miércoles, 22 de abril de 2026

`Dudas

 

Me defiendo a todas horas. De los bulos, de la manipulación, de la publicidad, de los “tienes que”, “nunca hagas” o “sabías que”. Es agotador. Ya éramos plastilina en manos de publicistas volcados en convencernos de todo lo que necesitábamos, cuando aparecieron los “influencers” y “creadores de contenido” para asustarnos con todo lo que hacemos mal y empezaron a ofrecer productos caseros milagrosos para arreglarnos la vida. Allí donde haya un temor, una inseguridad, un complejo, habrá una caterva de listos preparados para monetizar nuestro miedo y crear alarma.

 Puestos a que me convenzan, la verdad es que prefiero la otra publicidad, esmerada y estudiada que, al menos, intenta convencer con cierto estilo, pero esta grosería burda capaz de decir sin pestañear que tengamos cuidado con el agua del grifo porque altera las hormonas y predispone a la homosexualidad (parece que “el agua afecta al eje hormonal y por eso en las grandes ciudades hay un auge de personas LGTB”), o que tomar el sol ayuda a que cuelgue menos la piel de los brazos o que la leche de avena puede estar detrás de los paros cardíacos… Basta con dejar un segundo, por distracción, la vista en una historia de Instagram, sobre la caída de pelo, por ejemplo, para que aparezca un tropel de incautos ofreciendo remedios baratos contra la alopecia. Algunas de estas cuentas no son tan zafias, claro, inventan estudios y desarrollan complejas explicaciones que las hacen más creíbles. Ya no sabemos si es peor comer pan de trigo con todo su gluten o salmón de piscifactoría con toda su grasa y “metales pesados, sustancias químicas tóxicas, microplásticos, antibióticos, piojos e incluso formaldehído”.

Me gustaría saber cómo se defendería ahora el mismísimo Descartes con su duda metódica para descubrir la verdad ante tanto estudio falso, noticia falsa, foto falsa. No sé si estamos perdidos todavía, pero desconfiar de la ciencia a favor de la fe en cualquier remedio disparatado produce bastante desconcierto. Nadie que se asome a las redes está libre de un momento de débil credulidad. Como dejó escrito J. César, «Fere libenter homines, id quod volunt, credunt» (Los hombres creen gustosamente aquello que desean).



sábado, 28 de marzo de 2026

Sentidos y sensibilidad

 

Los findes de cuaresma en Andalucía son un aperitivo de la Semana Santa. Actos cofrades, presentación de carteles, olor a incienso, torrijas. Todo cabe en las calles de El Puerto, como en las de Jerez o las de Sevilla. Es posible salir en bicicleta, disfrutar de los esteros revestidos de primavera, a reventar de flores y aves; volver a casa atravesando el centro y parar la bici para dejar pasar un ensayo procesional. En Jerez, hace ya varios sábados que, todavía de carnavales en Cádiz, con las entradas para un espectáculo flamenco en el bolsillo, nos cruzamos con el pasacalles de la estupenda banda de Las Cigarreras. El centro de Sevilla hace unos días era un hervidero de turistas, ya en chanclas, brazos al aire y móvil inquieto, que se mezclaba con los cofrades que hacían sus últimas compras, incienso, capirotes a medida, trajes de chaqueta…, al tiempo que los feriantes adelantaban las suyas. Trajes de gitana, flores, pendientes, mantoncillos… Una explosión de colores, olores y música. Cada loco con su tema sí, pero qué gusto la variedad, qué lujo poder elegir, pasear disfrutando de la preciosa Sevilla en primavera, tropezar con la Agrupación musical de la Encarnación de concierto por las calles y luego, gratis, en el precioso patio del Círculo mercantil de Sierpes. No entiendo a los detractores como no entiendo a los seguidores fanáticos y exclusivistas. Me encanta este cruce de expresiones  culturales que permite la embriaguez de los cinco sentidos ante tanta oferta. Morado de penitencia, rojo buganvilla, incienso de vainilla, azahar, torrijas, fino, tambores y trompetas, “En las tinieblas de mis dudas”, sevillanas, pitos de carnaval, castañuelas… Bienvenidas sean todas las celebraciones que dan vida a la vida, que hacen que nos agarremos a ella y nos olvidemos a ratos de lo que va mal. No veo la necesidad de elegir entre estas fiestas sensoriales. Cada uno que crea en lo que quiera y en las calles respeto, por favor, mucho respeto, que hay sitio para todo.

