sábado, 22 de julio de 2023
Tiempo de espera
Pero las de los aeropuertos en verano, cuando se va con la ilusión intacta del viaje por empezar o el cansancio satisfecho de la vuelta a casa, esas me llevan a tocar fondo. La inseguridad de pasar por la seguridad, de llevar el peso correcto en la maleta, la espera de sala en sala, la entrada al avión, la lentitud de los viajeros al colocarse en sus asientos y guardar sus pertenencias, la tensión del despegue, los retrasos… son una prueba para los nervios. Y me extraña que seamos tan dóciles, que no se produzcan sublevaciones cuando, como me pasó en el último vuelo, nos dejan encerrados en un avión, con las rodillas pegadas al asiento delantero, en las pistas, sin aire acondicionado durante más de una hora a la espera de que quiten las restricciones para el despegue. Entiendo la dificultad que debe suponer organizar los horarios de tantos vuelos en las mismas fechas, y me descubro ante ese saber hacer, pero ¿de verdad que nadie ha tenido en cuenta todavía la sensibilidad de los viajeros, tratados como ganado, a los que no hace falta atender ni respetar?
Perdonen el desahogo, sé que estas esperas por las que pagamos los privilegiados del primer mundo son en el fondo una frivolidad. Pero es que pagar por esperar...
sábado, 24 de junio de 2023
Modelos
El
sábado por la mañana, como siempre que podemos, fuimos al centro.
Pasamos primero por la frutería, donde David nos preguntó cómo
estábamos mientras seguía atendiendo con mucha paciencia y buen
humor a un señor mayor al que luego guardó la compra para que
pudiera seguir haciendo otros mandados encargados por su mujer. Nunca
nos vende nada que no esté perfecto. Si lo queremos y está
demasiado maduro, prefiere añadirlo a la bolsa como regalo. En la
panadería se afeaba el comportamiento maleducado de quien compra
mientras habla por teléfono y señala el producto sin abandonar la
conversación, como si estuviera sencillamente ante una máquina
expendedora. En el mercado preguntamos a nuestro pescadero la razón
de tantos puestos cerrados, más de los que ya han echado el cierre
definitivo. Tienen dos compañeros que llevan malos unas semanas. Hay
menos puestos, nos dice triste y con cierta resignación, pero
nuestro pescado sigue siendo igual de bueno…
Escuché el otro día en la radio a mi admirada escritora Paloma Díaz-Más contar cómo había sido invitada a impartir un seminario en una universidad estadounidense y, tras no aguantar más la comida diaria del hotel en el que la habían alojado, intentó salir a comprar algo de pan, queso y fruta para comer más tranquila en su habitación. No encontró nada, ni una sola tiendecita. Lo contaba apesadumbrada para tratar de animar a proteger y conservar nuestras pequeñas tiendas de barrio.
He estado en Estados Unidos y he entrado a comprar en un supermercado. La actitud distante, desganada, fastidiada de quienes atendían en las cajas o en los mostradores es lo más parecido que he visto a la actitud que imagino en alguien ligado a un trabajo esclavo. Trabajo como una maldición, repetitivo, mecánico, carente de estímulo ni interés. Nada que ver con nuestras tiendas pequeñas, especializadas, con personas atentas detrás del mostrador, su trato amable, la conversación cordial entre quienes aguardan turno, las bromas de quien atiende, que conoce el nombre, los gustos y las costumbres de su clientela.
Renunciar a nuestro comercio es renunciar a nuestra esencia. Adoptar modelos de vida ajenos no parece que aporte felicidad.
sábado, 10 de junio de 2023
Actualizarse
A punto de cerrar los cursos escolares y a pocos días de la temida Selectividad, el alumnado empieza a acusar las circunstancias. Hay quien ha entrado en un bucle de cansancio y desinterés y quien no puede más de tensión y nervios a la espera de redondear lo mejor posible su nota y conseguir una plaza universitaria. Ya he perdido la cuenta de los textos que llevo hechos en clase estos días a la espera de inculcarles una seguridad que les permita enfrentar la PEvAU con éxito.
