Las palabras que me agarran
sábado, 28 de febrero de 2026
Miradas
sábado, 14 de febrero de 2026
Páginas húmedas
Estoy leyendo “Los gozos y las sombras”, la magnífica trilogía de Gonzalo Torrente Ballester que TVE convirtió en los 80 en una serie muy exitosa. Fue antes de la llegada de las cadenas privadas, cuando todavía se veía la tele en familia y la carnaza de los “reality” aún no había cambiado el gusto de los telespectadores. Por eso mi generación la recuerda y la asocia, por cierto, a Charo López, inmensa y sensual. Pero no les cuento esto para recomendar su lectura, que también, sino porque desde que empecé la novela todos los días llueve, dentro y fuera de ella. Miro por la ventana con la esperanza de que el sol asome un ratito y vuelvo pronto al libro, tan gallego que llueve en cada página. “Una lluvia gorda, incansable”, “llovía fuerte y las losas bajo los soportales estaban húmedas, pisoteadas”, ”unos críos se perseguían chillando bajo la lluvia” o se cuela el omnipresente orvallo “caía una lluvia fina, dulce, sin viento”, “sintió sobre la cabeza la lluvia menuda”. Los personajes no hacen caso, se echan a los caminos, cruzan plazas, se protegen con un paraguas, un manto o un saco por encima y hacen lo que tengan que hacer. “Cruzó por encima del barro y de los charcos”, “sacudía sobre sus cabellos gotas frías de lluvia”. Aquí, poco acostumbrada a tanta lluvia, me confino e invento mil maneras de entretenerme en casa hasta que, con agua o sin ella, salgo a dar un paseo y disfruto de la playa sola, de los pinares chorreantes, de los trebolares pringosos. Aunque en esta ocasión está lloviendo de más, reconozco que me gusta esta posibilidad de recogerme, de hibernar antes de la llegada del calor. Pongo poco la tele, leo titulares por encima, me dosifico la radio para que la dolorosa actualidad no altere la paz de la lluvia y la novela. Absurdamente confío en que el final de las más de mil páginas lo sea también de esta lluvia demoledora y me preparo para el aporreo de las noticias en mi puerta. Ojalá la lluvia arrastrase a su paso muchos de los males que acechan nuestra convulsa actualidad.
Frágil
miércoles, 28 de enero de 2026
Máscara
Me he cruzado por la calle con un antiguo alumno, aún en secundaria, bajito para su edad, lejos todavía del estirón. Me sorprendió verlo entre sus familiares tomando un helado. Parecía mucho más infantil de lo que lo recuerdo en clase, chispeante, rápido, divertido, líder indiscutible, muy lejos de este chico que ajustaba el paso al de su padre. No era el mismo. Pero supongo que nos pasa a todos, seres adaptativos con múltiples facetas. A veces pensamos que solo los actores tienen la oportunidad de vivir múltiples vidas. Nos sorprende incluso descubrir que fuera de las tablas se desenvuelve con timidez quien es capaz de actuar de forma vociferante, agresiva e incluso grosera. Todos somos actores y actrices de nuestras vidas, aunque no siempre seamos conscientes. En clase, en el trabajo, somos otros. El calladito en clase para no llamar la atención puede saltar a los brazos de su profesora como un niño pequeño si se la cruza en vacaciones. Y está claro que la profesora dura, exigente y disciplinada puede ser muy divertida en la sala de profesores o cuando va de copas con sus amigos. Confieso haberme sorprendido cuando en alguna ocasión me he dado cuenta de que la jefa desagradable y antipática de la que me hablaban era la misma persona encantadora que conocía a través de otros amigos. Todos hacemos teatro de forma consciente o no. Es supervivencia. Nos adaptamos a diferentes situaciones usando diferentes herramientas. Los griegos lo sabían muy bien, recordemos que la propia palabra “persona” significaba “máscara del actor”. Trabajo, familia, amigos, extraescolares… son oportunidades para ofrecer facetas distintas de nuestro yo. No es falsedad o hipocresía, es más bien, inteligencia emocional o cintura. Es incluso un derecho, una puerta abierta a la libertad. La rigidez compacta de carácter y de pensamiento me asusta. Debe de resultar agotadora. Y bastante insoportable, por cierto.
Cambiar
Esta mañana hablaba con una
conocida de unos amigos comunes que son muy distintos política e ideológicamente
pero que se llevan muy bien. Ella sintetizaba el tema diciendo: “Sí, pero se
quieren y se respetan. Eso es lo importante, aceptar y respetar la diversidad”.