Banalidades

 

No me gusta limpiar el polvo. Me parece la tarea doméstica más inútil y desesperante de todas, una batalla perdida de antemano. El polvo se posa en lo inaccesible, un rincón, detrás de la vitrina, en la rendija entre el aparador y la pared… Por mucho empeño que ponga, en la casa siempre hay polvo que se deja caer en cuanto me doy media vuelta. Si ya de por sí esta tarea me resultaba antipática, una carga difícil de sobrellevar, ahora me gusta todavía menos desde que me di cuenta de que es, además, un reflejo del paso del tiempo. Funciona como un reloj de arena constante e implacable, se ríe de mí. Tú limpia, esfuérzate en dejarlo todo lustroso, déjame despejada la superficie que enseguida estoy ahí. Es como si mantuviera un pulso sabiendo de antemano que voy a perder, una síntesis de la vida vivida a espaldas del inevitable final gracias a la falsa creencia de que nuestros pasos sirven para algo. Sin embargo, ni lo pequeño ni las grandes gestas tienen mayor trascendencia. Lo vimos durante el confinamiento, en cuanto el ser humano dejaba de enredar por algún sitio, la naturaleza lo ocupaba y lo volvía a hacer suyo. Lo recuerdan las antiguas civilizaciones tragadas por aludes de tierra, volcanes, desprendimientos, la selva o el mar. Troya, Pompeya, Tikal… Y, sin embargo, cuando la angustia de la actualidad internacional me atrapa, uno de los pocos alivios que me funcionan es volverme hacia el detalle, los pequeños gestos donde, al menos durante unos instantes, soy yo quien controla. Desatascar un lavabo, arreglar un trastero, recoger la cocina. Como si lo insignificante ayudara a sostener el equilibrio del mundo. Controlar lo banal cuando se tiene la certeza de que no hay acceso a lo relevante. Limpiar el polvo mejor no, al menos por ahora. Pero lo he traducido a mi manera y he aprendido hace tiempo que pintar una acuarela, tomarme un oloroso en una tasca, observar a la gente mientras pasea al perro ayuda a olvidar el suplicio de contemplar hacia dónde va el mundo. A los grandes no les importa, pero lo que la gente de a pie queremos es eso, que nos dejen vivir en paz peleándonos con el polvo, tomando un café al sol o abrazando a los amigos.

