sábado, 25 de abril de 2026

Inefable


 Que las grandes compañías se crean capaces de conocer los gustos del público para convertirlo en cliente me parece una fanfarronería. Por mucho que el algoritmo se empeñe en emparejar a dos personas o en ofrecernos una película que nos gustará o una canción que añadir a nuestra lista de favoritos, está claro que hay algo más que escapa a estos acoplamientos forzados. Me pueden gustar una película coreana,  una comedia romántica o una serie noruega por una serie de motivos que se escapan al cálculo. No se reduce al género o la nacionalidad como no funciona automáticamente presentar a dos personas y pensar que van a congeniar porque tengan las mismas aficiones o sean del mismo equipo de fútbol.

Nosotros hacemos de vez en cuando intercambio de casas y siempre nos ha ido muy bien, pero antes de la elección final se producen una serie de intercambios por escrito con la otra familia en la que va quedando claro si es la conveniente o no. No sabría decir qué, pero nos retratamos en las palabras que elegimos y en las que guardamos. Hasta ahora. Con las amistades pasa igual, más allá de la ideología y los gustos, hay una especie de química que surge o no. A veces sobre el papel una persona es aparentemente nuestra alma gemela y, sin embargo, al hablar con ella hay un no se sabe qué esencial para que la relación fructifique o quede huera. Me pasa igual con la música, en general detesto las ofertas que me hace Spotify basándose en lo que considera “mis gustos” mientras que a mí me basta con escuchar unos acordes o un verso para que una canción se me vuelva imprescindible. Me consta que con las aplicaciones de citas pasa algo parecido. Por mucho match que se haga a priori, es en el cara a cara donde se juega el partido. Contabilizar y reducir esas chispas que saltan o no es casi imposible. Sobre todo si hablamos de personas complejas, inquietas, que buscan algo más. Qué gusto esta diversidad, esta condición de inefables que nos permite seguir creyendo en el misterio.

miércoles, 22 de abril de 2026

`Dudas

 

Me defiendo a todas horas. De los bulos, de la manipulación, de la publicidad, de los “tienes que”, “nunca hagas” o “sabías que”. Es agotador. Ya éramos plastilina en manos de publicistas volcados en convencernos de todo lo que necesitábamos, cuando aparecieron los “influencers” y “creadores de contenido” para asustarnos con todo lo que hacemos mal y empezaron a ofrecer productos caseros milagrosos para arreglarnos la vida. Allí donde haya un temor, una inseguridad, un complejo, habrá una caterva de listos preparados para monetizar nuestro miedo y crear alarma.

 Puestos a que me convenzan, la verdad es que prefiero la otra publicidad, esmerada y estudiada que, al menos, intenta convencer con cierto estilo, pero esta grosería burda capaz de decir sin pestañear que tengamos cuidado con el agua del grifo porque altera las hormonas y predispone a la homosexualidad (parece que “el agua afecta al eje hormonal y por eso en las grandes ciudades hay un auge de personas LGTB”), o que tomar el sol ayuda a que cuelgue menos la piel de los brazos o que la leche de avena puede estar detrás de los paros cardíacos… Basta con dejar un segundo, por distracción, la vista en una historia de Instagram, sobre la caída de pelo, por ejemplo, para que aparezca un tropel de incautos ofreciendo remedios baratos contra la alopecia. Algunas de estas cuentas no son tan zafias, claro, inventan estudios y desarrollan complejas explicaciones que las hacen más creíbles. Ya no sabemos si es peor comer pan de trigo con todo su gluten o salmón de piscifactoría con toda su grasa y “metales pesados, sustancias químicas tóxicas, microplásticos, antibióticos, piojos e incluso formaldehído”.

Me gustaría saber cómo se defendería ahora el mismísimo Descartes con su duda metódica para descubrir la verdad ante tanto estudio falso, noticia falsa, foto falsa. No sé si estamos perdidos todavía, pero desconfiar de la ciencia a favor de la fe en cualquier remedio disparatado produce bastante desconcierto. Nadie que se asome a las redes está libre de un momento de débil credulidad. Como dejó escrito J. César, «Fere libenter homines, id quod volunt, credunt» (Los hombres creen gustosamente aquello que desean).