Excepto casos casi patológicos de apego al orden, es muy común la tendencia a acumular cosas. Yo confieso que la tengo. Sin llegar al fetichismo en que caen algunos de mis amigos, capaces de conservar un ticket de metro durante 35 años, se me amontonan alrededor papeles, libros, trastos, envoltorios… No importa el tamaño de la vivienda, las rinconeras son posibles incluso en 18 metros cuadrados. Lo comprobé hace años, cuando vivía en un estudio con cocina americana. Era difícil llevarme a final de curso los trastos que había acumulado en nueve meses. Esto me ha traído a la memoria una película emblemática, “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”, en la que el personaje de Graham (J. Spader) aseguraba que sus únicas pertenencias eran las que pudiera llevar en el coche para poder desplazarse por el mundo solo con unas llaves en el bolsillo. En la misma película, Ann (A. MacDowell) iba a su psiquiatra porque no podía tener relaciones sexuales con su marido. La descentraban problemas del mundo o la agobiaban cuestiones como qué se puede hacer con toda la basura que acumulamos los humanos. Esto que antes intuíamos y la película de Soderbergh planteaba, tiene también un nombre: Dan-sha-ri, una teoría que lleva años practicándose en territorio asiático. Se basa en tres principios básicos: el DAN, que supone cerrar el paso a las cosas innecesarias que tratan de entrar en nuestra vida, es decir, adquirir solo lo que de verdad sea necesario; el SHA, tirar todo aquello que es inservible y que inunda las casas, y por último el RI, convertirse en una persona despegada de las cosas, consiguiendo un entorno más relajado y por lo tanto un mejor humor. Para mí una práctica habitual del verano es ordenar, tirar a la basura, hacer hueco… y me libera, es cierto, pero recaigo continuamente en mi afición. Seguro que si busco en internet, también existe un nombre para esto, pero a mí me parece que esta manía acumulativa no es otra cosa que un apego al pasado. No somos capaces de tirar porque no somos capaces de deshacernos de la persona que fuimos. Habrá que superarlo o aceptarlo antes de que, como a Ann, nos afecte demasiado. O darle una oportunidad al Dan-sha-ri.
sábado, 28 de julio de 2018
lunes, 16 de julio de 2018
Verano
Carlo Petrini en 1986 fundó el Movimiento
Slow cuando en la plaza de España de Roma se topó con que McDonald’s iba a abrir uno de sus establecimientos de
comida rápida. Lo hizo porque entendió el daño que este tipo de locales podría
ocasionar en los hábitos de los ciudadanos. Su idea era proteger los productos
estacionales, defender los intereses de los productores locales y alertar del
peligro de la explotación intensiva de la tierra. El cine por su parte, ha
hecho que cierto paisaje soleado, asociado a una mesa tosca llena de productos
de la tierra, buen vino y buena gente, quede en el imaginario colectivo como el
reencuentro con la vida sencilla que rescata los valores de lo auténtico. Normalmente
la película se desarrolla en Italia, en Grecia o incluso en el sur de
Francia. Belleza robada, Bajo el sol de la Toscana, Antes del anochecer, Mamma
Mia!... recrean una atmósfera donde la charla alegre entre familia y amigos
produce un efecto cercano a la felicidad. Confieso que en épocas de mucho
trabajo, la idea de sentarme al sol con una copa de vino en la mano rodeada de
mi gente, comiendo una sencilla ensalada con buen aceite y buen tomate o un
queso de la zona me resulta el paraíso. Lo llamo el momento Toscana. Para que
el cuadro esté completo no hace falta irse a Italia, basta un toque de verde,
poner una mesa debajo de un olivo, un nogal, una parra, una falsa pimienta… quitarse
el reloj y dejarse llevar. El vino, la conversación, el sol filtrado por las
ramas, harán el trabajo. Se trata de saborear, de recrearse en el momento, de
tomar conciencia del deleite, de la cura que esta costumbre tan mediterránea proporciona
a cuerpo y espíritu. Es una pena que necesitemos fundar un movimiento para
recordarnos qué estilo de vida nos hace más felices pero, puesto que es así,
bienvenido sea si recupera lo que los franceses llaman “le joie de vivre”.
¡Buen verano y buen deleite!
