sábado, 6 de febrero de 2021

Vigilantes

Detecto en el ambiente juvenil de los últimos cursos una tendencia que no se justifica solo por una mímesis social. Me preocupa especialmente en los adolescentes que están empezando a serlo, esos 12, 13, 14 años que salen de la infancia espontáneos, inquietos y curiosos y que a pasos agigantados adoptan como dogmas unas afirmaciones destructivas, aparentemente inamovibles y absolutamente contrarias a lo que desde los centros educativos se les intenta inculcar.

Por una parte, se les enseña ciencia, “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente” (RAE), pero se dejan arrastrar con facilidad por cualquier gurú enaltecido en las redes sociales que, a pesar de no reconocerse como negacionista, lo niega todo: la evolución, las vacunas, el holocausto, los muertos por Covid… Por otra, se trabaja para formar personas que crean en principios como la no violencia, la igualdad y el respeto a la diferencia, pero, a poco que se rasque en un debate oral o se les ponga a escribir un texto argumentativo, salen a flote ideas extremistas muy arraigadas, casi emocionales, parecidas al sentimiento de adhesión a un equipo de fútbol, que se mantienen absolutamente impermeables a este trabajo educacional de abrir ventanas, despertar la curiosidad, formar ciudadanos con capacidad crítica, defensores de los derechos y la igualdad.
Lo que me preocupa es que se conozcan las alarmas para detectar al abusón, pero casi nadie se reconozca en ese patrón; que se sepa la teoría de cuándo una relación es tan posesiva como para salir corriendo, pero que se defienda que la pareja nos coja el móvil para comprobar si hay engaño (“total, si tú sabes que no has hecho nada malo…”); que se asuma la igualdad, pero se rechace el feminismo, “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre” (RAE), por considerarlo un movimiento que acorrala al varón y lo convierte en culpable.
No podemos dejar a nuestros peques a solas con las redes sociales o serán ellas las que los eduquen. Familias y profes debemos vigilar, explicar y razonar o perderemos la batalla.

sábado, 23 de enero de 2021

Palabras gastadas

 

“No hago otra cosa que pensar en ti y no se me ocurre nada”, cantaba Serrat. “Un soneto me manda hacer Violante/ que en mi vida me he visto en tal aprieto” escribía Lope de Vega. Esa es la actitud con la que me enfrento hoy a esta columna que escribo en un miércoles de lluvia y viento del mes de enero en el que radios, televisiones y prensa no hablan de otra cosa que de la inusual, brutal y alarmante situación de pandemia en la que estamos. Me resulta difícil encontrar un tema que no esté manido, un enfoque que no aburra a los esforzados lectores, casi todos amigos,  que se acercan a estas líneas. Y es que no sé si es una apreciación personal, “fatiga pandémica” lo llaman ahora, o es que nos hemos vuelto locos nosotros y hemos enloquecido al planeta porque, falta de estímulos a causa de una vida social reducidísima (como todos, espero. Aunque si fuera así probablemente no estaríamos en los niveles de contagios en los que estamos ahora) mis pensamientos van de la mascarilla (confieso que mis últimos sueños antes del despertar se centran en ella), las cifras de contagios, la situación de las ucis y las acusaciones por saltarse las normas en la administración de vacunas, al asombro por la salida de Trump del gobierno americano, al espanto de las pateras que siguen llegando ajenas a la situación que se van a encontrar, a la explicación de por qué la llegada de Filomena no contradice el cambio climático… 

“…Y no se me ocurre nada”. Sigo con mi trabajo, me refugio en la lectura, me digo, una vez más, que no puedo quejarme, que soy una privilegiada y procuro no obsesionarme. Pero pasa que, a ratos, las paredes se achican y el pensamiento mariposea sin encontrar la flor de la esperanza.  Pasará, confío en que pasará y, aún así, hoy solo tengo este texto un poco desflecado, perdido “en un montón de palabras gastadas”.

sábado, 9 de enero de 2021

Detrás del cristal

 Encastillarse, aprovechar el frío y la lluvia para encerrarse en casa. Esperar bien guarecidos a que pase lo peor, las olas sucesivas de Covid pandémico, de populismo y mentiras a cualquier escala, en EEUU y aquí  mismo, las de insolidaridad…

Hibernar con guisitos ricos, fuego en el hogar y una manta de sofá. Reacomodar la casa a la rutina después del bendito caos de las vacaciones, limpiar cada habitación y despojarla de los excesos.

Echar de menos con serenidad. Fortalecer el alma, confiar en que la metamorfosis convertirá las penas e inseguridades en alas inimaginables con las que volar.

“Qué felices somos a ratitos. Suerte que está la literatura para que sea lo que no es, pero también para contar y recordar todo lo que se marcha” dice la escritora Laura Ferrero, así de sencillo y profundo. Arrebujarse en libros pendientes para propiciar la “orgía perpetua” de Flaubert.

