Últimamente estoy iniciando una relación difícil. Aún estamos conociéndonos, pero vamos tan despacio que no sé si podremos consolidar lo nuestro. Por ahora solo quedamos de vez en cuando, y llevaría razón si dijera que solo la busco cuando estoy en un aprieto. Debo reconocerle ciertas cualidades y me ha sacado de algún que otro apuro, pero es justo decir también que me ha fallado cuando menos lo esperaba. A veces me miente para quedar bien. Es una de sus facetas que menos soporto. Me da bola, se disculpa, me dice que toma nota de mis quejas, que lo solucionará, pero demasiado pronto vuelve a las andadas, comete los mismos errores, me hace desconfiar. Es verdad que yo no me entrego del todo; que no pienso prometerle fidelidad; que por ahora me fío más de mi instinto que de lo que me cuenta… Pero aún así… Me asusta entre otras cosas apoyarme demasiado en quien corta nuestro vínculo de buenas a primeras. Me deja plantada y se excusa diciendo que he sobrepasado mi límite. Me atemoriza pensar qué será capaz de hacer en un futuro cuando me haya acostumbrado a ella. Creo que sería capaz de obligarme a pagar los encuentros. Se lo noto en las respuestas. Ayer me desilusionó tanto que no pude evitar reírme. La encontré burda y manipuladora. Le había pedido un favor y se notaba que le costaba hacerlo. Me decía que sí, pero lo que me mandaba no seguía las pautas que le había dado. Me daba largas. Hubiera preferido que confesara su incapacidad, pero me escribió esto: “Lamento mucho la frustración. Entiendo perfectamente tu descontento. Como mi motor visual tiende a reinterpretar de forma creativa el contenido y comete errores, te mando los pasos para que lo intentes tú, no tardarás más de unos minutos”. Es lo que me faltaba, si sigue así no estoy dispuesta a dar el siguiente paso, seguiremos solo como amigos. No pienso entregarme a quien excusa su comportamiento por un “exceso de creatividad” y encima me aconseja que, si quiero conseguir lo que le pido, lo haga yo misma. Hasta ahí podíamos llegar. Para eso no la necesito. Además, por ahora, me resulta artificial y no demasiado inteligente.
sábado, 31 de octubre de 2026
sábado, 17 de octubre de 2026
Reliquias ajadas
Nos pasó con el Vaporcito. Le teníamos tanto cariño que, como ya no fue posible mantenerlo a flote, quisimos ofrecerle un lugar visible en tierra firme desde donde saludarlo al pasar. La complejidad administrativa del entramado de competencias en juego, la falta de financiación y la exposición a las inclemencias meteorológicas hicieron que los diferentes proyectos se fueran haciendo cada vez menos viables hasta acabar con el Vaporcito reducido a escombros y relegado a un polígono industrial. El Paseo fluvial del Guadalete ha quedado estupendo, quizás un poco escaso de arbolado, pero se hace visible la ausencia del símbolo colectivo que representaba el barco.
La réplica de la carabela La Niña tiene también una ubicación visible en la Glorieta de las Américas. No fue una réplica más, fue el trabajo de un equipo de artesanos y estudiantes de la Escuela de Náutica bajo la iniciativa del profesor Luis Miguel Coín siguiendo con exactitud las técnicas y características del siglo XV. Se construyó en Barbate basándose en dibujos de marineros de El Puerto, párrafos de documentos escritos y grabados de la época y la observación de las fórmulas tradicionales de construcción de embarcaciones. En 2015, esta nave fue completamente restaurada en su aspecto exterior, pero ahora, once años más tarde, luce un aspecto tan ajado que hasta el nombre de la Glorieta le viene grande.
Sé lo difícil que resulta el mantenimiento de una ciudad, pasa también en nuestras viviendas particulares, que no todo se puede tener siempre a punto. De vez en cuando hay que revisar un tejado, dar una mano de pintura, arreglar una cañería o la fachada. El Puerto de Santa María lleva el mar en su propio nombre, no estaría de más que lo mantuviera también en algunos de estos vestigios del pasado. Cuidar sus símbolos, tradición y cultura hace que el portuense pueda seguir presumiendo de la ciudad de los “cien palacios”, que ya sé que es exagerado y nunca los tuvo, es verdad, pero como mantra quizás ayude a mantener lo que es tan frágil que corre el peligro de venirse abajo.