El resto de comunidades hace estas pruebas antes, por eso van llegando noticias de sus exámenes. Esta mañana me he despertado con este titular: “TheGrefg, Rozalén y más 'influencers', protagonistas del examen de lengua de la EBAU de Murcia”. La polémica está servida porque quienes son ajenos a la asignatura interpretan que los tiempos están cambiando en exceso si, lejos de centrarse en escritores del currículum, los textos de selectividad se mueven también entre “streamers” e “influencers”. Pero estamos antes dos males que aquejan estos tiempos (y creo que ninguno de ellos es que se nombre a personajes de la actualidad juvenil). Por un lado, el examen de Lengua desde hace muchísimos años es competencial y se centra en textos que pueden ser literarios o periodísticos. Me parece mucho más lógico que se escojan para el segundo caso columnas de opinión que nombren a TheGrefg, a Rozalén o al cómico Miguel Maldonado que textos como el que cayó el curso pasado en Andalucía tan alejado de la realidad adolescente como para comparar las cabinas de teléfono con los confesionarios usando palabras como “discernimiento”, “obsoleto”, “avezado”, “comunidad Amish”, “orbe”… Por otro lado, la alarma solo está justificada por la manera que tenemos actualmente de informarnos leyendo exclusivamente el titular. Si se busca el texto del examen, se comprobará su absoluta idoneidad ya que se centra en la defensa de la riqueza de lenguas y acentos en este país para lo que pone ejemplos de murcianos de rabiosa actualidad que triunfan sin esconder su acento.
Dos deseos: que el martes nos caigan textos que contengan claves contemporáneas y que la realidad académica deje de separarse de la de su alumnado.
Sin bronca
Hay quien a las 8 de la mañana ya sale de casa cabreado. Es cierto que encontrarse con ciertas situaciones desde primera hora sienta mal, pero ir provocando bronca como forma de vida resulta de lo más desagradable para el resto.
Estoy de acuerdo en que, por ejemplo, pasar por delante de un instituto a la hora de entrada puede ser exasperante: pasos de cebra cruzados por adolescentes medio dormidos que ralentizan su avance porque o van charlando entre ellos o llevan la vista fija en la pantalla del móvil o tienen que demostrar cierta chulería propia de la edad. Algunos avanzan en solitario guiados por el piloto automático que les llevará hasta el aula sin necesidad de alterar la mirada ni abrir la boca. En los coches, padres y madres con prisa que, por una regla desconocida pero de obligado cumplimiento, dejan su preciada carga en la puerta de entrada, jamás unos metros más atrás cuando ya estábamos todos parados en caravana.
Todo esto lo entiendo, pero se produce a veces una lucha curiosa de egos o de demostración de poder que podría dejar de ser divertida. De un lado la desfachatez del coche grande que quiere atravesar el cruce sí o sí hasta dejar a su prole en la puerta y que gana espacio sacando el morro más de lo que debería, casi cerrando el paso de los que suben y ya han sorteado el paso de cebra; del otro lado el atrevimiento del coche precario cargado de obreros camino del trabajo, envueltos en una guerra que ahora no es la suya, que avanza haciendo caso omiso a la chulería del otro en una clara demostración de “mi coche es más chungo, pero yo tengo la preferencia y tú eres un abusón”. Esta mañana hubo suerte y el grande reculó a tiempo antes de que se besaran los dos.
A mí tanta prepotencia por parte de unos y otros me espanta. Me gusta que haya cierta cortesía entre conductores; que en la barra de un bar atiendan al que le toca y aguarda su turno educadamente antes que al que se impone a gritos; que entre los padres y madres del instituto y el profesorado haya una comunicación basada en el diálogo y la confianza; que se pueda preguntar sin ofender; que se admita el error y la sugerencia…
En definitiva, menos crispación y más educación.
sábado, 13 de mayo de 2023
Cultura de barra
A los rasgos, temperamento y carácter, distintivos y propios de un individuo o de una colectividad se le llama idiosincracia. La idiosincracia nos define, pero a veces el paso del tiempo, las influencias o ciertos acontecimientos potentes y rotundos pueden acabar por modificarla. Esto viene a cuento de nuestra forma de vivir el ocio en España, inseparable de las barras de los bares. Ya lo cantaba Gabinete Caligari: Bares, qué lugares/ Tan gratos para conversar/ No hay como el calor del amor en un bar. Yo no sé ustedes, pero a mí la costumbre de vagar de bar en bar tomando una caña en cada barra con una tapita me parece un acierto insuperable. Habrá quien piense que es una incomodidad estar de pie, pero esa comunicación rápida con un camarero profesional, la oportunidad de charlar en grupo y redirigir la conversación en varias líneas que a veces se cruzan me resulta una forma de socialización inmejorable.
Pero entonces llegó la pandemia, de la que se supone que saldríamos mejores y con tantas cosas aprendidas. Y resultó que no, que lo que aprendimos es a ser menos sociables y más egoístas; descubrimos que había mucha gente más dispuesta a creer en cuanto bulo apareciera en las redes que en la información verificada; y descubrimos que sentaditos, previa reserva de mesa, era mucho más cómodo. Para el local, claro. A nosotros, pasada la dichosa emergencia sanitaria, nos está fastidiando. Se está perdiendo la espontaneidad tan nuestra de quedar en cualquier sitio y a cualquier hora y entrar en el bar que más nos apetezca. Pero es que encima, cada vez son más los locales que contestan eso de “no, en la barra no servimos”.
