No me gusta limpiar el polvo. Me parece la tarea doméstica más
inútil y desesperante de todas, una batalla perdida de antemano. El polvo se
posa en lo inaccesible, un rincón, detrás de la vitrina, en la rendija entre el
aparador y la pared… Por mucho empeño que ponga, en la casa siempre hay polvo
que se deja caer en cuanto me doy media vuelta. Si ya de por sí esta tarea me
resultaba antipática, una carga difícil de sobrellevar, ahora me gusta todavía menos
desde que me di cuenta de que es, además, un reflejo del paso del tiempo. Funciona
como un reloj de arena constante e implacable, se ríe de mí. Tú limpia,
esfuérzate en dejarlo todo lustroso, déjame despejada la superficie que
enseguida estoy ahí. Es como si mantuviera un pulso sabiendo de antemano que
voy a perder, una síntesis de la vida vivida a espaldas del inevitable final
gracias a la falsa creencia de que nuestros pasos sirven para algo. Sin
embargo, ni lo pequeño ni las grandes gestas tienen mayor trascendencia. Lo
vimos durante el confinamiento, en cuanto el ser humano dejaba de enredar por
algún sitio, la naturaleza lo ocupaba y lo volvía a hacer suyo. Lo recuerdan
las antiguas civilizaciones tragadas por aludes de tierra, volcanes, desprendimientos,
la selva o el mar. Troya, Pompeya, Tikal… Y, sin embargo, cuando la angustia de
la actualidad internacional me atrapa, uno de los pocos alivios que me
funcionan es volverme hacia el detalle, los pequeños gestos donde, al menos
durante unos instantes, soy yo quien controla. Desatascar un lavabo, arreglar
un trastero, recoger la cocina. Como si lo insignificante ayudara a sostener el
equilibrio del mundo. Controlar lo banal cuando se tiene la certeza de que no
hay acceso a lo relevante. Limpiar el polvo mejor no, al menos por ahora. Pero lo
he traducido a mi manera y he aprendido hace tiempo que pintar una acuarela,
tomarme un oloroso en una tasca, observar a la gente mientras pasea al perro ayuda
a olvidar el suplicio de contemplar hacia dónde va el mundo. A los grandes no
les importa, pero lo que la gente de a pie queremos es eso, que nos dejen vivir
en paz peleándonos con el polvo, tomando un café al sol o abrazando a los
amigos.

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