Recordar solo a ratos. Comer de restos, no hacer planes todavía, acomodarse un poco más a la incertidumbre e intentar que estremezca menos.

Quitar el polvo, ordenar estanterías y hacer sitio en los armarios para que el pasado no ocupe los espacios hasta ahogarlos. Entender que retener no es posible.

Respirar. Poner lavadoras y dejar cada cuarto listo, sin nostalgia, para el retorno.

Confiar en que el lunes vuelva a poner cada cosa en su sitio, en que la rutina sepa lo que se hace. Darle al “pause” y detenerse.

Guardar papeles y bolsas de regalos hasta que el futuro traiga nuevas oportunidades de regalar.

Apuntalar el soy, estoy. Abrir los brazos. Asumir la vulnerabilidad en los días cortos y fríos.

Vivir enero.

Cultura superflua

 

“Lo que es tuyo es de todos”. No creo que nadie aceptara esta afirmación, nos aferramos a lo que poseemos. “Tener” es uno de los diez verbos más usados en castellano junto a ser, estar, hablar, decir, sentir, tomar, ver, mirar e ir. Tenemos ganas, la razón, prisa. Tenemos miedo, sueño, hambre, depresión. Tenemos clase, tenemos la palabra. Tenemos vergüenza, calor, nervios, años. Tenemos las de ganar y las de perder, a veces hasta lo tenemos crudo. Tenemos casas, coche, ropa, calzado, móvil… Normalmente no nos disputamos las posesiones. Sin embargo, desde que internet es imprescindible en nuestras vidas, se ha hecho viral la exigencia de que el artista comparta gratis lo que es suyo. 

Si alguien quiere renovar el salón o el colchón, o le apetece una cerveza o una camisa nueva, va y la compra. Quizás pida descuento o intente regatear, pero al final paga. Sería ridículo que alguien llegara a una tienda y exigiera un producto sin más. Sin embargo, en el mundo de la creatividad, nos hacemos los remolones a la hora de pagar. 

Especialmente en nuestro país, la exigencia de tener música, series o lectura gratuita, está acabando con la posibilidad de los artistas de salir adelante. Se conocen mil triquiñuelas para la descarga de discos, libros, pelis. Cuando alguien quiere hacer correr un mensaje por la web, coge una frase conocida que ha oído por ahí, o se la inventa, y dice que es de Borges o de García Márquez o de Neruda, qué más da, la toma y la deja correr. En estos términos la idea de posesión se desdibuja. 

Hace unos días, cuando subí a Facebook una de estas columnas, la ilustré con la viñeta de un dibujante al que nombraba en el texto. Antes le pedí permiso y le aseguré que, si no me lo daba, la retiraría en seguida. Me contestó asombrado, habituado a que la gente use sus creaciones sin molestarse ni siquiera en mencionar al autor. 

Si nos preguntaran si nos interesa el arte, si lo apoyamos y lo creemos necesario, estoy segura de que la mayoría diríamos que sí. ¿Por qué entonces no nos resulta lógico pagar por él? La única forma de proteger a un artista es dignificando su trabajo, dándole un respaldo económico que le permita seguir creando. No se alimentan del aire.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Solo flotar

 

No podemos solo existir. Nuestra especie mastica lo que vive, hacemos balance al final del día, del trimestre, de las vacaciones… Lo hacen periódicos, televisiones y  redes sociales a fin de año. Será monótono el de este extraño 2020. La pandemia y sus consecuencias lo han ocupado todo. Hemos vivido altibajos emocionales con la puerta de casa cerrada, retirados a una hibernada larga, confiados en que pase el chaparrón cuanto antes. Ha descendido nuestro nivel de estímulos, hemos aparcado los planes, reducido el contacto social y físico. No nos tocamos. El esfuerzo colectivo por no caer en la desesperación ha hecho que intentemos mantener los sentimientos a raya. Habrá más ferias, no pasa nada, más semanas santas, más veranos, más cumpleaños, más viajes, más cenas con amigos, más encuentros familiares...  pero subyacente, un miedo. ¿Y si era el último? Porque para muchos la partida ha acabado, no habrá nueva oportunidad, están fuera. Otros han perdido tanto, que no saben a dónde mirar o agarrarse. Han cerrado negocios, se han clausurado sueños. ¿Quién los rescatará? 

La banda sonora de esta montaña rusa emocional ha sido monótona, una bronca política constante de acusaciones repetida en bucle, hasta la saciedad. Mientras tanto, hemos ido reanudando lo que se ha podido. La clase política ha ido a lo suyo sí, pero las empresas se han adaptado, los negocios han intentado surfear las medidas creativas de las comunidades, las direcciones de colegios e institutos abrieron sus puertas, multiplicaron las medidas de prevención, han trabajado, y mucho. Profesorado y alumnado se adaptaron, molestos, pero con ganas, hasta acortar la distancia física y conseguir comunicarse a base de imaginación y humanidad. Nunca los ojos sonrieron o frenaron tanto. Y, sin embargo, nunca ha anochecido tan pronto como en este otoño de tardes cerradas. Nunca nada nos volvió tan europeos, al menos en los horarios en los horarios. Nunca hemos estado más solos.