sábado, 16 de junio de 2018
Alertas
De un tiempo a esta parte, me
preocupan las relaciones de pareja de las nuevas generaciones. Aparece una
peligrosa paradoja: cuanto más se habla en los medios de igualdad, cuanto más
se aconseja cortar en seco el primer síntoma de abuso, cuantas más manifestaciones
se hacen contra esta tara de la sociedad, más casos de relaciones tóxicas entre
jóvenes de mi entorno me encuentro. ¿Qué es lo que no está funcionando? Está
demostrado que el sexismo, el machismo empieza en las familias. Solo con una buena
educación se puede erradicar la figura del abusador y dar seguridad a las
chicas para que no se conviertan en futuras víctimas. ¿Es posible que la
atención en los medios a los casos más terribles esté actuando como efecto
contrario? ¿Por qué esta regresión? Leí un estudio preocupante que explicaba
que muchos de estos adolescentes se “educan” en el sexo a través del porno que encuentran libre
en internet. Supongo que puede explicar parte del problema. Puesto que muchas
familias permiten que sus hijos se aíslen en sus habitaciones con móviles y
ordenadores, y olvidan que las comidas y sobremesas son propicias para hablar
de todo y de nada, estos chicos acaban tomando como modelo de educación sexual
estas películas creadas con un fin muy distinto. En un episodio de la serie “Friends”,
Chandler y Joey se encuentran con un canal porno en abierto en su apartamento. Temiendo
que al apagar la tele desaparezca, consumen horas y horas de cine X. Llega un
momento en que, al recibir el pedido de una pizza, encuentran extraño que la
repartidora se limite a entregarla sin que pase nada. Este episodio que en la
serie resulta tan divertido, quizás explique tantos casos de chicas
inteligentes, preparadas, buenas estudiantes, que acaban sufriendo abuso de
chicos egoístas, maltratadores, abusones, manipuladores, celosos… No sé si es la
reproducción de un modelo equivocado o si los jóvenes han normalizado unas
relaciones autoritarias que creíamos en retroceso. Lo que me asusta no son los
casos aislados, sino que cuando preguntas a las víctimas por qué no
reaccionaron a tiempo cuentan que, como sus amigas estaban pasando por
situaciones similares, entendieron que era “normal”.
sábado, 19 de mayo de 2018
Pérdidas
Una generación comparte una educación similar, un influjo cultural y social semejante; adopta una actitud, un pensamiento más o menos común; tiene su banda sonora, canciones que se convierten en himno, que ponen el vello de punta aunque a veces solo se reconozca en privado. Una generación tiene sus mitos, sus héroes, sus miedos e incluso sus sonrojos. Para una generación, la mía, Antonio Mercero, recientemente fallecido, puso imágenes a todo eso. Coincide esta muerte de Mercero con la retirada de las cabinas de Madrid. En realidad, ya habían desaparecido de casi todos los espacios públicos y, con ellas, el miedo a quedarnos encerrados dentro, aunque me temo que no el miedo a la incomunicación y la soledad. Ahora cuesta recordar que hubo un momento en que contactar con los que estaban lejos dependía de tener monedas, de encontrar una cabina telefónica que funcionara, de superar la inquietud de ciertas zonas solitarias y, gracias a Mercero, de poder hablar por teléfono mientras se mantenía un pie en la rendija de la puerta impidiendo que se cerrara. Aun sabiendo que sonará a abuela Cebolleta, tengo que decir que, aunque me parece que fue ayer, cuando yo llegué con mi reciente destino a Cádiz, todavía tenía que salir de noche, azotada por el Levante, a un solitario Paseo Marítimo en la capital para llamar a casa. Mi generación ha surgido del costumbrismo en blanco y negro de Crónicas de un pueblo, ha pasado por la adolescencia idealista y algo ñoña de Verano azul y se ha chocado contra la claustrofobia y el terror de La cabina. Ahora ha muerto uno de los directores que mejor ha retratado nuestros cambios. Se ha ido perdido en la crueldad del Alzheimer, como tantos otros, pero nos ha dejado el testimonio de lo que fuimos, de lo que creímos y temimos, nos ha dejado imágenes que nos reconocen como generación, con nuestro terror a las cabinas. No solo la muerte de nuestros mayores nos deja huérfanos, también lo hace la muerte de quiénes pusieron música, imágenes y voz a nuestra infancia.sábado, 5 de mayo de 2018
Después de feria
Todavía cansada tras la feria, se
me apelotonan las luces y sombras de estos días. Anoto en el “haber” el
disfrute de las fiestas, la oportunidad de saludar a tanta gente, de hacerlo
entre risas y brindis, de repetir una vez más el rito del reencuentro en la
plaza pública. He agradecido también el tiempo fresquito que invita a bailar y
pasear sin agobio. Me ha gustado asimismo la decisión de encargar el pregón a
la periodista Teresa Almendros, que salió más que airosa con su “Crónica de una
periodista feriante”.
