Que las grandes compañías se crean capaces de conocer los gustos del público para convertirlo en cliente me parece una fanfarronería. Por mucho que el algoritmo se empeñe en emparejar a dos personas o en ofrecernos una película que nos gustará o una canción que añadir a nuestra lista de favoritos, está claro que hay algo más que escapa a estos acoplamientos forzados. Me pueden gustar una película coreana, una comedia romántica o una serie noruega por una serie de motivos que se escapan al cálculo. No se reduce al género o la nacionalidad como no funciona automáticamente presentar a dos personas y pensar que van a congeniar porque tengan las mismas aficiones o sean del mismo equipo de fútbol.
Nosotros hacemos de vez en cuando
intercambio de casas y siempre nos ha ido muy bien, pero antes de la elección
final se producen una serie de intercambios por escrito con la otra familia en
la que va quedando claro si es la conveniente o no. No sabría decir qué, pero
nos retratamos en las palabras que elegimos y en las que guardamos. Hasta
ahora. Con las amistades pasa igual, más allá de la ideología y los gustos, hay
una especie de química que surge o no. A veces sobre el papel una persona es
aparentemente nuestra alma gemela y, sin embargo, al hablar con ella hay un no
se sabe qué esencial para que la relación fructifique o quede huera. Me pasa
igual con la música, en general detesto las ofertas que me hace Spotify
basándose en lo que considera “mis gustos” mientras que a mí me basta con
escuchar unos acordes o un verso para que una canción se me vuelva
imprescindible. Me consta que con las aplicaciones de citas pasa algo parecido.
Por mucho match que se haga a priori,
es en el cara a cara donde se juega el partido. Contabilizar y reducir esas
chispas que saltan o no es casi imposible. Sobre todo si hablamos de personas
complejas, inquietas, que buscan algo más. Qué gusto esta diversidad, esta
condición de inefables que nos permite seguir creyendo en el misterio.