Pasar por bares y terrazas a buena hora y encontrarlo todo vacío con las mesas perfectamente preparadas y reservadas, me da mucha rabia. El domingo lo sufrimos en la Feria de Jerez, ahora llega la de El Puerto. Ya estoy temiendo que nos sumemos a la moda. Casetas convertidas en comederos en los que ni suena la música para bailar.
Ya sé que hay que adaptarse a los tiempos, pero tampoco es plan de ir perdiendo poco a poco lo que nos hacía tan singulares. Por favor, un poco de espontaneidad. Más barras y menos agendas, que estamos de ocio.
sábado, 15 de abril de 2023
Perfiles
En realidad, cuando reflexiono sobre qué me hace quedarme ante una pantalla, me doy cuenta de que necesito que la factura final sea impecable, buenos actores, buena fotografía, pero especialmente un buen guion que no tenga trampas, pero sí diálogos sorprendentes e inteligentes. Y casi siempre, lo que me atrapa está plagado de la naturalidad de personajes extravagantes o con alguna “anormalidad”. Creo que estoy pasando a engrosar las filas de quienes están hartos de comprobar en la realidad los chanchullos y tejemanejes manipuladores del entorno y necesitan evadirse con unas historias amables en las que se sufre lo justo. Así, me ha encantado la propuesta de la serie americana “Todo va a ir bien” en la que los particularísimos protagonistas se apoyan a su manera frente al dolor; la japonesa “La cocinera de las makanai” con unas actrices encantadoras y una delicadísima manera de tratar la amistad y el aprendizaje, cálida, tierna..; la coreana “Woo, abogada extraordinaria” con una protagonista originalísima y un trazado elegante, exquisito…; la inglesa “Buena suerte, Leo Grande” con una inmensa Emma Thompson mostrando una vulnerabilidad de la que casi nunca se habla...
El modo en que estos productos audiovisuales tratan a quienes nunca serían protagonistas no solo ayuda a evadirse de lo feo, sino que sensibiliza con gracia y elegancia la diversidad sexual, el espectro autista, la madurez… huyendo de patrones vitales que ponen otros y en los que siempre parece que ganarán los abusones.
sábado, 1 de abril de 2023
Cargar con la esperanza
Para ser sincera, a mí lo que me debería estar pidiendo esta fecha del año, con la primavera
en su temprano apogeo y una semana de vacaciones a la vuelta del sábado, es celebrar su llegada. Los pájaros ya han puesto la banda sonora de fondo, las tardes con su horario alargado empiezan a ser una delicia, huele dulce, a flores a punto de reventar…. Sin embargo, coger el coche a mediodía a más de 30 grados; comprobar que cada año las salamanquesas y los batallones de hormigas se hacen visibles antes; que los jardines se secan ya a estas alturas si no se refrescan con un poco de agua… son detalles que no invitan precisamente a la celebración. Desayunar o cenar viendo el resumen de las noticias se convierte en la contemplación de un anuncio del Apocalipsis. Ahora, por si algo nos faltaba, nos dicen que expertos y científicos de todo el mundo advierten de que la inteligencia artificial es un peligro para la humanidad. Piden parar al menos durante 6 meses una carrera fuera de control que nadie, ni siquiera sus creadores, pueden comprender o controlar. No lo digo yo, son palabras tomadas de las noticias de TVE ilustradas con fotos de una falsa detención de D. Trump, una imagen del papa con un mullido anorak blanco… Todas han sido creadas con Midjourney, una aplicación de I.A. que permite crear fotos con solo darle la idea que se quiere convertir en imagen. Auguran que en un par de versiones más, un humano será incapaz de detectar la falsedad y entonces habrá que entrenar máquinas que se especializarán en detectar lo que ha hecho otra máquina. Es decir, la carrera por hacer indetectable la realidad de la ficción sigue adelante aún a sabiendas de que su uso indebido en manos de poderes sin ética se nos volverá en contra.
Pero no se puede vivir con miedo, así que me echo encima la mochila con el peso de la divergencia y la responsabilidad y me voy a clase con la duda de si sirve el intento de convencer al alumnado del valor de la ética personal y colectiva; de que no todo vale por conseguir unas décimas de más; de que el esfuerzo merece la pena; de que disfrutar y confiar en sentir cada año la llegada del primaverazo puede ser una meta tan válida como cualquier otra.
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