sábado, 6 de junio de 2026

Cosas que no sé a dónde van


Un señor en el tren dormita con la montura de las gafas hacia abajo. Pienso tontamente si es la forma correcta de desconectar, dar la vuelta a las gafas para que no entre la realidad ni con los ojos cerrados.

Ya lo decía Shakespeare en su soneto 43: “Cuando cierro mis ojos es cuando mejor veo./ Todo el día mirando cosas sin ningún mérito.” O puede ser un ejercicio viral, como sacar 40 segundos la lengua para bajar el cortisol, la hormona del estrés. Tampoco sé qué pensar de los trabajos en las estaciones de El Puerto de Santa María y Puerto Real. En 8 meses tomando el cercanías cada semana, no he dejado de ver las escaleras mecánicas destripadas, a veces con mecánicos trabajando en ellas. Ayer mismo, había uno con un enorme ¿tornillo? en la mano mientras consultaba instrucciones en papel, como si montara un mueble de Ikea. Igualmente confieso mi incapacidad para entender el vestuario de las camareras en una reciente boda en Jerez. Llevaban sayos a media perna, gris claro, sin formas, apenas ceñidos por un delantal blanco y con una felpa a modo de cofia. Las uniformaba en la fealdad, como si alguien hubiese decidido quitarles la feminidad para volverlas invisibles. Ellos no se quedaban muy atrás con sus amplias chaquetillas años 40 de cuello de tirilla en verde botella, botones dorados… Y, por si faltara algo, las omnipresentes  “wedding planners” vestían unos vestidos marrones que recordaban a los hábitos de la Virgen del Carmen usados como promesa.

En fin, que estoy desconcertada y, quizás, un poco conspiranoica, pero el atuendo del personal de la boda me recordaba, como una broma de mal gusto, la separación de clases y el ejercicio de poder de “El cuento de la criada”; las interminables reparaciones en las escaleras mecánicas me hacen pensar en la maniobra de Penélope en su telar, que tejía y destejía para no tener que elegir pretendiente… No sé si hay un plan para eternizar las reparaciones y así perpetuar la idea de que se trabaja para mejorar la vida del contribuyente… Tampoco sé si debo empezar a dormir con las gafas del revés y la lengua fuera.







sábado, 23 de mayo de 2026

Patios vacíos

 


Vaya por delante que me gusta la fiesta de los patios. Es un vibrante encuentro primaveral, una excusa perfecta para pasear por el centro, encontrar amigos y conocidos, tomar un vino… Suma encanto a la primavera. Pero asoma en estas últimas ediciones el polvo que se esconde bajo la alfombra. Es obvio que la fiesta ha cambiado, ya apenas queda rastro de aquellos primeros patios populares del Barrio Alto.
En este mismo periódico se daba cuenta, en el artículo “Antropólogos entre macetas”, de la recepción en el Palacio de Araníbar a un grupo de miembros de ASANA. En él se señalaba que los “patios no son únicamente arquitectura. Son una forma de organizar la convivencia. Un pequeño ecosistema humano. Allí se habla, se descansa, se discute de política, se comenta el calor, se intercambian recetas, se vigila discretamente la vida ajena y se construye esa red invisible que convierte a un grupo de vecinos en algo parecido a una colectividad.” Tras la recepción, tuvo lugar un recorrido por algunos de estos patios en los que supongo que comprobarían que ese espacio semiprivado de la vecindad, más íntimo que una plaza pública, ahora no cumple su función. Entre otras cosas porque quienes viven allí ya no son vecinos sino turistas esporádicos. Los patios que se muestran últimamente pertenecen a instituciones, negocios o apartamentos turísticos. Magníficos todos ellos, arreglados y restaurados con mucho gusto, pero despiertan el temor de qué pasará con el centro cuando El Puerto pase de moda y estos pequeños apartamentos turísticos acaben vacíos. Ya no quedará ni rastro de la vida vecinal sino que probablemente presente el aspecto desamparado que ya tiene el centro de otras ciudades. Porque si no se viven, si no las habitan vecinos que salen y entran al trabajo, a llevar a sus hijos al cole, a dar un paseo, a comprar el pan o la fruta en la tienda del barrio, las ciudades dejan de ser lugares vivos y se convierten en parques temáticos fantasmales de los que desaparece cualquier esencia. Así que, por mi parte, sí a la fiesta de los patios, pero ojo con no diseñar un plan viable para que la ciudad no muera, que es lo que pasará cuando los vecinos acaben por abandonar el centro.

