Me defiendo a todas horas. De los
bulos, de la manipulación, de la publicidad, de los “tienes que”, “nunca hagas”
o “sabías que”. Es agotador. Ya éramos plastilina en manos de publicistas volcados
en convencernos de todo lo que necesitábamos, cuando aparecieron los
“influencers” y “creadores de contenido” para asustarnos con todo lo que
hacemos mal y empezaron a ofrecer productos caseros milagrosos para arreglarnos
la vida. Allí donde haya un temor, una inseguridad, un complejo, habrá una
caterva de listos preparados para monetizar nuestro miedo y crear alarma. Puestos a que me convenzan, la verdad es que prefiero
la otra publicidad, esmerada y estudiada que, al menos, intenta convencer con cierto
estilo, pero esta grosería burda capaz de decir sin pestañear que tengamos
cuidado con el agua del grifo porque altera las hormonas y predispone a la
homosexualidad (parece que “el agua afecta al eje hormonal y por eso en las grandes ciudades hay un auge de personas LGTB”), o que tomar el sol ayuda a que cuelgue menos la
piel de los brazos o que la leche de avena puede estar detrás de los paros
cardíacos… Basta con dejar un segundo, por distracción, la vista en una
historia de Instagram, sobre la caída de pelo, por ejemplo, para que aparezca
un tropel de incautos ofreciendo remedios baratos contra la alopecia. Algunas
de estas cuentas no son tan zafias, claro, inventan estudios y desarrollan
complejas explicaciones que las hacen más creíbles. Ya no sabemos si es peor
comer pan de trigo con todo su gluten o salmón de piscifactoría con toda su
grasa y “metales pesados, sustancias
químicas tóxicas, microplásticos, antibióticos, piojos e incluso formaldehído”.
Me gustaría saber cómo se defendería ahora el mismísimo Descartes con su duda metódica para descubrir la verdad ante tanto estudio falso, noticia falsa, foto falsa. No sé si estamos perdidos todavía, pero desconfiar de la ciencia a favor de la fe en cualquier remedio disparatado produce bastante desconcierto. Nadie que se asome a las redes está libre de un momento de débil credulidad. Como dejó escrito J. César, «Fere libenter homines, id quod volunt, credunt» (Los hombres creen gustosamente aquello que desean).