuando él tenía unos 14 años y yo ni siquiera había cumplido los 30. Estaba recogiendo a su hijo pequeño en la puerta del colegio. Me puso al día de cómo había conseguido superar una mediocre vida de estudiante hasta hacerse un profesional capacitado y amante de su trabajo. Estaba satisfecho.

Al llegar a la pescadería, había mucha gente en cola y, además, los boquerones que iba buscando no tenían la buena pinta que yo esperaba, así que decidí volverme a paso rápido para no tener la sensación de haber salido para nada. Iba caminando al solecito todavía fresco de la semana pasada y el encuentro me había hecho ralentizar el paso, disfrutar la salida. De frente, venía una señora bastante mayor, bajita. Caminaba a paso lento y se apoyaba en una muleta. Me sonreía desde lejos hasta que al cruzarme con ella me dijo de forma muy cariñosa y simpática: “¡Qué buen cuerpo, hija, a ti te ha dado tu padre el que a mí no pudo darme el mío!”. Me hizo mucha gracia, me paré a darle las gracias y echamos unas risas.

Volví antes de que acabara el recreo sin boquerones, pero con una sonrisa de oreja a oreja cargada de buenas vibraciones gracias a los dos encuentros inesperados. Creo que a esto se le puede llamar serendipia, el hallazgo que surge de manera casual, cuando se está buscando otra cosa. Pero estaba pensando que no sé si tenemos una palabra para lo contrario, cuando no se busca nada, pero algo se filtra en el día para fastidiarlo. Lo más tonto: una rendija que cuela el frío y corta el cuerpo, una llamada de teléfono que no apetecía recibir, un comentario desagradable de alguien que se choca contigo, una comida que se empeña en pegarse o quedar sosa...

Qué frágil es el estado de ánimo y qué frágiles somos. Seres sensibles expuestos emocionalmente. Qué pronto dejamos que se nos nuble el día aunque no tengamos una palabra para denominarlo.