sábado, 14 de febrero de 2026
Frágil
Despierto, subo la persiana del
baño y me asomo a la noche todavía soñolienta antes del primer albor. El frío
se ha sustituido por la niebla, el viento se amansa, pero la humedad sigue
impregnándolo todo. Los toldos, desubicados, chorrean con una constancia ajena
y a los cristales se les pega una pringue que emborrona. El sol se ha vuelto
tímido incluso en el sur, hace de vez en
cuando intentos de asomarse pero se topa últimamente con una neblina turbia que
pone velo a su luz. En las calles no se habla de otra cosa que de la lluvia, de
la necesidad de pasear al sol de invierno antes de que se vuelva brusco e
implacable. A primera hora las tiendas permanecen vacías, hay menos gente en
los gimnasios y quienes pasean a sus perros lo hacen tan cubiertos de ropa que
apenas se pueden distinguir a sí mismos. Las noticias, conscientes de la
expectación que provocan ahora sus pronósticos, tras hablar de nuevas
borrascas, anticipan la esperanza de un fin de semana soleado. En el vestuario,
la charla vacía con señoras que no conozco se vuelve seria al reconocer que nos
movemos en un bucle de queja sin sentido. Malhumor por la falta de luz, incomodidad
por el infantilismo egoísta de quejarnos de la lluvia, culpa y, aún así, crispación
enfangada. Se nos cuela el fastidio de sabernos a expensas de tan poca cosa.
Esta mañana me agarro a la poesía apoyada en el descubrimiento reciente de
Carmen Amores, una filóloga de Barbate que se vale de las redes sociales para
hablar de lectura sin matizar su precioso ceceo (gracias a mi amigo Antonio por
descubrírmela). Les comparto el comienzo de su “Inventario del primer gesto”: Empiezo siempre por las cosas pequeñas,
una taza con una grieta exacta que mi dedo busca sin pensarlo, el sonido del
ascensor cuando duda antes de subir, el orden preciso de los objetos que me
tranquiliza aunque no sepa explicarlo. Comenzar para mí es notar que algo se ha
movido por dentro antes de que tenga palabra. Yo acabo de cerrar la novela
en la que no paraba de llover, ando en busca de un comienzo, confío en que el
prometido sol ponga en marcha el engranaje y pacto conmigo misma recomponerme
una piel menos permeable al tiempo. Me hace frágil.
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