Descarte
Cualquier decisión implica un rechazo. Desde lo más tonto, elegir un pantalón o un modelo de gafas, a lo más trascendente. Cada elección conlleva dejar de lado lo que podríamos haber hecho nuestro. Ahora que ha acabado el verano (al menos el meteorológico) mucha gente aprovecha para elegir qué tipo de ejercicio hacer, qué extraescolar añadir a su tiempo libre o al de sus hijos. No es tan banal. Nos pasamos la vida eligiendo, construimos así nuestra identidad, con elecciones más o menos importantes que acabarán conformando quiénes somos y cómo nos va. En “La insoportable levedad del ser”, escribe Kundera que “No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las elecciones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo”. Pero la duda de lo que queda atrás, persiste a veces como una sombra. Pude no haber dejado tan pronto el instituto; quizás no debí escoger esta carrera universitaria solo pensando en las salidas; tal vez no elegí a la persona adecuada para compartir mi vida o no debí dar la razón a esta amiga frente a aquella otra cuando discutieron.
Esta semana he hablado con varias personas que tratan de reconducir sus días construidos hasta ahora en base a un descarte que no funcionó. Tienen en común que son bastante jóvenes y que han decidido no prolongar las consecuencias de una decisión que ahora creen equivocada. Una médico que dejó el ejercicio de la medicina para dar charlas formativas; un artista que ya no soporta ser administrativo; un atleta que renuncia a la estabilidad que le da su trabajo de vigilante de seguridad; un ingeniero que solo disfruta cuando toca la batería.
Entre los jubilados, conscientes de que queda menos, observo con qué cuidado se elige a qué dedicar el recién estrenado tiempo libre. Es importante agarrarse a la última oportunidad de hacer lo que hasta ahora no se había considerado lo bastante importante como para dedicarle una vida. Pero quizás lo mío era cantar, bailar, escribir, pintar… Porque en nuestras vidas utilitarias, hay que tener mucha seguridad y valentía para tomar el arte como la primera opción.
Bucle
Septiembre coquetea con ser fin y principio de ciclo. La vuelta al cole, trabajos, gimnasios, planes pendientes, dietas… Nostalgia de horarios alargados, responsabilidades en suspenso, ropa informal, tareas relajadas… Me gusta su luz. Sombras más estiradas, mareas más bajas. Al descubierto, un fondo marino inaccesible el resto del año. Naturaleza que, aliviada con temperaturas más bajas durante la noche, exhibe unos verdes brillantes antes de los amarillos, ocres y rojos otoñales. Las calles se reordenan, marcan otros pasos, otros hábitos. Retomo mi trayecto en tren para acudir a clases de acuarela. También la estación se viste de septiembre. En el reencuentro, la escalera mecánica sigue destripada, muestra la desnudez de sus interiores entre cajitas de cartón que esperan contener el remedio definitivo. En los andenes, el ascensor que no funciona atiende a una señora que señala, pregunta, ordena al mecánico que la escucha con paciencia. Lo miran desde el exterior, quizás esperando de él una respuesta. El personal de limpieza ejecuta su tarea como siempre: vacía las papeleras; quita polvo a bancos, cartelería, tablones de avisos; raspa chicles del suelo. Pienso cómo será hacer lo mismo cada día de cada año y tengo la tentación de recordar a Sísifo condenado al sinsentido de subir una y otra vez la roca de su castigo. Hasta que me viene a la memoria “Perfect days”, la película de Win Wenders que muestra la entrega y dignidad de un limpiador de baños públicos en Tokyo. Llega el cercanías lleno de estudiantes que se aburrirán en pocas semanas. Se saludan con gusto, a veces con timidez, se vuelve a escuchar “en plan, en plan, en plan” en los retazos de conversaciones. Todavía se aventura algún turista blanquito y rezagado. Un señor se alivia sin pudor con el solo gesto de volverse hacia la otra vía en un andén abarrotado.
Me vienen unos versos de Ángel González: “El otoño se acerca con muy poco ruido:/ apagadas cigarras, unos grillos apenas,/ defienden el reducto/ de un verano obstinado en perpetuarse (…) Se diría que aquí no pasa nada, /pero un silencio súbito ilumina el prodigio:/ ha pasado/ un ángel/que se llamaba luz, o fuego, o vida./ Y lo perdimos para siempre”.