¡Qué simple y qué difícil! Cuántos de los problemas actuales se arreglarían con
solo poner en práctica esta fórmula cargada de sentido común. Me gustó tanto
que pensé que me lo pediría en el brindis de Año Nuevo, después de la salud y
la paz, claro. No es que yo crea realmente que el cambio de año nos vaya a
hacer mejores, pero estoy cansada de escuchar como un ritual los pronósticos,
casi siempre agoreros, para el año que entra.A mí lo que me gustaría en realidad es que dejáramos de quejarnos de lo mal que va todo y empezáramos a ocuparnos de que las cosas funcionaran mejor. No nos sirve la previsión de cuánto va a subir la vivienda este año, por ejemplo, si no exigimos a nuestra clase política que se tome en serio la cuestión y se ponga a regularla. Ni los estudios que detectan que las nuevas generaciones son ya cada vez más inquietas y dispersas por tener desde la cuna un móvil en la mano. Lo que habrá que hacer es conciliar los trabajos y mentalizar a las familias para que ocupen el tiempo que ahora no tienen en prestar atención de calidad a sus hijos e hijas, que dialoguen y jueguen con ellos. Ni nos sirve quejarnos de las terribles consecuencias del cambio climático si no estamos dispuestos a modificar nada nuestra forma de vida para no seguir deteriorando el planeta. También estoy ya harta de escuchar lo difícil que es para la juventud hoy día conseguir un empleo con un sueldo digno mientras nos vanagloriamos de lo barato y rápido que nos ha llegado un pedido que hemos hecho a China o al restaurante de la esquina porque lo único que hacemos es fomentar así millones de desplazamientos individuales y de empleos basura. En definitiva, que creo que nos quejamos demasiado, pero nos comportamos como seres caprichosos que no quieren ser molestados, que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Que no nos damos cuenta de que para conseguir realmente un cambio hay que arrimar el hombro.
viernes, 19 de diciembre de 2025
Ingenuidad
Ingenuidad
He tenido últimamente varios momentos de perplejidad al toparme con hombres que han sentido la necesidad imperiosa de evacuar y lo han hecho en la calle a plena luz del día, buscando apenas el parapeto de un cubo de basura o un matorral. Pero este martes me resultó más chocante de lo habitual que delante de un instituto, sobre las 2 de la tarde, un adulto con andares un poco extraños simplemente se parara, se bajara los pantalones hasta los tobillos de espaldas a la acera y se agachara sin más a hacer lo suyo. No estaría escribiendo esto si el hecho hubiera quedado ahí, pero apenas unos minutos más tarde este señor me adelantó mientras esperaba a que el semáforo cambiara para cruzar la calle y, sin mirar ni aguardar el momento adecuado, simplemente atravesó la carretera. Hubo suerte, inmediatamente el tráfico denso de la hora punta se detuvo sin que llegara a pasar nada, ni siquiera un roce. Nadie protestó, no hubo pitadas ni protestas por parte de los conductores, ni disculpas o gesto de agradecimiento por parte del peatón. Probablemente su chándal demasiado ligero para un día tan frío y el barrio al que se dirigía fueron suficientes para que entendiéramos que no cabía esperar otra cosa. Nos hemos acostumbrado a esta convivencia tácita, tratamos la marginalidad como si formara parte irremediable de nuestro entorno.
Pero no se me va de la cabeza. Estos días fríos y lluviosos previos a las fiestas navideñas con sus excesos, compras, lotería, luces y adornos, viajes... evidencian más que nunca lo desigual e injusto de nuestra sociedad, una forma de vida en estratos que se cruzan en un semáforo, en un andén. Apenas nos asombramos de que alguien se juegue la vida a cada paso, como si la drogadicción, la mala suerte, los errores… fueran suficientes para justificar la exclusión. Cada desgraciado culpable de su desgracia, cada enfermo de su enfermedad, cada loco de su locura, cada pobre de su pobreza. Como si fueran contingencias que no estuvieran al alcance de cualquiera. Como si para salir premiado en esta lotería de circunstancias adversas también fuera necesario comprar billete. ¡Qué ingenuidad!
Hacer y deshacer
Cuando termino un puzle, lo deshago. Antes me detengo a admirarlo completo unas horas, a veces unos días; paso la mano por la superficie lisa de piezas entrelazadas y luego busco bolsitas o cajas planas y pequeñas para ahorrarme, cuando decida montarlo de nuevo, el aburrido proceso de separación por colores. Ni me planteo pegarlo para exhibirlo más tarde como un trofeo. No me sirve mantenerlo unido, solo degusto el placer de la reconstrucción, de la búsqueda atenta de la pieza correcta. El proceso de guardar me resulta tedioso, desabrocho las piezas con cuidado para que no se rompan, pero no hay nada ilusionante en eso, como no lo hay en guardar la ropa tras una fiesta o los adornos de Navidad una vez pasados Reyes. Desmontar lo que se puso en pie con tanta ilusión deja un vacío feo, casi se palpa la desilusión del tempus fugit del arte barroco, que juntaba cuna y sepultura o pintaba una calavera al lado de los atributos del triunfo terrenal. Lo pienso ahora en este puente, normalmente antesala de las fiestas, cuando las familias montaban el Belén, empezaban a comprar los regalos y esperaban que, con suerte, se encendieran las luces en las calles. Ya no es así. Ahora la presión de las campañas publicitarias ha unido los Santos/Halloween con la Navidad y ha habido competencia en escaparates y tiendas entre los productos temáticos que se empujaban con prisa en las estanterías. Los Ayuntamientos se han sumado al adelanto compitiendo por quién tiene más luces y las enciende antes. Así que, llegadas estas fechas, ya hay un cierto empacho que le quita gracia al asunto. Bastante rápido pasa de por sí el tiempo como para acelerarlo en una vorágine por saltar a la siguiente casilla, juego de la oca en el que en realidad lo menos divertido es llegar a la casilla final.
En cualquier caso, monten o no el Belén, hagan o no un puzle
y sufran o no al guardar la ropa tras una fiesta, permítanse el gusto de
recoger despacio mientras impregnan lo que guardan con el gozo de haberlo
vivido y la esperanza de repetirlo como si fuera nuevo. Gozar, como decía
Góngora, antes de que se vuelva tierra,
humo, sombra, nada.




