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sábado, 18 de enero de 2025

El río que nos lleva

 Ahora que los libros estorban en las casas, que ni siquiera los aceptan en las bibliotecas o los mercadillos de segunda mano, es habitual repasar las estanterías para aligerarlas. Al menos, me pasa a mí, resignada a que me provoquen alergia los ácaros que acumulan entre sus páginas. En una de estas me encontré el otro día con una novela que nunca había leído, El río que nos lleva, de José Luis Sampedro. Y me fascinó. El argumento se centra en la labor de los gancheros, oficio ya desaparecido que ejercían quienes dirigían la maderada río abajo. En este caso transportaban los troncos subidos sobre ellos a través del Tajo hasta desembocar en la vega de Aranjuez en los años 40. Contado así, puede parecer un libro costumbrista, curioso sin más, pero la maestría con que está escrito y, especialmente, la acertadísima metáfora de la vida que encierra y que vamos descubriendo al avanzar las páginas, hacen de él un libro imprescindible.

Los acontecimientos se deslizan como los troncos en la corriente, avanzan irremediablemente ofreciendo remansos como cuando se detiene en una modesta celebración y dice: “en una pobre casa de unos pequeños montes de un pequeño país de un pequeño planeta, unas cuantas pobres vidas entre millones de vidas asaltaron el centro del mundo y lo conquistaron durante un fugitivo instante con su júbilo sin reservas”. El protagonista se pregunta si su distanciamiento “es casi una envidia de no ser también violento, elemental, inmediato, recio leño para la hoguera de la vida“. Pero “La vida no avisa”(...) En el abandono plácido del final del trayecto, un último giro. “Nadie recordaba que el paraíso esconde la serpiente, que la confianza llama al peligro. (…) Nadie pensaba que la sombra y la humedad encubrían la trampa, servían para disminuir la exasperación y la vigilancia. Cuando se dieron cuenta, estaban ya inexorablemente atrapados por el fuego destructor”. Y avanzan con las aguas hasta que “el río se despeñó llevándoselo en su torbellino hacia la corriente impetuosa, un instante detenida como para recobrar el aliento, antes de seguir adelante con mayor violencia”. Sencilla manera de entender la vida, el río que nos lleva.

Turbotemporalidad

 

Decía Baudelaire que, de entre todas las fieras, el monstruo más inmundo, el que se tragaría el mundo de un bostezo infinito, es el tedio, ese “monstruo delicado” que nos llena los ojos de llanto involuntario. El poeta maldito se adelantó así a su tiempo localizando uno de los males que nos aquejan, el temor a un mundo monótono, a un desierto de tedio.

Las sociedades modernas, cuando cubren sus necesidades básicas, necesitan llenar de actividad el tiempo de ocio para no caer en este mal. José Carlos Ruíz, profesor de Filosofía en la Universidad de Córdoba, colaborador de la Cadena Ser los viernes, con su sección “Más Platón y menos WhatsApp”, acuñó el término “turbotemporalidad” para hablar de una enfermedad que yo creo que sería la contraria al tedio de Baudelaire, la provocada por la aceleración, el vivir en una constante prisa que necesita de más y más estímulos y que hace que se ensanche el presente, que pierda vigencia el pasado y que apenas tengamos futuro a fuerza de adelantarlo. Ahora nada dura mucho, necesitamos hiperestimularnos, no sé si para evitar encontrarnos a solas con nosotros mismos, para huir de la tentación de pensar.

Parece que solo ante la desgracia, ya sea la inexorable de una catástrofe natural o la íntima de una enfermedad, una accidente… somos capaces de valorar la rutina con sus pequeños y ordenados gestos. El viernes pasado, ante el horror de las consecuencias de la terrible Dana, este filósofo decía que “la desgracia rompe lo establecido, el esquema mental de control de lo rutinario”. “Lo que dota de sentido gran parte de la vida de una persona es la rutina. Lo rutinario es la esencia de la construcción de la identidad”. Y sin embargo, solo en la desdicha, cuando se invierte el orden jerárquico de la vida, apreciamos lo que se tenía que haber abrazado, los pequeños gestos significativos que son los realmente nutrientes.

Ojalá no viviéramos tan alejados de nosotros mismos como para olvidar que la sustancia está en lo que somos a diario y no en lo que hacemos en esa desaforada búsqueda de la experiencia nueva que llene cualquier hueco vacío de actividad. Es de nuevo el “horror vacui” adaptado a nuestro tiempo.