Pero me traigo también algunos
sinsabores que no puedo dejar de comentar. En lo personal, me ha faltado el
reencuentro con algunos amigos que no han podido estar este año. Me apena
también que el sábado cayera un chaparrón que deslució y dejó el reciento
tiritando, ¡pobres caseteros con el enorme esfuerzo que hacen para optimizar
estos días! De igual manera, me desagradó enormemente que al día siguiente del
pregón, un texto anónimo muy mal escrito lo criticara porque, según él, no era
portuense. Dudo mucho de que el redactor de tan desastroso texto haya escuchado
el pregón de verdad, de otro modo no se entiende su comentario. Su lectura me
dejó un sinsabor que empeoró cuando el jueves por la noche, ya de retirada, no
encontré mi coche. Estaba aparcado como muchos otros, no estorbaba el paso a
nada ni a nadie, pero no solo se lo había llevado la grúa sino que, además, nos
pusieron una multa sencillamente desorbitada. En el “debe” de la feria, anoto
también la desfachatez de los porteros de las casetas para los más jóvenes, que
se permiten jugar con ellos haciéndolos desfilar de cola en cola para
finalmente dejarlos fuera sin más explicación. No entiendo tampoco la decisión de cerrar el paso peatonal desde
la carretera a la portada dejándola así desubicada y sin sentido, obligando a
la gente a saltar los obstáculos que cerraban el acceso… Pegas, pegas, pegas,
cuando el ciudadano de a pie lo único que busca en feria es un ratito de
desconexión.
Con sus luces y sombras, echo el
cierre una vez más a esta fiesta de la primavera y del vino fino con la
esperanza de poder seguir disfrutándola muchos años más.
sábado, 21 de abril de 2018
Claroscuros
Como tantas veces pasa, la realidad trae noticias que representan lo mejor y lo peor de nuestra especie. En esta ocasión me han llamado la atención dos hechos: el descubrimiento de una enzima y la creación de una aspiradora hecha con piezas de lego, que se maneja por control remoto. Me explico. Unos científicos han desarrollado una enzima que se alimenta de plástico y que puede usarse para combatir uno de los graves problemas de contaminación del mundo. Las ventajas son obvias ya que facilitaría el reciclaje de millones de toneladas de botellas hechas de PET, material que actualmente persiste durante cientos de años. Lo que me llama la atención es que la solución al problema de los plásticos esté en manos de un descubrimiento que los propios científicos han calificado de “accidental”, en lugar de que una legislación internacional acorde con la protección del medioambiente prohíba este tipo de material que, a todas luces, está degradando un bien común. En el caso de la aspiradora, lo singular es que está especialmente diseñada para recoger las piezas de lego que se quedan por el suelo. Sé lo ingenioso que resulta, valoro la generosidad de los inventores que, puesto que aún no va a comercializarse, han dejado en You Tube un tutorial mostrando paso a paso cómo hacerla, pero, como en el caso de la enzima, me sorprende la necesidad de crear tal artefacto. La solución puede ser más fácil: desde el enfoque colectivo, habría que exigir la retirada de materiales no biodegradables; desde el individual, parte del problema se solucionaría si nos educáramos en no dejar tirado lo que usamos, ya sea las piezas de lego en el suelo o las botellas de plástico en las playas. Quiero decir, ¿no nos estamos volviendo un poco locos buscando soluciones estrafalarias cuando todo podría ser más simple? Tanta sofisticación demuestra el ingenio y la capacidad de desarrollo del ser humano, pero también su torpeza e incompetencia para controlar lo que tan imaginativamente ha creado.
sábado, 7 de abril de 2018
En bicicleta y a pie
Leo que el deporte es salud, que en hospitales alemanes y austríacos se han instalado rocódromos, que montar en bici es un ejercicio saludable que puede salvarnos la vida. Sin embargo, en España la bicicleta sigue siendo un deporte de riesgo. El lunes pasado, sin ir más lejos, un amigo que iba al trabajo en este agradable medio de transporte, salió volando cuando un coche se saltó un ceda el paso y lo embistió. El choque pudo costarle la vida, aunque felizmente se saldó “solo” con huesos rotos y múltiples desollones. Y es que en España, los carriles bici son insuficientes, no completan los trayectos, la educación al volante no existe, el ciclista en la calzada es, por definición latina, un estorbo… Necesitamos cambiar mucho para aprovechar las bondades que nuestro clima, aliado de esta práctica deportiva, nos podría brindar. Estos meses de primavera todavía amable, lejos de los excesos del verano, podrían ser ideales para desplazarnos disfrutando de la luz y de las múltiples ventajas de un ejercicio practicado al aire libre. Albert Einstein, por ejemplo, era muy aficionado a la bicicleta. Confesaba que había concebido algunas de sus más influyentes ideas sobre la teoría de la relatividad mientras pedaleaba. Suya es la siguiente cita, extraída de una carta a su hijo: “La vida es como montar en bicicleta: para conservar el equilibrio, debes mantenerte en movimiento”. Me parece un hallazgo. La única forma de no caer es seguir pedaleando, la única forma de conservar el equilibrio, es no parar. No hacemos otra cosa que pedalear y sortear obstáculos, buscar una estabilidad que nos permita avanzar a pesar de. Y en eso estamos, pero así como mantener el equilibrio vital no siempre depende de ti por mucha buena voluntad que pongas, tampoco mantenerlo en la bicicleta es una labor individual, hace falta un apoyo institucional que adapte las infraestructuras para que esto no sea una actividad kamikaze, como hace falta que avancemos de una vez por todas en respetar los derechos del otro. Con bicicleta y sin ella. Ya está bien de atropellos.
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