Anteojeras en el paraíso
Nunca he deseado tanto la lluvia como este verano cuando cruzamos la península en diagonal. Las carreteras entre Madrid y Girona atravesaban cientos de kilómetros de amarillo pajizo; los carteles luminosos advertían del peligro extremo de incendio; las noticias daban cuenta de los 55 incendios activos. Ya se había extinguido el más letal del verano, el de Los Gallardos en Almería. En el Pirineo, rodeada de verde y con tormentas vespertinas que mojaban el suelo cada tarde, conseguí tranquilizarme a pesar de que durante el día era difícil enfrentar una ruta que no tuviera cerca un río para refrescarse. La vuelta a Cádiz la hicimos por Levante, de nuevo un sol castigador y unas temperaturas extremas que en esta ocasión se confabulaban con un tráfico intenso de camiones para conseguir un ambiente casi irrespirable. En la radio se actualizaba la situación de los 38 incendios activos. La última semana de agosto las temperaturas han dado un respiro, los sistemas de monitorización registran “solo” 13 incendios forestales, pero los termómetros amenazan de nuevo con subidas implacables. Se estima que en Europa el calor extremo de este verano ha provocado unas 35.000 muertes. A esto se suma una grave sequía que hace que los ríos presenten niveles de agua históricamente muy bajos. Como aparente contraste, las tormentas de verano han arrojado trombas de agua, viento y granizo nunca vistas hasta ahora.
Estábamos advertidos. Los científicos llevaban años hablando del cambio climático y sus consecuencias pero, como en el cuento de Pedro y el lobo, nadie los oyó. Mucho mejor mirar hacia otro lado, comprar un aparato de aire acondicionado y seguir como si nada estuviera cambiando a nuestro alrededor. Total, ¿qué puedo hacer yo? Y así, sin exigencias a los gobernantes ni cambios en un estilo de vida que a cada paso contribuye al calentamiento global, vamos hacia delante con unas anteojeras de comodidad que nos impiden reaccionar para tratar de mitigar el problema. No solo es una estupidez sino también una irresponsabilidad con las generaciones que heredarán el planeta. Teníamos el paraíso y dejamos que se secara.
Simpleza o simplicidad
¡Qué torpes resultan los medios de comunicación con esa manera tan unánime de cubrir la actualidad! No hablo de política. Obviamente ahí el sesgo de cada uno maquilla a su gusto los acontecimientos. Me refiero a esas modas informativas en las que nos castigan con olas de calor o Papa, o Mundial a todas horas hasta que llega la siguiente avalancha... El empacho es brutal y, encima, reafirma la sensación de temporalidad. Lo que digas, veas, escuches hoy, será olvidado mañana. Esta memoria de pez es la que tanto se aprovecha en política, por cierto, donde se juega a menudo con aquello de “donde dije digo, digo Diego”. Pero estaba ahora pensando más bien en el estreno de la selección española en este mundial. Un periódico deportivo apuntó que la IA daba a España como favorito. Los comentaristas del primer partido no dejaban de insistir en que había que tener paciencia y, sin embargo, tras el empate, se ha abierto como siempre la veda para las críticas: “pobres notas, decepcionante estreno, España se estrella…” En Argentina, el debate sobre si Messi debería o no ir a la selección por la edad se dio la vuelta en cuanto el futbolista debutó con 3 goles (me niego a hablar de “histórico hat-trick” como dicen por ahí). No sé cómo harán los grandes deportistas para mantener la cabeza serena ante las críticas desaforadas y los insultos. Bueno, si lo sé, me consta que, aunque intenten abstraerse de ellos, cada vez más se reconoce la necesidad de asistencia profesional para salir de los baches que provoca la sobreexposición. Y es que es difícil mantener la calma cuando la grada grita enfervorecida ante la entrada al campo de Yamal con solo 18 años o cuando se le critica en las redes por considerar que está “demasiado crecido”. Me resulta excesiva, basta y simplista esta forma de enfocar la actualidad, los trazos son demasiado gruesos como para que se pueda comprender nada. Pero son facilonas, cómodas, mueven masas. Los héroes de ahora lo son mientras las redes no les den la espalda por un malentendido, una ligereza… Hasta que se olvida, claro, y con suerte vuelven a resurgir en la próxima jugada. O no.
sábado, 6 de junio de 2026
Cosas que no sé a dónde van
Un señor en el tren dormita con la montura de las gafas hacia abajo. Pienso tontamente si es la forma correcta de desconectar, dar la vuelta a las gafas para que no entre la realidad ni con los ojos cerrados.