Esta vez el único balance posible es personal, no colectivo. Claro que hemos aprendido algo, ojalá podamos darle forma, como al barro, e insuflarle un hálito de esperanza para convertirlo en un futuro más limpio, más justo, más humano.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Lotería

En los tiempos que corren la autocomplacencia, la vanidad y la desconfianza se han hecho fuertes. Cuanto más ignorante es una persona, más desprecia lo que no conoce, menos necesita contrastar la información, más dispuesta está a dejarse llevar por bulos y habladurías. El ignorante se cree inmune y ha decidido que lo del bichito, con él, no va. Por eso se pasea con la mascarilla por debajo de la nariz y se para a charlar con sus conocidos sacando pecho. No es cuestión de valentía, lo que pasa es lo bastante audaz como para no llevarla y tener que enfrentarse a la policía. El miedo a una multa es lo único que le frena, así que usa la mascarilla como quitamultas. La lucirá sobre la barbilla, lista para ser subida cuando la situación lo requiera, como los vendedores del top manta que tiran de sus cordeles y recogen su mercancía en las calles comerciales de las ciudades cuando les avisan del peligro. No sé si lo siguen haciendo, hace tiempo que no salgo de El Puerto. Entendí que estaba prohibido, que entre todos frenaríamos el virus si nos quedábamos en casa. Yo lo he hecho y sé que mucha gente también, pero no he dejado de escuchar todo tipo de triquiñuelas para saltarse el cierre perimetral. Como siempre, los que respetamos la norma somos unos crédulos, ilusos, confiados…

Dicen que este puente era un test para comprobar si se pueden reducir las limitaciones y así “salvar la Navidad”, que se verá en 15 días. No sé si ha influido la coincidencia de los días festivos con las noticias que hablaban de menor incidencia de contagios, si  los datos ligeramente mejores han disminuido la sensación de riesgo, pero lo cierto es que hemos visto imágenes que mostraban saturaciones en el centro de las ciudades, en los lugares de ocio… Colas de horas para entrar en centros comerciales, precisamente en los más grandes, los que no necesitan de nuestro heroísmo para salvarse.

 Ojalá me equivoque, pero me parece que, por mucho que unos cuantos sacrifiquemos el encuentro con familiares y amigos para protegerlos y protegernos, no vamos a salvar nada. En enero, la cuesta será más dura que nunca cuando nos arrepintamos de haberlo jugado todo a la lotería de la salud.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Gotas de aceite

 

“¿Cómo voy a estar equivocado si los que me rodean piensan igual que yo?”. Esto dice el único bocadillo de la viñeta de J.P. Compaired en la que gráficamente aparece un circulito negro rodeado de muchos otros semejantes. Solo al ampliar la mirada se ve al grupo envuelto por multitud de figuras cuadradas y rectangulares. Con cuánto acierto se puede reflejar una de las ideas que más me inquietan últimamente: todos nos creemos en posesión de la verdad y, cuando entramos en las redes sociales y grupos de Whatsapp, lo que encontramos refuerza esta convicción. Hace poco, en uno de estos grupos, alguien cercano compartía un artículo de opinión recomendando su lectura como interesante y edificante. Lo leí por ser una recomendación específica de un amigo, no un reenvío masivo de los que ya suelo pasar bastante. Me quedé atónita. No podía creer hasta qué punto estábamos en burbujas diferentes. Para mí el texto era sesgado, manipulador, detestable, falso, políticamente en las antípodas de lo que opino. Sin embargo, quien lo mandó me quiere, me consta. No lo hizo por molestar ni por entablar polémica, realmente daba por hecho que solo se puede estar de acuerdo con el escrito,  que todas aquellas afirmaciones son indiscutibles y ciertas. ¿Por qué? Porque su entorno escucha las mismas emisoras de radio, lee los mismos periódicos y comparte los mismos grupos en redes. Se ha construido una burbuja a su manera. Probablemente como yo, no lo niego. La diferencia está en que me encuentro entre ese grupo de personas, creo que bastante minoritario, que no reenvía casi nada porque no da por hecho que todos pensamos igual.

La realidad es plural y diversa, y debe ser así. Nada es bueno o malo, no se trata de conmigo o contra mí. Existen los grises, los matices, las contradicciones. Es muy recomendable darse una vuelta de vez en cuando por otras plazoletas: cambiar de emisora de radio, leer otros periódicos, incluir  a gente diversa en nuestras redes sociales. Luchar, en definitiva, contra esta polarización absurda en la que cada uno, con su entorno, se acaba encerrando en una gota de aceite que jamás se abrirá a recibir nada del agua en la que permanece flotando.