sábado, 28 de marzo de 2026

Sentidos y sensibilidad

 

Los findes de cuaresma en Andalucía son un aperitivo de la Semana Santa. Actos cofrades, presentación de carteles, olor a incienso, torrijas. Todo cabe en las calles de El Puerto, como en las de Jerez o las de Sevilla. Es posible salir en bicicleta, disfrutar de los esteros revestidos de primavera, a reventar de flores y aves; volver a casa atravesando el centro y parar la bici para dejar pasar un ensayo procesional. En Jerez, hace ya varios sábados que, todavía de carnavales en Cádiz, con las entradas para un espectáculo flamenco en el bolsillo, nos cruzamos con el pasacalles de la estupenda banda de Las Cigarreras. El centro de Sevilla hace unos días era un hervidero de turistas, ya en chanclas, brazos al aire y móvil inquieto, que se mezclaba con los cofrades que hacían sus últimas compras, incienso, capirotes a medida, trajes de chaqueta…, al tiempo que los feriantes adelantaban las suyas. Trajes de gitana, flores, pendientes, mantoncillos… Una explosión de colores, olores y música. Cada loco con su tema sí, pero qué gusto la variedad, qué lujo poder elegir, pasear disfrutando de la preciosa Sevilla en primavera, tropezar con la Agrupación musical de la Encarnación de concierto por las calles y luego, gratis, en el precioso patio del Círculo mercantil de Sierpes. No entiendo a los detractores como no entiendo a los seguidores fanáticos y exclusivistas. Me encanta este cruce de expresiones  culturales que permite la embriaguez de los cinco sentidos ante tanta oferta. Morado de penitencia, rojo buganvilla, incienso de vainilla, azahar, torrijas, fino, tambores y trompetas, “En las tinieblas de mis dudas”, sevillanas, pitos de carnaval, castañuelas… Bienvenidas sean todas las celebraciones que dan vida a la vida, que hacen que nos agarremos a ella y nos olvidemos a ratos de lo que va mal. No veo la necesidad de elegir entre estas fiestas sensoriales. Cada uno que crea en lo que quiera y en las calles respeto, por favor, mucho respeto, que hay sitio para todo.

Banalidades

 

No me gusta limpiar el polvo. Me parece la tarea doméstica más inútil y desesperante de todas, una batalla perdida de antemano. El polvo se posa en lo inaccesible, un rincón, detrás de la vitrina, en la rendija entre el aparador y la pared… Por mucho empeño que ponga, en la casa siempre hay polvo que se deja caer en cuanto me doy media vuelta. Si ya de por sí esta tarea me resultaba antipática, una carga difícil de sobrellevar, ahora me gusta todavía menos desde que me di cuenta de que es, además, un reflejo del paso del tiempo. Funciona como un reloj de arena constante e implacable, se ríe de mí. Tú limpia, esfuérzate en dejarlo todo lustroso, déjame despejada la superficie que enseguida estoy ahí. Es como si mantuviera un pulso sabiendo de antemano que voy a perder, una síntesis de la vida vivida a espaldas del inevitable final gracias a la falsa creencia de que nuestros pasos sirven para algo. Sin embargo, ni lo pequeño ni las grandes gestas tienen mayor trascendencia. Lo vimos durante el confinamiento, en cuanto el ser humano dejaba de enredar por algún sitio, la naturaleza lo ocupaba y lo volvía a hacer suyo. Lo recuerdan las antiguas civilizaciones tragadas por aludes de tierra, volcanes, desprendimientos, la selva o el mar. Troya, Pompeya, Tikal… Y, sin embargo, cuando la angustia de la actualidad internacional me atrapa, uno de los pocos alivios que me funcionan es volverme hacia el detalle, los pequeños gestos donde, al menos durante unos instantes, soy yo quien controla. Desatascar un lavabo, arreglar un trastero, recoger la cocina. Como si lo insignificante ayudara a sostener el equilibrio del mundo. Controlar lo banal cuando se tiene la certeza de que no hay acceso a lo relevante. Limpiar el polvo mejor no, al menos por ahora. Pero lo he traducido a mi manera y he aprendido hace tiempo que pintar una acuarela, tomarme un oloroso en una tasca, observar a la gente mientras pasea al perro ayuda a olvidar el suplicio de contemplar hacia dónde va el mundo. A los grandes no les importa, pero lo que la gente de a pie queremos es eso, que nos dejen vivir en paz peleándonos con el polvo, tomando un café al sol o abrazando a los amigos.