sábado, 28 de febrero de 2026

Miradas

Nunca lo había comentado, pero al leer una columna de Irene Vallejo titulada “Amores flemáticos” he encontrado  respaldo a algo que he pensado siempre.  Decía el texto: “Podemos enamorarnos de repente, por los motivos más menudos y nimios, con insensata euforia. El acento de una voz que nos habla por teléfono, una silueta apenas vislumbrada en la ventana, la promesa de una prenda de ropa que baila al son del viento en un tendedero, el sonido de unos pasos en la noche. Nuestra ilusión se aferra a cualquier brizna de oportunidad, como la hierba tenaz que brota en las grietas del asfalto“. Siempre he creído en el amor, momentáneo, instantáneo, intrascendente, pero sin duda amor, que tiene lugar unos instantes escuchando a un apasionado conferenciante o a un buen músico desde las primeras filas. Saltan chispas en el cruce de miradas que se encuentran y se apoyan, enganchadas en una intensidad efímera en la que el entendimiento parece perfecto aunque no se esperen más consecuencias una vez acabado el acto. Me ha pasado incluso en carnaval ante alguna chirigota ilegal. Es inevitable que quien emite su mensaje busque apoyo en un atento interlocutor concreto. Dura solo unos minutos, pero esa entrega en lo que se habla o canta se focaliza con pasión agradecida hacia quien sabe escuchar. Estoy convencida de que a Garcilaso de la Vega le pasó algo así cuando con motivo de la boda de Carlos I conoció a Isabel Freyre, la destinataria de sus platónicos sonetos amorosos. Parece que nunca hubo entre ellos otra cosa que miradas,  pero fueron uno de los ejes de su poesía: “Por sol tengo solo vuestra vista/ la cual a quien no inflama o no conquista/ con su mirar, es de sentido fuera”. “De aquella vista pura y excelente/ salen espíritus vivos y encendidos/ y siendo por mis ojos recibidos /me pasan hasta donde el mal se siente”. Bueno, quizás él exageró un poco al decir eso de “yo soy de lejos inflamado/ de vuestra ardiente vista, y encendido/ tanto, que en vida me sostengo apenas”, pero me sirve como alegato a la mirada, comunicación directa, sin filtros, en estos tiempos de pantallas interpuestas. Después, como dijo otro poeta “fuese y no hubo nada”. Chispas fugaces que son vida.

sábado, 14 de febrero de 2026

Páginas húmedas

 

Estoy leyendo “Los gozos y las sombras”, la magnífica trilogía de Gonzalo Torrente Ballester que TVE convirtió en los 80 en una serie muy exitosa. Fue antes de la llegada de las cadenas privadas, cuando todavía se veía la tele en familia y la carnaza de los “reality” aún no había cambiado el gusto de los telespectadores. Por eso mi generación la recuerda y la asocia, por cierto, a Charo López, inmensa y sensual. Pero no les cuento esto para recomendar su lectura, que también, sino porque desde que empecé la novela todos los días llueve, dentro y fuera de ella. Miro por la ventana con la esperanza de que el sol asome un ratito y vuelvo pronto al libro, tan gallego que llueve en cada página. “Una lluvia gorda, incansable”, “llovía fuerte y las losas bajo los soportales estaban húmedas, pisoteadas”, ”unos críos se perseguían chillando bajo la lluvia” o se cuela el omnipresente orvallo “caía una lluvia fina, dulce, sin viento”, “sintió sobre la cabeza la lluvia menuda”. Los personajes no hacen caso, se echan a los caminos, cruzan plazas, se protegen con un paraguas, un manto o un saco por encima y hacen lo que tengan que hacer.  “Cruzó por encima del barro y de los charcos”,  “sacudía sobre sus cabellos gotas frías de lluvia”. Aquí, poco acostumbrada a tanta lluvia, me confino e invento mil maneras de entretenerme en casa hasta que, con agua o sin ella, salgo a dar un paseo y disfruto de la playa sola, de los pinares chorreantes, de los trebolares  pringosos. Aunque en esta ocasión está lloviendo de más, reconozco que me gusta esta posibilidad de recogerme, de hibernar antes de la llegada del calor. Pongo poco la tele, leo titulares por encima, me dosifico la radio para que la dolorosa actualidad no altere la paz de la lluvia y la novela.  Absurdamente confío en que el final de las más de mil páginas lo sea también de esta lluvia demoledora y me preparo para el aporreo de las noticias en mi puerta. Ojalá la lluvia arrastrase a su paso muchos de los males que acechan nuestra convulsa actualidad.

