Encastillarse, aprovechar el frío
y la lluvia para encerrarse en casa. Esperar bien guarecidos a que pase lo
peor, las olas sucesivas de Covid pandémico, de populismo y mentiras a
cualquier escala, en EEUU y aquí mismo,
las de insolidaridad…
Hibernar con guisitos ricos,
fuego en el hogar y una manta de sofá. Reacomodar la casa a la rutina después
del bendito caos de las vacaciones, limpiar cada habitación y despojarla de los
excesos.
Echar de menos con serenidad. Fortalecer
el alma, confiar en que la metamorfosis convertirá las penas e inseguridades en
alas inimaginables con las que volar.
“Qué felices somos a ratitos.
Suerte que está la literatura para que sea lo que no es, pero también para
contar y recordar todo lo que se marcha” dice la escritora Laura Ferrero, así
de sencillo y profundo. Arrebujarse en libros pendientes para propiciar la “orgía
perpetua” de Flaubert.
Recordar solo a ratos. Comer de
restos, no hacer planes todavía, acomodarse un poco más a la incertidumbre e
intentar que estremezca menos.
Quitar el polvo, ordenar estanterías
y hacer sitio en los armarios para que el pasado no ocupe los espacios hasta
ahogarlos. Entender que retener no es posible.
Respirar. Poner lavadoras y dejar
cada cuarto listo, sin nostalgia, para el retorno.
Confiar en que el lunes vuelva a
poner cada cosa en su sitio, en que la rutina sepa lo que se hace. Darle al
“pause” y detenerse.
Guardar papeles y bolsas de
regalos hasta que el futuro traiga nuevas oportunidades de regalar.
Apuntalar el soy, estoy. Abrir
los brazos. Asumir la vulnerabilidad en los días cortos y fríos.
Vivir enero.