Ya lo decía Shakespeare en su soneto 43: “Cuando cierro mis ojos es cuando mejor veo./ Todo el día mirando cosas sin ningún mérito.” O puede ser un ejercicio viral, como sacar 40 segundos la lengua para bajar el cortisol, la hormona del estrés. Tampoco sé qué pensar de los trabajos en las estaciones de El Puerto de Santa María y Puerto Real. En 8 meses tomando el cercanías cada semana, no he dejado de ver las escaleras mecánicas destripadas, a veces con mecánicos trabajando en ellas. Ayer mismo, había uno con un enorme ¿tornillo? en la mano mientras consultaba instrucciones en papel, como si montara un mueble de Ikea. Igualmente confieso mi incapacidad para entender el vestuario de las camareras en una reciente boda en Jerez. Llevaban sayos a media perna, gris claro, sin formas, apenas ceñidos por un delantal blanco y con una felpa a modo de cofia. Las uniformaba en la fealdad, como si alguien hubiese decidido quitarles la feminidad para volverlas invisibles. Ellos no se quedaban muy atrás con sus amplias chaquetillas años 40 de cuello de tirilla en verde botella, botones dorados… Y, por si faltara algo, las omnipresentes “wedding planners” vestían unos vestidos marrones que recordaban a los hábitos de la Virgen del Carmen usados como promesa.
En fin, que estoy desconcertada y, quizás, un poco
conspiranoica, pero el atuendo del personal de la boda me recordaba, como una
broma de mal gusto, la separación de clases y el ejercicio de poder de “El
cuento de la criada”; las interminables reparaciones en las escaleras mecánicas
me hacen pensar en la maniobra de Penélope en su telar, que tejía y destejía
para no tener que elegir pretendiente… No sé si hay un plan para eternizar las reparaciones
y así perpetuar la idea de que se trabaja para mejorar la vida del
contribuyente… Tampoco sé si debo empezar a dormir con las gafas del revés y la
lengua fuera.
sábado, 23 de mayo de 2026
Patios vacíos
Vaya por delante que me gusta la fiesta de los patios. Es un vibrante encuentro primaveral, una excusa perfecta para pasear por el centro, encontrar amigos y conocidos, tomar un vino… Suma encanto a la primavera. Pero asoma en estas últimas ediciones el polvo que se esconde bajo la alfombra. Es obvio que la fiesta ha cambiado, ya apenas queda rastro de aquellos primeros patios populares del Barrio Alto.
En este mismo periódico se daba cuenta, en el artículo “Antropólogos entre macetas”, de la recepción en el Palacio de Araníbar a un grupo de miembros de ASANA. En él se señalaba que los “patios no son únicamente arquitectura. Son una forma de organizar la convivencia. Un pequeño ecosistema humano. Allí se habla, se descansa, se discute de política, se comenta el calor, se intercambian recetas, se vigila discretamente la vida ajena y se construye esa red invisible que convierte a un grupo de vecinos en algo parecido a una colectividad.” Tras la recepción, tuvo lugar un recorrido por algunos de estos patios en los que supongo que comprobarían que ese espacio semiprivado de la vecindad, más íntimo que una plaza pública, ahora no cumple su función. Entre otras cosas porque quienes viven allí ya no son vecinos sino turistas esporádicos. Los patios que se muestran últimamente pertenecen a instituciones, negocios o apartamentos turísticos. Magníficos todos ellos, arreglados y restaurados con mucho gusto, pero despiertan el temor de qué pasará con el centro cuando El Puerto pase de moda y estos pequeños apartamentos turísticos acaben vacíos. Ya no quedará ni rastro de la vida vecinal sino que probablemente presente el aspecto desamparado que ya tiene el centro de otras ciudades. Porque si no se viven, si no las habitan vecinos que salen y entran al trabajo, a llevar a sus hijos al cole, a dar un paseo, a comprar el pan o la fruta en la tienda del barrio, las ciudades dejan de ser lugares vivos y se convierten en parques temáticos fantasmales de los que desaparece cualquier esencia. Así que, por mi parte, sí a la fiesta de los patios, pero ojo con no diseñar un plan viable para que la ciudad no muera, que es lo que pasará cuando los vecinos acaben por abandonar el centro.