Paisaje en la retina

No sé vosotros, pero mi retina guarda un paisaje recurrente del que apenas soy consciente hasta que cada año vuelve la primavera y con ella otra vez la luz, los campos revestidos de fiesta y de promesa. En esta ocasión, después de tantas lluvias, la explosión fue aún más espectacular. Cualquier cuneta, cualquier rendija en la acera o la pared, despertaron hierbas de verdes amarillos y flores menudas, altivas y coquetas. Se llenó de vida el campo, recargó las pilas que los días cortos habían ido desgastando, ofrecieron una falsa promesa de eternidad y juventud que volverá a desmentir el calor del verano.

Paseo cerca de casa con nuestra Malta, entro en la duna, en los eucaliptales casi inaccesibles por la euforia de las retamas, margaritas, malvas…. Una competencia por el espacio que cierra el paso con un festival de perfumes. Los hinojos se crecen con una frescura altanera, elegante. No puedo evitar alargar la mano y arrancar su olor. Un perfume vivo que me lleva siempre a la infancia en Jaén, a la familia, los paseos de domingo por el campo, la Peña, el río. El hinojo siempre refrescante con su toque a anís que mi madre se llevaba a la boca para burlar la sed; la búsqueda de espárragos trigueros que entusiasmaba a mi padre; las ensoñaciones infantiles con las amigas deteniéndonos en cada flor; la competencia ilusionada por conseguir el ramillete más hermoso; la decepción al comprobar que hasta las flores encierran un engaño ¡Mira qué bonita! No, esa no la cojas que es un ajoporro, ya verás qué peste te echan las manos.

Periquitos, espigas silvestres que separábamos y volvíamos a montar para hacerlas saltar en la palma de la mano; conejitos de colores que se apretaban en la mandíbula de la flor para abrirles la boca; espiguillas en racimos que se lanzaban al jersey de quien estuviera delante para saber cuántos novios tenía… Nazarenos, amapolas y jaramagos. Pero eso lo aprendí más tarde, de pequeña siempre “jamargos”.

Ahora que el mundo silvestre empieza de nuevo a secarse, el paisaje de mi retina es una temprana primavera de hierbas altas entre amapolas y jamargos, juegos sin fin con mis hermanos, custodiados por la sólida sombra de los olivos centenarios.

 

sábado, 25 de abril de 2026

Inefable


 Que las grandes compañías se crean capaces de conocer los gustos del público para convertirlo en cliente me parece una fanfarronería. Por mucho que el algoritmo se empeñe en emparejar a dos personas o en ofrecernos una película que nos gustará o una canción que añadir a nuestra lista de favoritos, está claro que hay algo más que escapa a estos acoplamientos forzados. Me pueden gustar una película coreana,  una comedia romántica o una serie noruega por una serie de motivos que se escapan al cálculo. No se reduce al género o la nacionalidad como no funciona automáticamente presentar a dos personas y pensar que van a congeniar porque tengan las mismas aficiones o sean del mismo equipo de fútbol.