Frágil

Despierto, subo la persiana del baño y me asomo a la noche todavía soñolienta antes del primer albor. El frío se ha sustituido por la niebla, el viento se amansa, pero la humedad sigue impregnándolo todo. Los toldos, desubicados, chorrean con una constancia ajena y a los cristales se les pega una pringue que emborrona. El sol se ha vuelto tímido incluso en el sur,  hace de vez en cuando intentos de asomarse pero se topa últimamente con una neblina turbia que pone velo a su luz. En las calles no se habla de otra cosa que de la lluvia, de la necesidad de pasear al sol de invierno antes de que se vuelva brusco e implacable. A primera hora las tiendas permanecen vacías, hay menos gente en los gimnasios y quienes pasean a sus perros lo hacen tan cubiertos de ropa que apenas se pueden distinguir a sí mismos. Las noticias, conscientes de la expectación que provocan ahora sus pronósticos, tras hablar de nuevas borrascas, anticipan la esperanza de un fin de semana soleado. En el vestuario, la charla vacía con señoras que no conozco se vuelve seria al reconocer que nos movemos en un bucle de queja sin sentido. Malhumor por la falta de luz, incomodidad por el infantilismo egoísta de quejarnos de la lluvia, culpa y, aún así, crispación enfangada. Se nos cuela el fastidio de sabernos a expensas de tan poca cosa. Esta mañana me agarro a la poesía apoyada en el descubrimiento reciente de Carmen Amores, una filóloga de Barbate que se vale de las redes sociales para hablar de lectura sin matizar su precioso ceceo (gracias a mi amigo Antonio por descubrírmela). Les comparto el comienzo de su “Inventario del primer gesto”: Empiezo siempre por las cosas pequeñas, una taza con una grieta exacta que mi dedo busca sin pensarlo, el sonido del ascensor cuando duda antes de subir, el orden preciso de los objetos que me tranquiliza aunque no sepa explicarlo. Comenzar para mí es notar que algo se ha movido por dentro antes de que tenga palabra. Yo acabo de cerrar la novela en la que no paraba de llover, ando en busca de un comienzo, confío en que el prometido sol ponga en marcha el engranaje y pacto conmigo misma recomponerme una piel menos permeable al tiempo. Me hace frágil.

miércoles, 28 de enero de 2026

Máscara

 

Me he cruzado por la calle con un antiguo alumno, aún en secundaria, bajito para su edad, lejos todavía del estirón. Me sorprendió verlo entre sus familiares tomando un helado. Parecía mucho más infantil de lo que lo recuerdo en clase, chispeante, rápido, divertido, líder indiscutible, muy lejos de este chico que ajustaba el paso al de su padre. No era el mismo. Pero supongo que nos pasa a todos, seres adaptativos con múltiples facetas. A veces pensamos que solo los actores tienen la oportunidad de vivir múltiples vidas. Nos sorprende incluso descubrir que fuera de las tablas se desenvuelve con timidez quien es capaz de actuar de forma vociferante, agresiva e incluso grosera. Todos somos actores y actrices de nuestras vidas, aunque no siempre seamos conscientes. En clase, en el trabajo, somos otros. El calladito en clase para no llamar la atención puede saltar a los brazos de su profesora como un niño pequeño si se la cruza en vacaciones. Y está claro que la profesora dura, exigente y disciplinada puede ser muy divertida en la sala de profesores o cuando va de copas con sus amigos. Confieso haberme sorprendido cuando en alguna ocasión me he dado cuenta de que la jefa desagradable y antipática de la que me hablaban era la misma persona encantadora que conocía a través de otros amigos. Todos hacemos teatro de forma consciente o no. Es supervivencia. Nos adaptamos a diferentes situaciones usando diferentes herramientas. Los griegos lo sabían muy bien, recordemos que la propia palabra “persona” significaba “máscara del actor”. Trabajo, familia, amigos, extraescolares… son oportunidades para ofrecer facetas distintas de nuestro yo. No es falsedad o hipocresía, es más bien, inteligencia emocional o cintura. Es incluso un derecho, una puerta abierta a la libertad. La rigidez compacta de carácter y de pensamiento me asusta. Debe de resultar agotadora. Y bastante insoportable, por cierto.