Paisaje en la retina
No sé vosotros, pero mi retina guarda un paisaje
recurrente del que apenas soy consciente hasta que cada año vuelve la primavera
y con ella otra vez la luz, los campos revestidos de fiesta y de promesa. En esta
ocasión, después de tantas lluvias, la explosión fue aún más espectacular.
Cualquier cuneta, cualquier rendija en la acera o la pared, despertaron hierbas
de verdes amarillos y flores menudas, altivas y coquetas. Se llenó de vida el
campo, recargó las pilas que los días cortos habían ido desgastando, ofrecieron
una falsa promesa de eternidad y juventud que volverá a desmentir el calor del
verano.
Paseo cerca de casa con nuestra Malta, entro en la
duna, en los eucaliptales casi inaccesibles por la euforia de las retamas,
margaritas, malvas…. Una competencia por el espacio que cierra el paso con un
festival de perfumes. Los hinojos se crecen con una frescura altanera,
elegante. No puedo evitar alargar la mano y arrancar su olor. Un perfume vivo
que me lleva siempre a la infancia en Jaén, a la familia, los paseos de domingo
por el campo, la Peña, el río. El hinojo siempre refrescante con su toque a
anís que mi madre se llevaba a la boca para burlar la sed; la búsqueda de
espárragos trigueros que entusiasmaba a mi padre; las ensoñaciones infantiles
con las amigas deteniéndonos en cada flor; la competencia ilusionada por
conseguir el ramillete más hermoso; la decepción al comprobar que hasta las
flores encierran un engaño ¡Mira qué bonita!
No, esa no la cojas que es un ajoporro, ya verás qué peste te echan las manos.
Periquitos, espigas silvestres que separábamos y
volvíamos a montar para hacerlas saltar en la palma de la mano; conejitos de
colores que se apretaban en la mandíbula de la flor para abrirles la boca;
espiguillas en racimos que se lanzaban al jersey de quien estuviera delante
para saber cuántos novios tenía… Nazarenos, amapolas y jaramagos. Pero eso lo
aprendí más tarde, de pequeña siempre “jamargos”.
Ahora que el mundo silvestre empieza de nuevo a
secarse, el paisaje de mi retina es una temprana primavera de hierbas altas
entre amapolas y jamargos, juegos sin
fin con mis hermanos, custodiados por la sólida sombra de los olivos
centenarios.
sábado, 25 de abril de 2026
Inefable
Que las grandes compañías se crean capaces de conocer los gustos del público para convertirlo en cliente me parece una fanfarronería. Por mucho que el algoritmo se empeñe en emparejar a dos personas o en ofrecernos una película que nos gustará o una canción que añadir a nuestra lista de favoritos, está claro que hay algo más que escapa a estos acoplamientos forzados. Me pueden gustar una película coreana, una comedia romántica o una serie noruega por una serie de motivos que se escapan al cálculo. No se reduce al género o la nacionalidad como no funciona automáticamente presentar a dos personas y pensar que van a congeniar porque tengan las mismas aficiones o sean del mismo equipo de fútbol.
Nosotros hacemos de vez en cuando
intercambio de casas y siempre nos ha ido muy bien, pero antes de la elección
final se producen una serie de intercambios por escrito con la otra familia en
la que va quedando claro si es la conveniente o no. No sabría decir qué, pero
nos retratamos en las palabras que elegimos y en las que guardamos. Hasta
ahora. Con las amistades pasa igual, más allá de la ideología y los gustos, hay
una especie de química que surge o no. A veces sobre el papel una persona es
aparentemente nuestra alma gemela y, sin embargo, al hablar con ella hay un no
se sabe qué esencial para que la relación fructifique o quede huera. Me pasa
igual con la música, en general detesto las ofertas que me hace Spotify
basándose en lo que considera “mis gustos” mientras que a mí me basta con
escuchar unos acordes o un verso para que una canción se me vuelva
imprescindible. Me consta que con las aplicaciones de citas pasa algo parecido.