Nosotros hacemos de vez en cuando intercambio de casas y siempre nos ha ido muy bien, pero antes de la elección final se producen una serie de intercambios por escrito con la otra familia en la que va quedando claro si es la conveniente o no. No sabría decir qué, pero nos retratamos en las palabras que elegimos y en las que guardamos. Hasta ahora. Con las amistades pasa igual, más allá de la ideología y los gustos, hay una especie de química que surge o no. A veces sobre el papel una persona es aparentemente nuestra alma gemela y, sin embargo, al hablar con ella hay un no se sabe qué esencial para que la relación fructifique o quede huera. Me pasa igual con la música, en general detesto las ofertas que me hace Spotify basándose en lo que considera “mis gustos” mientras que a mí me basta con escuchar unos acordes o un verso para que una canción se me vuelva imprescindible. Me consta que con las aplicaciones de citas pasa algo parecido. Por mucho match que se haga a priori, es en el cara a cara donde se juega el partido. Contabilizar y reducir esas chispas que saltan o no es casi imposible. Sobre todo si hablamos de personas complejas, inquietas, que buscan algo más. Qué gusto esta diversidad, esta condición de inefables que nos permite seguir creyendo en el misterio.

miércoles, 22 de abril de 2026

`Dudas

 

Me defiendo a todas horas. De los bulos, de la manipulación, de la publicidad, de los “tienes que”, “nunca hagas” o “sabías que”. Es agotador. Ya éramos plastilina en manos de publicistas volcados en convencernos de todo lo que necesitábamos, cuando aparecieron los “influencers” y “creadores de contenido” para asustarnos con todo lo que hacemos mal y empezaron a ofrecer productos caseros milagrosos para arreglarnos la vida. Allí donde haya un temor, una inseguridad, un complejo, habrá una caterva de listos preparados para monetizar nuestro miedo y crear alarma.

 Puestos a que me convenzan, la verdad es que prefiero la otra publicidad, esmerada y estudiada que, al menos, intenta convencer con cierto estilo, pero esta grosería burda capaz de decir sin pestañear que tengamos cuidado con el agua del grifo porque altera las hormonas y predispone a la homosexualidad (parece que “el agua afecta al eje hormonal y por eso en las grandes ciudades hay un auge de personas LGTB”), o que tomar el sol ayuda a que cuelgue menos la piel de los brazos o que la leche de avena puede estar detrás de los paros cardíacos… Basta con dejar un segundo, por distracción, la vista en una historia de Instagram, sobre la caída de pelo, por ejemplo, para que aparezca un tropel de incautos ofreciendo remedios baratos contra la alopecia. Algunas de estas cuentas no son tan zafias, claro, inventan estudios y desarrollan complejas explicaciones que las hacen más creíbles. Ya no sabemos si es peor comer pan de trigo con todo su gluten o salmón de piscifactoría con toda su grasa y “metales pesados, sustancias químicas tóxicas, microplásticos, antibióticos, piojos e incluso formaldehído”.

Me gustaría saber cómo se defendería ahora el mismísimo Descartes con su duda metódica para descubrir la verdad ante tanto estudio falso, noticia falsa, foto falsa. No sé si estamos perdidos todavía, pero desconfiar de la ciencia a favor de la fe en cualquier remedio disparatado produce bastante desconcierto. Nadie que se asome a las redes está libre de un momento de débil credulidad. Como dejó escrito J. César, «Fere libenter homines, id quod volunt, credunt» (Los hombres creen gustosamente aquello que desean).



sábado, 28 de marzo de 2026

Sentidos y sensibilidad

 