Por mucho match que se haga a priori,
es en el cara a cara donde se juega el partido. Contabilizar y reducir esas
chispas que saltan o no es casi imposible. Sobre todo si hablamos de personas
complejas, inquietas, que buscan algo más. Qué gusto esta diversidad, esta
condición de inefables que nos permite seguir creyendo en el misterio.
miércoles, 22 de abril de 2026
`Dudas
Me defiendo a todas horas. De los
bulos, de la manipulación, de la publicidad, de los “tienes que”, “nunca hagas”
o “sabías que”. Es agotador. Ya éramos plastilina en manos de publicistas volcados
en convencernos de todo lo que necesitábamos, cuando aparecieron los
“influencers” y “creadores de contenido” para asustarnos con todo lo que
hacemos mal y empezaron a ofrecer productos caseros milagrosos para arreglarnos
la vida. Allí donde haya un temor, una inseguridad, un complejo, habrá una
caterva de listos preparados para monetizar nuestro miedo y crear alarma. Puestos a que me convenzan, la verdad es que prefiero
la otra publicidad, esmerada y estudiada que, al menos, intenta convencer con cierto
estilo, pero esta grosería burda capaz de decir sin pestañear que tengamos
cuidado con el agua del grifo porque altera las hormonas y predispone a la
homosexualidad (parece que “el agua afecta al eje hormonal y por eso en las grandes ciudades hay un auge de personas LGTB”), o que tomar el sol ayuda a que cuelgue menos la
piel de los brazos o que la leche de avena puede estar detrás de los paros
cardíacos… Basta con dejar un segundo, por distracción, la vista en una
historia de Instagram, sobre la caída de pelo, por ejemplo, para que aparezca
un tropel de incautos ofreciendo remedios baratos contra la alopecia. Algunas
de estas cuentas no son tan zafias, claro, inventan estudios y desarrollan
complejas explicaciones que las hacen más creíbles. Ya no sabemos si es peor
comer pan de trigo con todo su gluten o salmón de piscifactoría con toda su
grasa y “metales pesados, sustancias
químicas tóxicas, microplásticos, antibióticos, piojos e incluso formaldehído”.
Me gustaría saber cómo se defendería ahora el mismísimo Descartes con su duda metódica para descubrir la verdad ante tanto estudio falso, noticia falsa, foto falsa. No sé si estamos perdidos todavía, pero desconfiar de la ciencia a favor de la fe en cualquier remedio disparatado produce bastante desconcierto. Nadie que se asome a las redes está libre de un momento de débil credulidad. Como dejó escrito J. César, «Fere libenter homines, id quod volunt, credunt» (Los hombres creen gustosamente aquello que desean).
sábado, 28 de marzo de 2026
Sentidos y sensibilidad
Los findes de cuaresma en Andalucía son un aperitivo de la Semana Santa. Actos cofrades, presentación de carteles, olor a incienso, torrijas. Todo cabe en las calles de El Puerto, como en las de Jerez o las de Sevilla. Es posible salir en bicicleta, disfrutar de los esteros revestidos de primavera, a reventar de flores y aves; volver a casa atravesando el centro y parar la bici para dejar pasar un ensayo procesional. En Jerez, hace ya varios sábados que, todavía de carnavales en Cádiz, con las entradas para un espectáculo flamenco en el bolsillo, nos cruzamos con el pasacalles de la estupenda banda de Las Cigarreras. El centro de Sevilla hace unos días era un hervidero de turistas, ya en chanclas, brazos al aire y móvil inquieto, que se mezclaba con los cofrades que hacían sus últimas compras, incienso, capirotes a medida, trajes de chaqueta…, al tiempo que los feriantes adelantaban las suyas. Trajes de gitana, flores, pendientes, mantoncillos… Una explosión de colores, olores y música. Cada loco con su tema sí, pero qué gusto la variedad, qué lujo poder elegir, pasear disfrutando de la preciosa Sevilla en primavera, tropezar con la Agrupación musical de la Encarnación de concierto por las calles y luego, gratis, en el precioso patio del Círculo mercantil de Sierpes. No entiendo a los detractores como no entiendo a los seguidores fanáticos y exclusivistas. Me encanta este cruce de expresiones culturales que permite la embriaguez de los cinco sentidos ante tanta oferta. Morado de penitencia, rojo buganvilla, incienso de vainilla, azahar, torrijas, fino, tambores y trompetas, “En las tinieblas de mis dudas”, sevillanas, pitos de carnaval, castañuelas… Bienvenidas sean todas las celebraciones que dan vida a la vida, que hacen que nos agarremos a ella y nos olvidemos a ratos de lo que va mal. No veo la necesidad de elegir entre estas fiestas sensoriales. Cada uno que crea en lo que quiera y en las calles respeto, por favor, mucho respeto, que hay sitio para todo.
Banalidades
No me gusta limpiar el polvo. Me parece la tarea doméstica más
inútil y desesperante de todas, una batalla perdida de antemano. El polvo se
posa en lo inaccesible, un rincón, detrás de la vitrina, en la rendija entre el
aparador y la pared… Por mucho empeño que ponga, en la casa siempre hay polvo
que se deja caer en cuanto me doy media vuelta. Si ya de por sí esta tarea me
resultaba antipática, una carga difícil de sobrellevar, ahora me gusta todavía menos
desde que me di cuenta de que es, además, un reflejo del paso del tiempo. Funciona
como un reloj de arena constante e implacable, se ríe de mí. Tú limpia,
esfuérzate en dejarlo todo lustroso, déjame despejada la superficie que
enseguida estoy ahí. Es como si mantuviera un pulso sabiendo de antemano que
voy a perder, una síntesis de la vida vivida a espaldas del inevitable final
gracias a la falsa creencia de que nuestros pasos sirven para algo. Sin
embargo, ni lo pequeño ni las grandes gestas tienen mayor trascendencia. Lo
vimos durante el confinamiento, en cuanto el ser humano dejaba de enredar por
algún sitio, la naturaleza lo ocupaba y lo volvía a hacer suyo. Lo recuerdan
las antiguas civilizaciones tragadas por aludes de tierra, volcanes, desprendimientos,
la selva o el mar. Troya, Pompeya, Tikal… Y, sin embargo, cuando la angustia de
la actualidad internacional me atrapa, uno de los pocos alivios que me
funcionan es volverme hacia el detalle, los pequeños gestos donde, al menos
durante unos instantes, soy yo quien controla. Desatascar un lavabo, arreglar
un trastero, recoger la cocina. Como si lo insignificante ayudara a sostener el
equilibrio del mundo. Controlar lo banal cuando se tiene la certeza de que no
hay acceso a lo relevante. Limpiar el polvo mejor no, al menos por ahora. Pero lo
he traducido a mi manera y he aprendido hace tiempo que pintar una acuarela,
tomarme un oloroso en una tasca, observar a la gente mientras pasea al perro ayuda
a olvidar el suplicio de contemplar hacia dónde va el mundo. A los grandes no
les importa, pero lo que la gente de a pie queremos es eso, que nos dejen vivir
en paz peleándonos con el polvo, tomando un café al sol o abrazando a los
amigos.
sábado, 28 de febrero de 2026
Miradas
sábado, 14 de febrero de 2026
Páginas húmedas
Estoy leyendo “Los gozos y las sombras”, la magnífica trilogía de Gonzalo Torrente Ballester que TVE convirtió en los 80 en una serie muy exitosa. Fue antes de la llegada de las cadenas privadas, cuando todavía se veía la tele en familia y la carnaza de los “reality” aún no había cambiado el gusto de los telespectadores. Por eso mi generación la recuerda y la asocia, por cierto, a Charo López, inmensa y sensual. Pero no les cuento esto para recomendar su lectura, que también, sino porque desde que empecé la novela todos los días llueve, dentro y fuera de ella. Miro por la ventana con la esperanza de que el sol asome un ratito y vuelvo pronto al libro, tan gallego que llueve en cada página. “Una lluvia gorda, incansable”, “llovía fuerte y las losas bajo los soportales estaban húmedas, pisoteadas”, ”unos críos se perseguían chillando bajo la lluvia” o se cuela el omnipresente orvallo “caía una lluvia fina, dulce, sin viento”, “sintió sobre la cabeza la lluvia menuda”. Los personajes no hacen caso, se echan a los caminos, cruzan plazas, se protegen con un paraguas, un manto o un saco por encima y hacen lo que tengan que hacer. “Cruzó por encima del barro y de los charcos”, “sacudía sobre sus cabellos gotas frías de lluvia”. Aquí, poco acostumbrada a tanta lluvia, me confino e invento mil maneras de entretenerme en casa hasta que, con agua o sin ella, salgo a dar un paseo y disfruto de la playa sola, de los pinares chorreantes, de los trebolares pringosos. Aunque en esta ocasión está lloviendo de más, reconozco que me gusta esta posibilidad de recogerme, de hibernar antes de la llegada del calor. Pongo poco la tele, leo titulares por encima, me dosifico la radio para que la dolorosa actualidad no altere la paz de la lluvia y la novela. Absurdamente confío en que el final de las más de mil páginas lo sea también de esta lluvia demoledora y me preparo para el aporreo de las noticias en mi puerta. Ojalá la lluvia arrastrase a su paso muchos de los males que acechan nuestra convulsa actualidad.