Los findes de cuaresma en Andalucía son un aperitivo de la Semana Santa. Actos cofrades, presentación de carteles, olor a incienso, torrijas. Todo cabe en las calles de El Puerto, como en las de Jerez o las de Sevilla. Es posible salir en bicicleta, disfrutar de los esteros revestidos de primavera, a reventar de flores y aves; volver a casa atravesando el centro y parar la bici para dejar pasar un ensayo procesional. En Jerez, hace ya varios sábados que, todavía de carnavales en Cádiz, con las entradas para un espectáculo flamenco en el bolsillo, nos cruzamos con el pasacalles de la estupenda banda de Las Cigarreras. El centro de Sevilla hace unos días era un hervidero de turistas, ya en chanclas, brazos al aire y móvil inquieto, que se mezclaba con los cofrades que hacían sus últimas compras, incienso, capirotes a medida, trajes de chaqueta…, al tiempo que los feriantes adelantaban las suyas. Trajes de gitana, flores, pendientes, mantoncillos… Una explosión de colores, olores y música. Cada loco con su tema sí, pero qué gusto la variedad, qué lujo poder elegir, pasear disfrutando de la preciosa Sevilla en primavera, tropezar con la Agrupación musical de la Encarnación de concierto por las calles y luego, gratis, en el precioso patio del Círculo mercantil de Sierpes. No entiendo a los detractores como no entiendo a los seguidores fanáticos y exclusivistas. Me encanta este cruce de expresiones  culturales que permite la embriaguez de los cinco sentidos ante tanta oferta. Morado de penitencia, rojo buganvilla, incienso de vainilla, azahar, torrijas, fino, tambores y trompetas, “En las tinieblas de mis dudas”, sevillanas, pitos de carnaval, castañuelas… Bienvenidas sean todas las celebraciones que dan vida a la vida, que hacen que nos agarremos a ella y nos olvidemos a ratos de lo que va mal. No veo la necesidad de elegir entre estas fiestas sensoriales. Cada uno que crea en lo que quiera y en las calles respeto, por favor, mucho respeto, que hay sitio para todo.

Banalidades

 

No me gusta limpiar el polvo. Me parece la tarea doméstica más inútil y desesperante de todas, una batalla perdida de antemano. El polvo se posa en lo inaccesible, un rincón, detrás de la vitrina, en la rendija entre el aparador y la pared… Por mucho empeño que ponga, en la casa siempre hay polvo que se deja caer en cuanto me doy media vuelta. Si ya de por sí esta tarea me resultaba antipática, una carga difícil de sobrellevar, ahora me gusta todavía menos desde que me di cuenta de que es, además, un reflejo del paso del tiempo. Funciona como un reloj de arena constante e implacable, se ríe de mí. Tú limpia, esfuérzate en dejarlo todo lustroso, déjame despejada la superficie que enseguida estoy ahí. Es como si mantuviera un pulso sabiendo de antemano que voy a perder, una síntesis de la vida vivida a espaldas del inevitable final gracias a la falsa creencia de que nuestros pasos sirven para algo. Sin embargo, ni lo pequeño ni las grandes gestas tienen mayor trascendencia. Lo vimos durante el confinamiento, en cuanto el ser humano dejaba de enredar por algún sitio, la naturaleza lo ocupaba y lo volvía a hacer suyo. Lo recuerdan las antiguas civilizaciones tragadas por aludes de tierra, volcanes, desprendimientos, la selva o el mar. Troya, Pompeya, Tikal… Y, sin embargo, cuando la angustia de la actualidad internacional me atrapa, uno de los pocos alivios que me funcionan es volverme hacia el detalle, los pequeños gestos donde, al menos durante unos instantes, soy yo quien controla. Desatascar un lavabo, arreglar un trastero, recoger la cocina. Como si lo insignificante ayudara a sostener el equilibrio del mundo. Controlar lo banal cuando se tiene la certeza de que no hay acceso a lo relevante. Limpiar el polvo mejor no, al menos por ahora. Pero lo he traducido a mi manera y he aprendido hace tiempo que pintar una acuarela, tomarme un oloroso en una tasca, observar a la gente mientras pasea al perro ayuda a olvidar el suplicio de contemplar hacia dónde va el mundo. A los grandes no les importa, pero lo que la gente de a pie queremos es eso, que nos dejen vivir en paz peleándonos con el polvo, tomando un café al sol o abrazando a los amigos.