Frágil
miércoles, 28 de enero de 2026
Máscara
Me he cruzado por la calle con un antiguo alumno, aún en secundaria, bajito para su edad, lejos todavía del estirón. Me sorprendió verlo entre sus familiares tomando un helado. Parecía mucho más infantil de lo que lo recuerdo en clase, chispeante, rápido, divertido, líder indiscutible, muy lejos de este chico que ajustaba el paso al de su padre. No era el mismo. Pero supongo que nos pasa a todos, seres adaptativos con múltiples facetas. A veces pensamos que solo los actores tienen la oportunidad de vivir múltiples vidas. Nos sorprende incluso descubrir que fuera de las tablas se desenvuelve con timidez quien es capaz de actuar de forma vociferante, agresiva e incluso grosera. Todos somos actores y actrices de nuestras vidas, aunque no siempre seamos conscientes. En clase, en el trabajo, somos otros. El calladito en clase para no llamar la atención puede saltar a los brazos de su profesora como un niño pequeño si se la cruza en vacaciones. Y está claro que la profesora dura, exigente y disciplinada puede ser muy divertida en la sala de profesores o cuando va de copas con sus amigos. Confieso haberme sorprendido cuando en alguna ocasión me he dado cuenta de que la jefa desagradable y antipática de la que me hablaban era la misma persona encantadora que conocía a través de otros amigos. Todos hacemos teatro de forma consciente o no. Es supervivencia. Nos adaptamos a diferentes situaciones usando diferentes herramientas. Los griegos lo sabían muy bien, recordemos que la propia palabra “persona” significaba “máscara del actor”. Trabajo, familia, amigos, extraescolares… son oportunidades para ofrecer facetas distintas de nuestro yo. No es falsedad o hipocresía, es más bien, inteligencia emocional o cintura. Es incluso un derecho, una puerta abierta a la libertad. La rigidez compacta de carácter y de pensamiento me asusta. Debe de resultar agotadora. Y bastante insoportable, por cierto.
Cambiar
Esta mañana hablaba con una
conocida de unos amigos comunes que son muy distintos política e ideológicamente
pero que se llevan muy bien. Ella sintetizaba el tema diciendo: “Sí, pero se
quieren y se respetan. Eso es lo importante, aceptar y respetar la diversidad”.
¡Qué simple y qué difícil! Cuántos de los problemas actuales se arreglarían con
solo poner en práctica esta fórmula cargada de sentido común. Me gustó tanto
que pensé que me lo pediría en el brindis de Año Nuevo, después de la salud y
la paz, claro. No es que yo crea realmente que el cambio de año nos vaya a
hacer mejores, pero estoy cansada de escuchar como un ritual los pronósticos,
casi siempre agoreros, para el año que entra.A mí lo que me gustaría en realidad es que dejáramos de quejarnos de lo mal que va todo y empezáramos a ocuparnos de que las cosas funcionaran mejor. No nos sirve la previsión de cuánto va a subir la vivienda este año, por ejemplo, si no exigimos a nuestra clase política que se tome en serio la cuestión y se ponga a regularla. Ni los estudios que detectan que las nuevas generaciones son ya cada vez más inquietas y dispersas por tener desde la cuna un móvil en la mano. Lo que habrá que hacer es conciliar los trabajos y mentalizar a las familias para que ocupen el tiempo que ahora no tienen en prestar atención de calidad a sus hijos e hijas, que dialoguen y jueguen con ellos. Ni nos sirve quejarnos de las terribles consecuencias del cambio climático si no estamos dispuestos a modificar nada nuestra forma de vida para no seguir deteriorando el planeta. También estoy ya harta de escuchar lo difícil que es para la juventud hoy día conseguir un empleo con un sueldo digno mientras nos vanagloriamos de lo barato y rápido que nos ha llegado un pedido que hemos hecho a China o al restaurante de la esquina porque lo único que hacemos es fomentar así millones de desplazamientos individuales y de empleos basura. En definitiva, que creo que nos quejamos demasiado, pero nos comportamos como seres caprichosos que no quieren ser molestados, que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Que no nos damos cuenta de que para conseguir realmente un cambio hay que arrimar el hombro.


















